José Luis Pinilla
Migraciones. Fundación San Juan del Castillo. Grupos Loyola

Punto de partida de la solidaridad


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A la operación salida desde Ucrania le está correspondiendo una operación de retorno en otros lugares de acogida en muchos puntos limítrofes y en nuestro país, en Europa y en otros lugares del mundo. Por tierra, mar y aire. Oleada de solidaridad que ya quisiéramos ampliada cuando la huida tan cruel causada por la guerra, el hambre o la búsqueda de dignidad no sea tan llamativa como la de estos días que tan injustamente se está produciendo la guerra en Ucrania. Aquellas que son escondidas en el acontecer cotidiano y que sucede en muchas otras partes y a las mismas horas.



Hay una ejemplar ola de solidaridad respondiendo a estas situaciones con nuestros ya “casi vecinos” ucranios. Y más allá de la visibilidad externa que esta produce con los variados procedimientos imaginados y creados (taxis, autobuses, coches particulares, cuentas benéficas, festivales, eslóganes, pancartas etc.), quisiera, con humildad, intentar colaborar a aflorar lo que es más invisible. Lo que anida en el corazón humano para desplegarse de esa manera.

Probablemente ese corazón solidario se expande a partir de las muchas miradas hacia lo que el continuo goteo de noticias de la guerra con sus heridos, muertos y refugiados nos está poniendo delante. Y que nos las está metiendo hasta el tuétano de nuestra existencia. Aquí si hay muchos ojos que ven y sienten frente a aquello de que “ojos que no ven, corazón que no siente”. Los medios de comunicación, que tan ostensiblemente omiten noticias de otros países y situaciones en parecidas circunstancias, están provocando muchas miradas que se mueven como un resorte desde el sillón contemplativo de la tele y demás, con un impulso inmediato para ponerse en pie y en marcha. Y esas miradas quieren volar para ver de cerca a los que sufren. Ver y tocar de cerca. Y si es preciso en nuestra casa. Porque es parte de un nosotros colectivo si no nos enrocamos en nuestra propia piel.

Los cristianos sabemos que quien quiera tocar (no solo ver) las llagas de Cristo, lo tiene “fácil”: puede tocar las llagas de los pobres. Este tocar a Dios mismo cuando se toca al fugitivo, al huido, al empobrecido es expresado con la máxima fuerza por Jesús en Mateo 25, 40: “Cada vez que lo hicisteis con un hermano mío de los más humildes, lo hicisteis conmigo”. ¡Ojo! Jesús no dice que dar de comer al pobre o acoger al forastero es como si se diera de comer o recibiera a Dios, sino que, en realidad, se le hace a Él: “Me disteis de comer o me acogisteis”; “lo hicisteis conmigo”. Más claro imposible. Salir del propio y falso espejismo del yo es entrar en el misterio de Dios.

Movilizados frente al individualismo

De un mirar distante desde los medios de comunicación, sentado en el calor del hogar, a un mirar de cerca saliendo de las propias fronteras personales y/o geográficas. Un mirar que quiere tocar, oler, oír… Es decir, mirar con mucho miramiento. O delicadeza. Y quiere detenerse a escuchar atentamente los ruidos de los pasos propios y ajenos en el proceso o el camino hacia la desgracia ajena. Se quiere encaminar –y desde ahí se va encariñando– para captar las variadas necesidades de los empobrecidos, de los violentados, de los huidos superando la repugnancia natural ante tanto daño. Y es que el corazón humano tiende a reconocer los detalles que parten de los sentidos (oler, ver, tocar), que poco a poco van desalojando otras variadas consideraciones teóricas, políticas, ideológicas, abstractas, etc. Y se siente de alguna manera también golpeado, herido, violentado, refugiado. Imagino que los que están iniciando las marchas hacia Ucrania saben –pero no se lo piensan dos veces– que es muy larga y difícil la marcha del que quiere compartir la suerte de los de muy mala suerte: de l@s “nacid@s para sufrir”.

Y se movilizan frente a tanto individualismo como nos rodea. Incluso contra el masivo egocentrismo, hay movidas personales y colectivas que cuestionan a muchos otros que no quieren ser desalojados de su zona de seguridad y confort. El egoísmo y el individualismo –ilegítimos– se blindan para no ver o escuchar los gritos y lamentos que intentan llegar desde las periferias existenciales: dolor, sufrimiento, soledad, exclusión, maltrato, explotación, desigualdad… Me lo dejó escrito un gran compañero: “Te vive quien te ama. El verbo vivir, en la persona solidaria, se convierte en transitivo. Vivimos cuando alguien no solo se vive, sino que nos transmite las ganas y la capacidad de vivir. Vives porque sientes que alguien te vive. Es la identificación suprema de amor y vida porque la vida no es tuya ni mía: es nuestra”. Yo soy todos vosotros: enteramente vuestro porque, como decía Jorge Guillen: “No hay soledad. Hay luz entre todos. Soy vuestro”.

Ese es el fundamento de la solidaridad imprescindible y que se debe cuidar permanentemente. No solo ante los focos mediáticos sino en la oscuridad del anonimato. No solo en las épocas de los “huracanes solidarios” sino en la brisa suave de cada día, fuera y dentro de casa, que debe ser mucho más alimentada incluso por una formación –reglada y no reglada– que se vaya acostumbrando cada vez más y mas al análisis y la reflexión que supere el inmediatismo de la acción y dé sentido a largo plazo a lo que se hace.

Refugiados en Irpin, Ucrania

El corazón más auténticamente solidario también se encamina en sus propias migraciones interiores cuando siente que no se trata tanto de hablar de los pobres sino desde los pobres: porque desde ellos se leen (se sienten) los acontecimientos y se predica cuando sea necesario.

El punto de partida que moviliza y sopla como un huracán solidario, necesita también implicarse y habituarse desde proyectos no cortoplacistas sino, de largo alcance, tanto en el tiempo como en el espacio. Posiblemente con ello nuestra solidaridad tiene menos protagonismo pero tendrá más eficacia.

Y así los caminos (mediáticos o geográficos) tan llenos de solidaridad inmediata serán mucho más que simples rutas de tránsito kilométricas. Tan kilométricas como las formadas por los huidos. Y los que por ellas transitan serán como cordones umbilicales que me descubrirán que mi corazón –si estoy atento día a día– late y vive con el latido de los huidos, violentados, refugiados… Que dan impulso a mis propios latidos. Que son los primeros pasos en las rutas de tantos caminantes heridos de la historia.