Guillermo Jesús Kowalski
Licenciado en Teología por la Universidad Católica de Argentina (UCA)

PISA (I): Biblia, memoria y fe cristiana en una sociedad posletrada


Los últimos resultados de PISA preocupan por algo más que por el descenso de unas puntuaciones escolares. La falta de comprensión lectora, mantener la atención o relacionar informaciones diversas reflejan una transformación cultural más profunda.



No significa que hayamos dejado de leer: nunca pasamos tantas horas al día delante de palabras. Leemos mensajes, titulares, comentarios, subtítulos, publicaciones y respuestas. Pero tener permanentemente textos delante no significa necesariamente leer, si entendemos por lectura ese ejercicio paciente que permite detenerse, comprender, relacionar, recordar y pensar.

Una cultura nueva, digital y audiovisual

Una sociedad “posletrada” olvida una dimensión importante de la tradición que nos humanizó. No sería un regreso a la oralidad de las sociedades anteriores a la escritura, sino una cultura nueva, digital y audiovisual, caracterizada por la fragmentación, la velocidad y una fuerte carga emocional.

PISA muestra que las dificultades aumentan cuando se requiere lectura sostenida, integración de datos, evaluación y reflexión. La cuestión desborda a la escuela y también es un desafío para el cristianismo: ¿qué puede ocurrirle a una fe que ha aprendido durante siglos a recordar, pensar y transmitir mediante la palabra escrita cuando comienza a debilitarse la cultura que hacía posible esa lectura?

Una fe nacida de una Palabra que se hizo historia

Conviene recordar que el cristianismo es más que una “religión del Libro”. En su centro no hay un texto caído del cielo, sino una persona: Jesucristo. El prólogo de Juan no afirma que la Palabra se hizo libro, sino que “la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14).

Pero esa Encarnación sucedió en una historia que necesitó ser recordada. Israel aprendió que creer significaba hacer memoria. “Recuerda” es una de las grandes palabras bíblicas. Recuerda que fuiste esclavo; recuerda que Dios te liberó; cuenta estas cosas a tus hijos; no olvides la Alianza. La Escritura permitió que la experiencia de una generación no muriera con ella. La memoria se hizo relato, el relato se hizo texto y el texto pudo volver a ser proclamado, interpretado y actualizado por nuevas generaciones.

También ocurrió así con Jesús. Él leyó en la sinagoga el pasaje de Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí… Esta escritura se ha cumplido hoy” (Lc 4,16-30). Luego tuvo encuentros, seguimiento, palabras escuchadas, comidas compartidas, cruz y experiencia pascual; después, surgieron tradiciones orales; y, finalmente, evangelios, cartas y otros escritos. La Escritura nació de una memoria creyente para impedir el olvido.

En cambio, nuestra cultura digital parece construida sobre la sucesión de instantes. Cada novedad desplaza inmediatamente a la anterior. Deslizamos el dedo y aparece otra imagen, otra indignación, otra noticia, otra emoción. El presente se renueva continuamente, pero diluye la memoria. Para el ‘homo digitalis’ todo sucede ahora, porque “quien controla el pasado controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado”. (G. Orwell, ‘1984’)

Y una fe sin memoria y sin historia es una construcción de diseño para dominar, pero no es Jesucristo.

Aquellos que conservaron palabras

El cristianismo transita la extraordinaria aventura de la escritura. La Biblia fue copiada, comentada, traducida, discutida y predicada. Durante los siglos medievales, los ‘scriptoria’ monásticos conservaron textos bíblicos, patrísticos y parte del patrimonio cultural antiguo.

No estuvieron solos: Bizancio, el mundo islámico, las comunidades judías, las escuelas catedralicias y después las universidades fueron decisivos en aquella transmisión. La imagen del copista inclinado durante horas sobre un manuscrito es profecía para nuestro tiempo.

Aquellos hombres copiaban porque habían recibido algo que consideraban digno de ser entregado a quienes vendrían después. Eso es Tradición en su sentido más hermoso: recibir para transmitir.

De esa cultura del texto surgirían universidades, disputas teológicas, humanismo, Renacimiento y, con la imprenta, una formidable democratización del conocimiento. Más tarde llegarían la alfabetización masiva, los periódicos, el debate público, las constituciones y una ciudadanía aprendiendo que las afirmaciones debían ser argumentadas y confrontadas.

Sería ingenuo pasar de los monasterios medievales a los derechos humanos. El cristianismo conoció también censuras, intolerancias y violencias. Pero tampoco podemos ignorar que nuestra civilización democrática necesitó una ecología de la palabra: leer, recordar, comparar, argumentar, interpretar y escuchar una idea antes de responderla.

