Rosa Ruiz, misionera claretiana
Misionera Claretiana

Luz de luz


Compartir

Todos conocemos a personas llenas de luz. Esas que no solo alumbran, sino que también tienen el don de encender la poca o mucha luz que a cada uno de nosotros nos habita. Son personas que no deslumbran ni dan fogonazos. No lo necesitan. Suelen ser más bien de luz suave. No tibios ni mediocres. No pusilánimes o melifluos. Recios y sencillos. Con la mesura de quien sabe que alumbrar es aportar claridad al otro y no cegar con destellos propios. No son perfectos. Ni quieren serlo. No lo ansían, gracias a Dios, porque suelen ser muy humanos y bien saben que ‘humanear’ y ser perfectos no casan bien.



Puedes tener una relación muy estrecha con ellos o haberlos visto un par de veces. No es determinante. Lo notarás porque, sin una razón concreta, te sentirás bien a su lado. Sin hacer nada. Sin esperarlo. No te sientes juzgado. No tienes que dar explicaciones ni permanecer alerta. Estás en casa. Estás a salvo. Quizá por eso te reconcilian contigo mismo y con los demás. Con los que te quieren, para quererlos más y expresarlo antes de que sea demasiado tarde. Con los que te hacen daño o no te quieren bien, para dejarlos ir y no permitir que hagan nido en ti. Contigo mismo para saber quién eres, quién quieres ser y ponerte manos a la obra.

Mi abuela

Hace unos días despedimos a mi abuela. Es solo un ejemplo. Te invito a que tú busques los tuyos. Tenía 96 años. Demenciada hace 16. Viuda desde los 59. En los últimos tres años sobrevivió a más de 15 microinfartos cerebrales que la dejaban paralizada y a nosotros en vilo hasta que volvía a moverse. Era la tercera de 8 hermanos aunque su madre llego a parir 14 y no todos sobrevivieron. Era la época. Eran esas mujeres que marcaron un tiempo y varias generaciones.

Su corazón era fuerte. Literalmente. A los 7 años ya iba a lavar la ropa del molinero en el río para llevar algo de comida a casa. “¿Y qué hacías, abuela?”, le preguntábamos nosotros, hijos de otra época. “Nos orinábamos las manos para poder moverlas porque se nos congelaban los dedos”, contestaba ella sin darle más importancia. A los 12 ya la trajeron a la capital, “a servir en casa del médico”. Y la guerra por medio. Y tres abortos y cuatro hijos criados con su marido pintor de brocha gorda, haciendo cambalaches para comer y vestirse y estudiar.

Pertenece a esas mujeres que sobrevivieron mirando a la vida de frente. Sin arrogancia ni titulares. Eso sí era sororidad. Corazón fuerte. Manos fuertes. Y luz. Sin dejar que la oscuridad les arrebatara la esperanza y las ganas de compartir una tajada y un vaso de vino, cuando había. Mi abuela murió con Covid pero no de Covid. Una infección que no remitía, una bacteria que no controlaban, anemia… Se fue apagando suave y discretamente, como vivió. Sin aspavientos. Sola en el hospital pero acompañada por tantos. ¡Cuánta buena gente hay! La llamada diaria del médico, las atenciones de enfermeras y personal. Incluso la señora con quien compartió habitación que en cuanto mejoró utilizó su propio teléfono para que mi abuela pudiera hablar con mi madre. Y todo tan gratuito. Tan sencillo. Tan normal.

¿Seremos capaces en nuestra generación, blanda y líquida pero con la misma luz regalada dentro de nosotros, de honrar la memoria de los que nos han precedido? ¿Seremos capaces nosotros de elegir la luz en nosotros mismos y dejar de alimentar oscuridades? Porque no hay mejor antídoto contra las sombras que ser cómplices del alba. Aunque sólo sea eligiéndolo:

La noche, el caos, el terror, / cuanto a las sombras pertenece / siente que el alba de oro crece / y anda ya próximo el Señor.

El sol, con lanza luminosa, / rompe la noche y abre el día; / bajo su alegre travesía, / vuelve el color a cada cosa.

El hombre estrena claridad / de corazón, cada mañana; / se hace la gracia más cercana / y es más sencilla la verdad.

Estamos rodeados de luz y eso que se ve todo bastante oscuro. Luz de luz, Dios de Dios, Dios verdadero de Dios verdadero. Estamos rodeados de gente de Dios, gente de luz. Que cada cual elija qué circunstancia de su vida va a recordárselo para no desesperar y no ‘egoistizarnos’. No se lo permitamos: ni a la pandemia, ni a los desgobiernos ni a la muerte.