Vino a hablar conmigo muy preocupado. No le conocía de nada. Durante la eucaristía, observé que ese joven se había mantenido de rodillas, recto en todo momento, permaneciendo con las manos intensamente juntas.
- EDITORIAL: Lefebvrianos: los cismas se cocinan a fuego lento
- REPORTAJE: Fraternidad Sacerdotal San Pío X: un bastión histórico hoy muy diverso
- Síguenos en Google y añádenos como fuente preferida
- Regístrate en el boletín gratuito y recibe un avance de los contenidos
“Padre, estoy muy preocupado, pues pertenezco a la comunidad que celebra la Misa Tradicional, y después de la consagración de los cuatro obispos de la Fraternidad de San Pío X, rompiendo la comunión con la Iglesia, tememos que usted prohíba nuestra misa”. Me acordé de la gran tormenta, no solo eléctrica, que rompió el cielo durante esa celebración cismática. ¿Comunidad?, fue mi primera y silenciosa duda; ¿nuestra?, la segunda.
“¿Conoces el latín?”, le pregunté. “No, ni palabra, pero me gusta ese hálito de misterio que rodea nuestra celebración”. Lo miré con ternura. “¿Sabes?, el mayor misterio es que Cristo esté presente en un trozo de pan y en un poco de vino, eso es lo que debemos creer, lo demás son aditamentos de la historia. Amarrarse a los accesorios es quedarnos con las añadiduras”.
Impulsos del Espíritu
Confiemos en el Espíritu Santo. Ni los concilios ni la sinodalidad son inventos del Papa de turno. A impulsos del Espíritu va caminando la Iglesia peregrina. En los concilios y sínodos, los obispos, que escuchaban al Pueblo Santo de Dios, debatían, examinaban las Escrituras y la Tradición Apostólica, para, finalmente, promulgar decisiones comunes para toda la Iglesia.
Cada concilio, cada sínodo, nos van demostrando que la Tradición no es estática, sino dinámica, y algunos se han convocado para atajar a aquellos que, en su libre albedrío, se oponían al sentir de la Iglesia. Decía Chesterton, aunque solo sea una frase: “La tradición no es la adoración de las cenizas, sino la transmisión del fuego”. Está en su libro ‘El hombre común’, del año 1950.
Los que vivimos apegados a las tradiciones (con minúscula) sufrimos los cambios como un desgarro de nuestra identidad (para algunos, una identidad de última hora). Supongo que lo mismo pasó cuando, precisamente un rey, Carlomagno –antes lo intentó su padre, Pipino el Breve–, impuso el rito romano en latín, en lugar del galaico (ansias de imperio). Fue el papa Adriano I, el que le pasó el Sacramentario Romano, para que le sirviera de modelo.
Pero estas normas no se imponen inmediatamente, pues siempre hay litigantes. Algunos ritos, como el ambrosiano en Milán o el mozárabe en España, aguantaron algún siglo más. Fue en el Concilio de Trento cuando se estableció el rito romano como norma para toda la Iglesia latina.
Por eso, me parece demasiado pretencioso llamar Misa Tradicional a la tridentina. En este caso, más tradicionales son las de los sacramentarios de los siglos V-VIII, o el rito hispano-mozárabe, o mejor –y sin ningún tipo de duda– la Última Cena del Señor, que también tuvo su adaptación a lo largo de los primeros siglos.
Del latín al castellano
Recuerdo que hice la primera comunión en mayo de 1964, según el Misal Romano de entonces y luego entré en el grupo de formación de monaguillos. Aprendimos de memoria la misa en latín, pero cuando nos tocó ayudar, se cambió todo, un 7 de marzo de 1965, porque entró en vigor el Ordinario de la Misa en castellano.
Al joven preocupado le conté con qué alegría y nerviosismo se vivió ese acontecimiento en mi pequeña ciudad. Los ancianos sacerdotes, formados con Trento y el Vaticano I, se adecuaron a lo que el Concilio había prescrito. Eran un gran ejemplo para todos. “Desde ahora –nos dijo don Baldomero–, solo habrá un altar”. En cambio, a don Vicente, le costó ponerse de cara a la asamblea, como expresó varias veces, “pero estamos para obedecer al Papa –dijo–, así nunca nos equivocaremos”.
Se dejaron en casa los misales, los oracionales, los libros de meditaciones y rosarios, que las mujeres llevaban para rezar hasta que tocara la campanilla, en el momento de la consagración, luego cada uno a lo suyo. Nunca he sentido que la misa en castellano me alejara del gran misterio del sacrificio y la entrega del Señor.
