Rosa Ruiz, misionera claretiana
Misionera Claretiana

María: todas las mujeres que habitan en mí


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Se acaba el mes de Mayo. Este Mayo 2020 que ya forma parte de la historia de la Humanidad y que se estudiará en los libros si antes no nos hemos cargado este mundo nuestro. Es el mes de María, al menos por estas latitudes. Y por mucho que la liturgia y el Magisterio hayan querido recordar una y mil veces que el tiempo mariano por excelencia es el Adviento, algo hay en el sentir popular que no acaba de dejar a María sin mes de Mayo.



Un corazón fuerte y tierno

“¡Venid y vamos todos!”. He crecido cantando así cada mes de mayo, en la iglesia de los Claretianos en Segovia. Y aún lo recuerdo como si fuera ayer, cuando resonaba el primer acorde del armónium en manos del P. Melchor. Ya adolescente y joven, ese canto me sonaba a otra época y apenas entendía la letra (creo que sigo sin hacerlo): “Con flores a porfía, con flores a María”. ¿Quién hablaba así? ¡Nadie! Pero, asombrosamente, no nos importaba. El hábito se había hecho tradición y hay tradiciones que lejos de alimentar la rutina, nos alimentan el alma y el futuro.

Por eso la misma María de las flores color pastel, es la del Magníficat y la del Calvario y la del Sábado Santo y la de Pentecostés: un corazón fuerte y tierno, inmaculado, lleno de esperanza, sin temor, sin dejarse achantar por nada ni por nadie. Una mujer libre, alegre, luchadora, fiel, creyente… pero, sobre todo, eso, mujer. Por cierto, con el tiempo me he dado cuenta que tampoco en esto de ser mujer hay consenso: “La mujer, al mirar a María, encuentra en ella el secreto para vivir dignamente su feminidad y para llevar a cabo su verdadera promoción” (Juan Pablo II, RM46); “el genio femenino es necesario en todas las expresiones de la vida social; “por ello, se ha de garantizar la presencia de las mujeres también en el ámbito laboral y en los diversos lugares donde se toman las decisiones importantes, tanto en la Iglesia como en las estructuras sociales” (Francisco, EG103).

María es la Theotókos y también la Odigitria que nos lleva a Jesús o la Eleousa (Virgen de la Ternura) o la Glykofilousa abrazando a su Hijo… Y a la vez es una mujer hierática que parece absorta contemplando no se sabe muy bien qué desde un trono…

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Y sigo sin sentir contradicción alguna cuando María me lanza a levantar la cabeza, a saber que también las mujeres tenemos un lugar propio, a no confundir el silencio y la oración con la sumisión y la ñoñería… Y a la vez es ejemplo de madre y esposa y de acogida y de perseverancia y de saber callar… para mi madre, mi abuela, y tantas otras.

Y miro dentro de mí y percibo cosas parecidas: tengo días silenciosos y otros que me sorprendo bailando y cantando por la casa. Siento en mí alguna que otra espada traspasándome el alma y a la vez la esperanza cierta de que el Mal no puede tener la última palabra, aunque lo parezca. En mí hay una mujer enfadada y triste y una mujer valiente que no se conforma con lo de “siempre se ha hecho así”. Y una madre y un hija y una hermana y una amiga y una discípula y una emprendedora y una esposa y una consagrada… ‘Todas las mujeres que habitan en mí’, como canta Vanesa Martín. Y todas ellas puedo intuirlas en María. Y no porque la ensalcemos tanto que a veces la deshumanizamos y la convertimos en un cliché adaptable a lo que cada uno quiera decir. Al contrario: porque verdaderamente fue una mujer, muy humana. Tanto, que pudo ser carne para la carne de Dios. Con todos los límites y capacidades de lo humano.

Podemos quitarle las coronas o dejarla entre joyas y abalorios. Podemos encerrarla en la pureza inmaculada o ponerla al frente de luchas feministas. Da igual. María seguirá siendo Ella. Y seguirá escapando de nuestras particulares luchas y preferencias. Porque en ella estamos todas. Todos. Y yo seguiré cantando a María por Vanesa Martín y el Venid-y-vamos-todos.

Puestos a pedir, solo querría que Ella me mirara a mi y también pudiera ver todas las mujeres que me habitan. Y, sobre todo, me ayudara a escuchar con su libertad, con su obediencia, con su corazón; porque al final, María siempre decide. Siempre actúa. Nunca se queda en la indefinición. Y como dijo Francisco alguna vez:

“(Como María en la Visitación o en Caná) también nosotros nos detenemos a escuchar, a reflexionar sobre lo que debemos hacer; tal vez tenemos incluso clara la decisión que tenemos que tomar, pero no damos el paso a la acción” (Vaticano, 31 de mayo de 2013).

Intuyo que esta intimidad de María con el Espíritu Santo a lo largo de toda su vida, algo habrá tenido que ver en ser como es. Pero de esto hablamos el próximo día.