Perder esas capacidades no es solamente perder cultura. Puede significar perder una manera de relacionarnos con la verdad y con los demás. Esta cultura de la polarización y fundamentalismos, hecha de “verdades alternativas” (‘fake news’), reemplaza la reflexión por ‘slogans’ emocionales.

Muchos versículos, pocos lectores

Pero la cultura posletrada también penetra en nuestras comunidades eclesiales. Nunca circularon tantas frases de la Biblia, papas, de los santos y Padres de la Iglesia. Tenemos vídeos de apologética, podcasts, homilías, ‘reels’ y explicaciones teológicas de un minuto. Todo ello ofrece posibilidades extraordinarias de evangelización. Sería absurdo demonizar unos lenguajes que permiten llegar a personas a las que quizá nunca alcanzaría un tratado teológico.

El problema comienza cuando la puerta de entrada se convierte en toda la casa. Un versículo aislado puede sustituir al Evangelio. Una frase pontificia separada de su contexto confirma aquello que ya pensábamos. Un vídeo de noventa segundos reemplaza cuestiones que necesitaron siglos de reflexión. Y podemos llegar a la paradoja de poseer millones de citas bíblicas circulando por nuestras pantallas y tener cada vez menos lectores reales de la Biblia.

Un cardenal con el teléfono en un Consistorio

Un cardenal con el teléfono en un Consistorio. Foto: Vatican Media

Incluso la Tradición puede reducirse a frases elegidas para confirmar nuestros sesgos. Pero la verdadera Tradición cristiana nunca fue un almacén de respuestas prefabricadas. Es memoria viva, atravesada por Escritura, liturgia, Padres, concilios, teología, santidad, conflictos, errores, reformas y discernimiento.

Para entrar en ella hace falta algo que nuestra cultura considerar una pérdida de tiempo: la paciencia. El ‘Elogio de la lentitud’ (C. Honoré) no solo debería servir para comer, sino para leer.

Defender la lentitud sin tener miedo al futuro

El cristianismo no añora una supuesta edad dorada de lectores silenciosos ni culpa moralmente a adolescentes nacidos en un ecosistema creado por adultos. PISA revela transformaciones familiares, tecnológicas, educativas y sociales que ninguna escuela puede resolver por sí sola.

Tampoco la Iglesia resolverá el problema mandando simplemente “leer más”. Necesitaremos aprender a habitar creativamente la nueva cultura. Habrá que evangelizar mediante imágenes, conversaciones, redes, narraciones, música, encuentros y lenguajes que todavía estamos aprendiendo. El cristianismo existió antes de Gutenberg y sobrevivirá a TikTok.

Pero hay capacidades humanas que no reemplaza el algoritmo. Necesitamos recuperar espacios donde para detenerse, leer una página difícil, guardar silencio, sostener una pregunta, escuchar una historia completa, reconocer que no entendemos algo y volver a comenzar. Deberemos reinventar lugares donde custodiar la lentitud y la contemplación.

También nuestras parroquias, escuelas y familias pueden convertirse en esos lugares. Una catequesis que enseñe a preguntar además de responder; una liturgia donde la Escritura sea verdaderamente escuchada; una clase en la que todavía pueda leerse un texto entero; una conversación familiar sin pantallas; una comunidad donde alguien pueda expresar una duda sin recibir inmediatamente una consigna.

No se trata de salvar el papel. Se trata de salvar la profundidad. La finalidad del cristianismo no es custodiar un determinado soporte cultural. Pergamino, códice, imprenta, pantalla e inteligencia artificial son instrumentos históricos. Lo irrenunciable es otra cosa: que la Palabra pueda seguir siendo recibida, recordada, comprendida, interpretada, celebrada y convertida en vida.

Nuestra fe comenzó antes del libro impreso, cuando unas personas se sentaban alrededor de una mesa y contaban lo que Jesús había dicho y hecho. Era una oralidad memoriosa y sabia. Después escribieron para que otros pudieran recordarlo.

Hoy nos corresponde continuar esa misma cadena. Recibir, comprender, recordar y transmitir. Y hacerlo de tal manera que, en medio del vértigo de las pantallas y de una cultura que parece condenarnos a olvidar continuamente lo que acabamos de ver, vuelva a producirse el antiguo milagro cristiano: que la Palabra no se quede en la página ni se pierda en la pantalla, sino que vuelva a hacerse carne y habite entre nosotros.