Rosa Ruiz, misionera claretiana
Misionera Claretiana

Vacío


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“Horror vacui” lo llaman los clásicos. Ese temor terrible a un milímetro sin imagen, sin letra, sin actividad, sin pensamiento, sin oración, sin deseo, sin ganas, sin sentimiento, sin nada. Si es cuestión estética, para gustos los colores. A mí, particularmente, me horroriza más lo recargado; ese “barroquismo barroco” que encuentras en algunos lugares y que, al menos a mí, me ahoga. La mayoría de las veces pareciera que sólo es puro desorden o mal gusto.



Cuando este horror al vacío se instala por dentro de las personas es otra cosa. Un horror vacui que puede tomar mil formas. Miras dentro y no encuentras nada que merezca la pena. Miras alrededor y solo te llega una especie de foso (vacío) entre tú y los demás. Miras al futuro y no hay nada. Miras al pasado y solo ves el hueco que deja lo que alguna vez te pareció vivir.

El horror al vacío suele ir acompañado de una enorme tristeza que se te pega a la piel como aceite. Una tristeza pegajosa y seca a la vez. Una angustia que te hace más difícil cada día levantarte por la mañana, ir a trabajar, ponerte a leer, rezar o estar con la gente que quieres.

Acompañamiento

Esta semana acompañé a una familia en el tanatorio. La muerte es uno de esos lugares donde el vacío se hace palpable. Ineludible. Te falta alguien. Pero hay otras pérdidas, incomparables con perder a una persona, que también pueden desencadenar en nosotros una espiral de oscuridad interior. Pérdida de una relación, de un trabajo, de cariño, de valoración, de reconocimiento, de sentido… Y es entonces cuando nos jugamos la vida –en buena parte– en saber vivir con el vacío. Porque también lo necesitamos. Decía Lao-Tsé: “Lo que da valor a una taza es el espacio vacío que hay entre sus paredes”. O el espacio vacío entre los radios de una rueda o entre dos personas para poder abrazarnos o en nuestra garganta para poder respirar.

Pero no siempre sabemos vivirlo así. Y todos podemos pasar alguna época de angustia. “Está deprimido/a”, solemos decir. Y lo decimos bajito, como con temor o casi vergüenza. Como queriendo no saberlo. Porque no nos lo permitimos. Quizá nos sentimos culpables. Quizá simplemente no sabemos qué hacer con el vacío propio ni con el de la gente a la que queremos: “No estés triste”, “mira cuántas cosas buenas tienes”, “da gracias a Dios”, “¡anímate!”. Y cuando la situación ya se hace incontenible buscamos ayuda o incluso se recetan pastillas… Todo rápido. Todo lleno. Sin parar el ritmo normal, sin dejar de producir, sin que se note nada…

Quizá sería mejor acoger con normalidad la falta de sentido, el vacío, la tristeza, la depresión… cuando llega. Permitirnos estar tristes. Permitirnos necesitar ayuda. Permitirnos no poder seguir en una determinada situación. También entre personas creyentes; alguna vez he escuchado que alguien que de verdad cree en Dios y le ha entregado su vida, no puede perder nunca la alegría ni la esperanza. Y eso sólo consigue aumentar la frustración, el rechazo y la tristeza.

El 10 de septiembre es el Día Mundial para la Prevención del Suicidio. Según la OMS, cada 40 segundos alguien se quita la vida. Cada 40 segundos. En los últimos años ha aumentado un 60%, llegando a ser la segunda causa de muerte entre la gente de 10 a 24 años. ¡Claro que podemos prevenirlo! Aunque quizá tengamos que ir mucho antes: aprender a sostener nuestro particular horror al vacío propio y ajeno, acoger las tristezas propias y ajenas sin pactar con ellas y sin avergonzarnos, permanecer cuando nos rompemos (si eso llega) y quedarnos con quien se ha roto por dentro…

Si no animaríamos a alguien con la pierna rota a caminar erguido y sin muletas, ¿por qué lo esperamos de quien se ha quebrado por dentro, sean cuales sean las razones? No es cuestión de fortaleza, ni de ser mejor o peor o más o menos fiel. La oscuridad puede llegar. Y llega. El vacío también. Llegar a desear quitarse la vida… es un camino que, por desgracia, mucha gente transita. Demasiada. Quizá cerca de nosotros y no lo sabemos. Cuidémonos y cuidemos al otro. A veces la palabra menos pensada, un gesto o una mirada, nos salva. O nos condena. Hoy, vamos a quedarnos con que es posible siempre volver a quererse vivo.