El 1 de julio, la localidad suiza de Écône acogió la ceremonia ilícita de consagración de cuatro obispos de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Clonaban 38 años después el mismo acto que lideró su fundador, Marcel Lefebvre. Si entonces Juan Pablo II ratificó la excomunión de quienes protagonizaron el cisma, León XIV ha procedido de igual manera con una sanción que se extiende a todos los fieles que respalden formalmente esta insurrección.
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Saltarse a la torera el proceso de selección episcopal que culmina en la designación directa del Papa es mucho más que un acto de desobediencia al sucesor de Pedro. No deja de ser un sedevacantismo de facto.
En cualquier caso, no es el Papa ni el Dicasterio para la Doctrina de la Fe los que excomulgan. Son los lefebvrianos quienes se han excomulgado desde hace tiempo. Prácticamente, desde su fundación en 1970. Desde entonces y hasta hoy, han mostrado un rechazo frontal al Concilio Vaticano II. Su apego a la misa tradicional y a un pasado idealizado es solo el reflejo de un negacionismo conciliar profundo, que va desde la colegialidad hasta el ecumenismo y el diálogo interrelegioso.
Consagración episcopal ilícita organizada por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X en Ecône (Suiza). Foto: EFE
De nada ha servido la mano tendida por los papas, incluida la decisión de Benedicto XVI de levantar la excomunión a aquellos primeros obispos díscolos o el gesto de Francisco de ‘convalidar’ los sacramentos del matrimonio y la confesión a los curas lefebvrianos. En estas cuatro décadas, no han mostrado el más mínimo signo de acercamiento ante estas concesiones. Más bien, lo contrario: les ha servido para legitimar su discurso y arremeter contra un supuesto relativismo de Roma.
Aviso a navegantes
Su argumentario polarizante, vinculado ideológicamente a la ultraderecha, sumado a un crecimiento paulatino que presentan como una legitimación divina, les ha llevado a enrocarse. Y no solo eso. Ha dado alas a otras realidades eclesiales para alentar la teoría conspiranoide de una deriva de confusión doctrinal y moral. Sirviéndose de Jorge Mario Bergoglio como diana, no solo cuestionaba a un pastor argentino, sino la esencia misma de la catolicidad.
El golpe en la mesa de León XIV, el Papa que se presentó hace un año como abanderado de la unidad en la Iglesia, supone un aviso a navegantes para quienes alimentaron y alimentan estas suspicacias tanto en seminarios como en foros digitales, en retiros o en conferencias, en corrillos de sacristía o en asambleas plenarias. Si la comunión eclesial se amasa en lo pequeño y lo sencillo, los cismas se cocinan a fuego lento en la trastienda, aunque luego se emplaten en una ceremonia grandilocuente en Écône.
