Pliego
Portadilla del Pliego, nº 3.457
Nº 3.457

San Juan de la Cruz: abrir los ojos a la luz que no se espera

Juanito de Yepes, Juan de Santo Matía, Juan de la Cruz, tres nombres para una única persona, un hombre más allá del personaje y, por qué no decirlo, más allá del santo, aunque sin duda lo fue, elevado a los altares por la Iglesia un 27 de diciembre de 1726. También un doctor, un doctor místico, para más señas, declarado tal por Pío XI el 24 de agosto de 1926.



Estamos, pues, de centenarios, trescientos años de su canonización y cien de su doctorado, tiempo ideal para hacer memoria del personaje en sus múltiples dimensiones: religioso, sacerdote, guía de almas, maestro de las “noches” y las “nadas”, poeta inigualable y, ante todo, testigo de un amor que experimentó y que llamó a experimentar, con verdad y llaneza tales que es posible todavía ahora rescatarlo de escenarios luminosos, pero recargados, para fijar los ojos en el hombre, en la persona. Lo intento en estas páginas.

Juan De La Cruz

Aunque no faltan biografías de san Juan de la Cruz, se puede afirmar que para muchos sigue siendo un desconocido. En efecto, todavía hoy el relato de su vida aparece envuelto en oropeles barrocos, en artificios hagiográficos que tanto iluminan su figura que terminan por ensombrecerla. Resulta curioso que, en medio de todos esos relatos, a veces casi fantásticos, sea una pequeña novela la que, quizás, ha conseguido retratar mejor el alma del Santo: se trata de ‘El mudejarillo’, de José Jiménez Lozano, cuya lectura es más que recomendable.

Los estudios históricos, que recibieron un importante impulso en torno al cuarto centenario de la muerte de san Juan de la Cruz, en 1991, fijaron algunos datos documentados y fiables, favorecieron una lectura crítica de las fuentes precedentes y situaron su figura en el contexto en que vivió, contribuyendo así no solo a conocer mejor su biografía, sino iluminando también muchos pasos de su doctrina.

Jalones de una vida

Podemos, así, recorrer con más certeza los jalones de su vida, contemplando en primer lugar al niño Juan de Yepes, nacido en el seno de una familia pobre, de tejedores, que sufre la miseria y la tragedia –la muerte de su padre y de uno de sus hermanos–, el desarraigo, peregrino por los caminos de Castilla de la mano de su madre, la señora Catalina que, consciente de que en Fontiveros no podrá seguir criando a sus hijos, emigrará a Medina del Campo.

En efecto, en la Villa de las Ferias existía un sólido tejido de beneficencia, a través de diversas instituciones públicas y, sobre todo, privadas. Mercaderes que sostenían, con sus limosnas, instituciones de apoyo a los pobres, como el Colegio de la Doctrina, donde el pequeño Juan aprenderá a juntar las primeras letras. No pudiendo sostenerse el Colegio solo con las limosnas, el niño, como sus compañeros de escuela, hará servicios para un convento de monjas vecino –desde ayudar a misa hasta limpiar la iglesia–, pedirá por las calles y acompañará séquitos de entierros.

Del Colegio de “doctrinos” pasará al de los jesuitas, donde estudia con provecho al tiempo que ayuda en el ‘Hospital de las Bubas’, para pacientes con enfermedades venéreas. En el colegio de la Compañía, regido por Juan Bonifacio, conocerá a los clásicos, la Biblia, la poesía; un ambiente, en suma, en el que empieza a echar raíces el poeta y el místico y en el que despunta su vocación: no sacerdote con beneficio, tampoco hijo de san Ignacio… Por razones que aún desconocemos, Juan decide entrar en el Carmelo y allí toma el apellido “de Santo Matía”.

“Crisis” en Salamanca

Terminado el noviciado en Medina del Campo, Juan de Santo Matía es enviado a Salamanca para continuar sus estudios en el Colegio de San Andrés de los Carmelitas. Su paso por la Universidad está bien documentado: allí no solo profundiza en su formación filosófica y teológica, sino que tiene también la oportunidad de dialogar e intercambiar ideas con estudiantes de otras ciencias: derecho, medicina, la incipiente astronomía –dentro del ‘quadrivium’, junto con aritmética, geometría y música–, etc.

La experiencia universitaria no le satisface del todo. Las hagiografías nos hablarán de un joven con deseos de observancia que no encontraba en San Andrés el rigor y la disciplina que su alma ansiaba; es el motivo preferido de la piedad barroca a la hora de explicar la “crisis” de Juan en Salamanca.

San Juan de la Cruz, las Edades del Hombre

No obstante, puede que su descontento tuviera otras causas, que podemos rastrear en su obra: el hartazgo de los discursos teológicos excesivamente abstractos, alejados de la vida real y con poco fundamento bíblico y, sobre todo, la búsqueda de prebendas en la Universidad, pues “cierto, aborrece Dios tanto el ver las almas inclinadas a mayorías, que aun cuando él se lo manda y las pone en ellas, no quiere que tengan prontitud y gana de mandar” (2S 30,4. Para todas las citas de san Juan de la Cruz uso la edición de ‘Obras Completas’ de Editorial de Espiritualidad, Madrid 21980, con sus siglas).

Encuentro con Teresa de Jesús

Así, en torno a 1567, vuelve a Medina para ser ordenado, pero con la idea de pasar a la Cartuja. Pero en la Villa encuentra a Teresa de Jesús, que le convence para unirse a su proyecto de fundación-reforma de los Descalzos.

Comienza, así, una nueva aventura. Como en su infancia, desapego, sobriedad y pobreza, pero esta vez elegida. Bajo la atenta mirada de la Madre Teresa, que lo llevará a Valladolid para que aprenda el estilo de vida de las Descalzas, que ella ha instaurado en Ávila (1562) y comienza a extender ahora por Castilla, iniciará la vida “reformada” –la fundación de los Descalzos en el mítico lugar de Duruelo, en 1568, de donde pasará pronto a Mancera y, de ahí, a tierras de Guadalajara y Alcalá, la nueva Castilla, donde la Orden se expande y Juan de la Cruz ejerce tareas de acompañamiento y formación de las nuevas vocaciones. (…)

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Índice del Pliego

JALONES DE UNA VIDA

  • Paciencia es menester, en esta pobreza
  • Y no de esperanza falto
  • Buscando mis amores
  • Y todo mi caudal en su servicio
  • A las subidas caverna de la piedra nos iremos

AMOR Y LIBERTAD: LA DOCTRINA SANJUANISTA

  • Reconocer
  • Renunciar
  • Recibir
  • Recordar