Rosa Ruiz, misionera claretiana
Misionera Claretiana

¡Ya viene!


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Tiene la liturgia de Adviento una preciosa tradición llamada ‘Las antífonas de la oh’ (o de la ‘O’ en latín) y que poco se conoce. Comienzan hoy, 17 de diciembre, y van acompañando esta especie de cuenta atrás hasta el 23, aclamando a Jesús con títulos del Antiguo Testamento:

Oh, Sabiduría (Sapientia)

Oh, Señor (Adonai)

Oh, Renuevo del tronco de Jesé (Radix)

Oh, Llave (Clavis)

Oh, Sol que nace (Oriens)

Oh, Rey (Rex)

Oh, Dios con nosotros (Emmanuel)



Leídas en sentido inverso las iniciales latinas forman el acróstico “ero cras”, que significa “seré/estaré mañana, vendré mañana”, como si el mismo Jesús ya nos estuviera respondiendo a medida que le suplicamos. Y me encanta ver este sentido de la creatividad y el juego en la liturgia de hace tantos siglos. Y esta experiencia íntima del Misterio, de proclamar con solemnidad a Jesús como Señor de nuestra vida, y a la vez reconocer que no lo podemos apresar, que viene siempre.

Esta semana recordábamos a San Juan de la Cruz. “Mi medio fraile”, le llamaba cariñosamente Santa Teresa. Parece que su estatura no era tan bajita para la media de su tiempo pero así ha quedado para la historia, como un frailecillo pequeño y sencillo, un santo, un poeta, un místico. Un hombre que en su sensible fragilidad no solo encontró sentido para afrontar la incomprensión de sus propios hermanos frailes, las acusaciones, la soledad y la cárcel misma; también encontró la fuerza para escapar de aquella torre (y no acogerla resignado “como voluntad de Dios”), y acoger la noche oscura con la misma libertad que acogió la Luz.

San Juan de la Cruz

¿Qué tienen que ver las antífonas con Juan de la Cruz? A mí me parece que mucho. Se nos propone experimentar la aparente contradicción entre experimentar que Dios no se va nunca y que necesitamos suplicarle que venga siempre:

“¿Adónde te escondiste, amado, y me dejaste con gemido? Como el ciervo huiste, habiéndome herido; salí tras ti, clamando, y eras ido (…) ¡Oh cristalina fuente, si en esos tus semblantes plateados, formases de repente los ojos deseados, que tengo en mis entrañas dibujados!”.

Es fácil dejarnos llevar por el “ven, Señor” del adviento, sintiendo esa ausencia de Dios o de paz o de serenidad… que a veces se nos da a gustar. Es fácil olvidar así, que El está siempre. Lo explica muy bien J. Ratzinger en una de sus meditaciones:

“En el lenguaje del mundo antiguo, Adviento era un término técnico que servía para designar la llegada de un funcionario, en especial de reyes o emperadores, a alguna zona de la provincia (…) Los cristianos asumieron esa palabra para expresar su relación con Jesucristo, que ha venido a la pobre zona de provincia de la tierra y que regala a la tierra la fiesta de su visita… Querían decir, en sentido muy general: Dios está presente. Él no se ha retirado del mundo. No nos ha dejado solos” (“La bendición de la Navidad”, 15-16).

San Juan de la Cruz, las Edades del Hombre

Los místicos, los hombres y mujeres que viven el encuentro con Dios vivo y por eso también su ausencia, saben de esto. Su vida es una antífona de adviento clamando (¡Oh…!) y, a la vez, expresan con toda intensidad el gozo del encuentro, de la presencia imborrable:

“Cuando tú me mirabas, tu gracia en mí tus ojos imprimían; por eso me adamabas, y en eso merecían los míos adorar lo que en ti veían (…) Mi alma se ha empleado, y todo mi caudal, en su servicio; ya no guardo ganado, ni ya tengo otro oficio, que ya sólo en amar es mi ejercicio”.

Me decía alguien, hace poco, y con mucho dolor, que su formadora le insistía en que el modo de acercarnos a Dios es haciendo sacrificios. No, no hace 50 años de esto. Fue el año pasado en el noviciado y la formadora sigue en tareas educativas. ¡Qué pena perdernos la alegría de saber que Él viene, viene siempre, ya está llegando! Y nada tiene que ver con ofrecerle mis esfuerzos y holocaustos, por buenos y santos que sean. Basta con esperarle y, si ayuda, en estos próximos días, nómbrale con tus propias y personales llamadas, ¡Oh…!:

“No me quitarás, Dios mío, lo que una vez me diste en tu único Hijo Jesucristo, en que me diste todo lo que quiero. Por eso me holgaré que no te tardarás si yo espero”.