En México hoy se celebra el día de las madres. Entiendo que en España se festejó el domingo pasado. La conmemoración ofrece la oportunidad de acercarse a ella desde muchos ángulos. En los años recientes, con el incremento de personas desaparecidas en mi país, me ha llamado la atención una carencia de nuestro idioma: ¿cómo nombrar a la mamá que pierde a un hijo?
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Me vino a la mente al disfrutar el precioso film ‘Hamnet’, en el que Judith, la segunda hija de Shakespeare, le pregunta a su madre -la excelsa Agnes– cómo se le llama a una persona que tiene un gemelo y luego ya no lo tiene.
En la muy alabada lengua española, que cuenta con cerca de 300,000 palabras, sí existe un vocablo para definir a la hija que pierde a sus padres, huérfana; a la esposa cuyo marido fallece: viuda. Pero: ¿cómo nombrar a la muchacha que pierde un hermano, o a la mamá cuyo hijo desaparece? No la hay.
Pues en México ya encontramos el vocablo, aunque no a quienes se refiere como objetivo a conseguir: madres buscadoras.
Acostumbradas, biológica y culturalmente, al cuidado de sus hijos, no tienen fecha de caducidad -aunque ellos se casen, ellas no pierden su condición materna-, de ahí la obstinación con la que actúan las madres que los han perdido, las madres buscadoras.
En ese verbo, buscar, se encierra su frenética actividad que va más allá de localizar un sitio donde es probable que existan restos humanos, o de excavar hasta sangrar sus manos en busca de evidencias filiales.
La mamá que busca no se rinde, ni ante la desesperanza por el tiempo transcurrido, muchas veces años, ni por las amenazas que con frecuencia recibe, tanto de autoridades como de grupos delictivos. Vamos: hasta familiares y amigos le aconsejan desistir, ya olvidarse del tema, pero ella mantiene su tozudez.
No ceja en su empeño de encontrar al menos ‘algo’ de su hijo secuestrado, y que le permita llevar a cabo el necesario protocolo de duelo, fundamental para cerrar esta triste etapa.
Denuncia la indolencia o complicidad de autoridades que solo han otorgado promesas, pero no acciones efectivas por miedo-a o colaboración-con organizaciones criminales que muchas veces están detrás de estas desapariciones.
Si en el esquema de la familia tradicional, la madre debería quedarse atrincherada en la cocina de la casa y, cuando mucho, salir para el mercado o a la iglesia, estas valientes mujeres ocupan hoy plazas públicas para levantar su voz y visibilizar su tragedia.
En el evangelio de hoy –Juan 14,15-21- Jesús nos dice que no nos dejará desamparados. Dios no desampara a las madres buscadoras, las ilumina y fortalece. Que nosotros tampoco las desamparemos, y sobre todo en este día.
Pro-vocación
Robert Francis Prevost Martínez ha cumplido un año como León XIV. Sobran los análisis de estos 12 meses al frente de la Iglesia Católica del Papa norteamericano-peruano. Yo solo añado que ya dejó claras su discreción y, al mismo tiempo, su firmeza. Se subió al tren de Francisco, que iba a toda velocidad, y ha mantenido el rumbo, sin desviaciones mediáticas, quizá, favorables a su imagen, pero de las que no está convencido. Ojalá y Dios nos lo deje muchos años más.

