Rosa Ruiz, misionera claretiana
Misionera Claretiana

Nota del traductor: “Algo más”


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“Los traductores son testigos fehacientes de cuánto llega uno a poner de sí mismo para lograr una traducción agraciada. Inevitable. Otra cosa es que los ‘receptores’ quedemos al albur de lo ancha o no que sea su manga para reflejar con fidelidad el texto sin trastocar su sentido original”.



Lo dicho: si alguien quisiera traducir literalmente mi primer párrafo, palabra por palabra, no entendería nada y, casi con seguridad, perdería el significado que ahora tiene. Porque en dicho párrafo hay frases hechas, metáforas, construcciones de un castellano más bien antiguo… todas las palabras son correctas (creo). Todas son castellano (o español, como queráis). Todas reconocidas por la “norma” pero solo comprensible de verdad para quien comparta ‘algo más’, más allá de un código acordado.

Leer la realidad

Compartir ese “algo más” que excede la pura literalidad es lo que nos permite entendernos. Es lo que permite que dos personas o más puedan comunicarse, puedan entenderse, puedan acogerse, puedan darse mutuamente. En los momentos más importantes de nuestra vida, sin duda, tenemos que elegir en qué registro y en qué idioma nos damos a conocer. Pero también desde qué códigos vamos a “leer” a quien tenemos delante. Esto es tan importante que solo quien lo haya vivido puede percibir el drama que, en algunos momentos clave de la vida, puede suponer que no te entiendan, que te interpreten tan literalmente que no te lean a ti. Y al revés: a veces uno se obceca o se despista y es incapaz de leer la realidad que nos rodea, de interpretarla más allá de las reglas literales aprendidas.

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Cuando esto ocurre perdemos “ese algo más” que nos hace humanos y muy humanos, con capacidad de llegar a ser siempre más de lo que somos. Otro riesgo es escuchar a los demás con una especie de tic de mal traductor, convencido de que los demás necesitan continuos pies de página para ser entendidos. Al final, casi siempre la traducción es tan “libre” que parece más un comentario de texto o un ensayo que una traducción del otro. Y acabamos respondiendo a lo que creo que ha dicho, a lo que pienso que siente o a lo que temo que haga. ¡Cómo cambiarían las cosas si nos leyéramos mejor, si nos percibiéramos con el deseo de comprender lo que significa el otro y no con la intención de “mejorar” al otro con lo que yo pienso!

Me pregunto, incluso, cuántas situaciones de nuestra vida personal o laboral serían completamente distintas si la comunicación hubiera sido mejor con las personas implicadas en esos asuntos. Si cada uno hubiéramos sido más transparentes (aunque nos hiciera más vulnerables), si nos hubiéramos fiado más del otro (a riesgo de decepcionarnos), si nos hubiéramos expresado sin miedo (aunque conllevara conflicto), si hubiéramos querido buscar juntos, en definitiva, un camino común.

A veces nos puede pasar también con Dios pero… eso lo dejaremos para la próxima semana.