Pero esto que está pasando requiere un discernimiento pausado y serio, lejos de prejuicios y abierto a separar el trigo de la cizaña. Es muy importante hacer y tomar en serio de una vez este discernimiento, porque la facilidad de altavoces y la sobreabundancia de telepredicadores hacen que algunos jóvenes sean hoy atraídos ante el primer líder de la fe auténtica.
Cuidar y educar nuestras celebraciones para vivir la trascendencia es una tarea urgente. Liturgias preparadas con gusto, entendiendo qué es la celebración de los misterios de la fe y que se ha de hacer conforme pide la Iglesia. La propia liturgia y su mistagogía, es decir, los procesos de iniciación a los misterios de la fe, son de una riqueza infinita y emocionante.
No son necesarias la sobreabundancia de telas, bordados y brocados, ni de elementos recargados de orfebrería, que más bien distraen de lo esencial: el Cuerpo y la Sangre de Cristo sobre el altar, bien visibles. Que nada estorbe a las miradas, ni tampoco convertir nuestras celebraciones en una extensión de las dinámicas de nuestros grupos parroquiales.
Están surgiendo conversiones a partir de las nuevas realidades en la Iglesia, especialmente entre los jóvenes. Todo converso o iniciado tiene derecho a fantasear un poco al principio, por eso es necesario acompañar, como se hizo con san Pablo, para que haya una conversión auténtica en la Iglesia del Señor.
Acoger, acompañar, discernir y tener paciencia temporalmente con ciertas excentricidades nos ayudará para luego, paso a paso, derivar hacia un verdadero encuentro con Cristo y un cambio de vida que supere la visión y la vivencia estético-sentimental de la fe.
Consagración episcopal ilícita organizada por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X en Ecône (Suiza). Foto: EFE
Ahora nos escandalizamos por los cismas, pero siempre comienzan con sutiles disidencias o punzadas verbales, que minan la unidad poco a poco. De un relato pequeño y encapsulado (normalmente, la frase de un papa o de un doctor de la Iglesia), lo estiran tanto que hacen de él un programa universal.
En el pueblo santo, que forma la Iglesia, los disidentes son muy pocos, como siempre a lo largo de la historia, pero están bien organizados e incluso subvencionados por poderes de este mundo que poseen medios de comunicación potentes y, detrás de ellos, hay siempre una ideología política, que sabe que necesita de la Iglesia para expandirse. A la Iglesia, la connivencia con el poder siempre nos hace perder. Cristo en esto era demasiado claro. Esto de hacernos de este mundo…
Todos los cismas han estado sostenidos y avalados por poderes de esta tierra que tienen que ver muy poco con la simplicidad evangélica. La desmedida y arriesgada apuesta por un camino que se separa de la comunión con el Papa, para un católico es totalmente inasumible.
La historia de la Iglesia está llena de santos, que por mucho que no entendieran el rumbo que en algún momento marcó la jerarquía, jamás rompieron su comunión con el Papa o con los pastores de la Iglesia, ni pusieron en duda su autoridad, aunque llegaron a denunciar esa situación: san Francisco, santa Catalina de Siena, san Ignacio de Loyola, santa Teresa, san Juan de la Cruz… Somos utilizados y nos dejamos llevar cayendo en la simonía.
Pequeños jirones
La túnica incólume de Jesús no se desgarra de una vez por todas, sino con pequeños jirones, que tantas veces descubrimos por los medios de comunicación, que también vienen de la jerarquía eclesiástica, incluso cardenales, o de universidades –que, a veces, dudo de su título de ‘católicas’–, enfrentando sibilinamente a papas ya difuntos o metiéndose en políticas terrenales para llevar el agua a su molino.
No tiene ningún sentido priorizar un momento sobre otro ni mucho menos enfrentarlo como si fuese un momento de pureza frente a otro de degradación. ¿Por qué la obsesión por identificar el momento de autenticidad e integridad de la fe y de la liturgia fundamentalmente con el siglo XIX? ¿Cuánto de sumisión de los fieles, y no de discipulado, existe en estas propuestas? La soberbia pertenece al diablo: “Si eres el Hijo de Dios, tírate desde lo alto…” y darás el espectáculo para que crean en ti.
Y no olvidemos que la Iglesia, en primer lugar, es UNA, después santa, católica y apostólica. En el fondo, necesitamos más humildad y creer en la fuerza del Espíritu Santo, que –gracias a él y no a nosotros, y menos a los disidentes– la Iglesia perdura y avanza. ¡Ánimo y adelante!

