Editorial

Apostar por la misericordia, defender la reinserción

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No ha quedado un solo rincón de España que no haya compartido el dolor de la familia del pequeño Gabriel Cruz, asesinado por la pareja de su padre. Tampoco ha sido ajena la lección de humanidad de su madre: “Pido que no se extienda la rabia. Que lo que quede sean la fe y las buenas acciones”. Un deseo que brota cuando el Parlamento debate la prisión permanente revisable.



Nadie niega lo atroz del crimen de Gabriel que, como el de otros tantos, cuesta perdonar. Sin embargo, la Iglesia, como madre de misericordia, cree firmemente en la redención, que se materializa en el derecho a la reinserción social, toda vez que se cumpla una condena justa y proporcionada y se extremen las precauciones respecto a la libertad condicional, probando de forma fehaciente que no hay posibilidad de volver a delinquir.

“Que se pudra en prisión”, una expresión que se escucha estos días respecto a la asesina, no puede traducirse en una norma legislativa, sea como medida preventiva o disuasoria ante potenciales delincuentes. Solo se alimenta esa rabia, el odio y la venganza, abriendo de par en par las puertas a la cadena perpetua, que el Papa ha llegado a calificar como “una sentencia de muerte oculta”.

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