Rosa Ruiz, misionera claretiana
Misionera Claretiana

Juntos andemos, Señor


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Las redes sociales pueden ser una especie de jauría o de circo mediático donde cada cual suelta lo que le parece. Tampoco descubro nada si afirmo que las redes sociales pueden ser también un precioso espacio de encuentro, de intercambio y de crecimiento. Y lo que es más increíble aún: con personas que ni siquiera sabías que existían. Últimamente he tenido varias sorpresas así. La última un diálogo con Javier Prieto (@Javi_PrietoP). Por su perfil, sé que es seminarista en Zamora y escribe de vez en cuando en @ecclesiadigital. Nada más. Y hemos intercambiado impresiones sobre un tema tan poco superficial como es la obediencia, la libertad y la voluntad de Dios. De esto último querría hablar hoy.



¿Qué tenemos en la cabeza cuando decimos “hacer la voluntad de Dios”?, ¿cómo se hace propia o asume la voluntad de otro –aunque sea el mismo Dios– sin dañar un ápice tu propia voluntad y autonomía, don de Dios? A veces, con la mejor intención, hemos hecho de la voluntad divina una especie de cofre cerrado que te espera en esta ‘Gymkana’ de la vida y que si consigues abrir y leer lo que hay dentro, solo te queda “asumirlo, hacerlo tuyo como propio”.

Otras veces me parece que hablamos de la voluntad de Dios como un enigma matemático a descifrar. Pareciera que Dios disfruta escribiendo sudokus o jeroglíficos para cada hijo suyo –todos tan amados– y viendo cómo nos dejamos las fuerzas y las ganas en descifrarlo.

El único problema es que este modo de entender la voluntad de Dios no me cuadra ni con la confianza íntima del Padrenuestro (hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo) ni con un padre/madre que queriendo lo mejor para sus hijos les habla en clave encriptada para probarlos.

Un Dios que se comunica

Algo en el fondo de nosotros querría muchas veces no ser libre y que nos lo dieran todo hecho y cerrado y que no hubiera matices y que todo fuera claro y distinto y que los buenos estuvieran de un lado y los malos de otro. Porque elegir libremente implica poder equivocarte; conlleva una apuesta personal por aquello que eliges y en cada discernimiento (¡cómo estamos desgastando esta palabra últimamente, por Dios!) te dejas algo de ti entregado. Del mismo modo creo que algo dentro de nosotros querría a veces que hacer la voluntad de Dios fuera tan simple como asumirla sin más, independientemente de nosotros mismos y que esto pasara por “hacer lo que me mande la autoridad legítima”.

No en vano, en la historia de la Iglesia hemos hecho un curioso recorrido: en menos de un siglo pasamos de entender al superior como hermano y no representante de Cristo (s. IV, san Pacomio) a afirmar que el abad es cabeza y hace las veces de Cristo (San Benito). Y así, poco a poco, dimos sentido espiritual a obedecer como un cadáver (Francisco de Asís) o a tener una obediencia ciega (San Ignacio).

La voluntad de Dios me sabe más a un Dios que quiere, prefiere, observa, valora, sugiere, pone límites, ofrece posibilidades… y se comunica. Se nos comunica siempre porque siempre se nos está dando. Y ahí entramos nosotros. Cada uno como es, donde está, en el momento que vive. Y si hay relación verdadera, hay diálogo real, hay intercambio de quienes se relacionan. Amar es la mayor de las obediencias y de las libertades. Preguntadlo a quienes lleven más de 40 años casados y sigan siendo autónomos y a la vez no puedan ni quieran dejar de afrontar la vida juntos. Pues así con Dios y su voluntad. Porque la iniciativa es suya, pero sin respuesta nuestra no hay relación. Y quien ama de verdad, huye de quien se limita a ejecutar la voluntad del amado. Una vez escuché que cuando dos personas piensan igual siempre, una de las dos no piensa. Pues así con Dios y su voluntad.

Me siento más cómoda clamando con Teresa de Jesús: “Juntos andemos, Señor; por donde fuereis, tengo que ir; por donde pasareis, tengo que pasar”. E imagino que Dios me dice lo mismo a mí: “Juntos andemos, Rosa; por donde estés, yo estoy; por donde pases, yo paso”. Y entonces, sí: entonces, juntos, intentamos hacer una nuestras voluntades:

Desde que mi voluntad / está a la vuestra rendida, / conozco yo la medida / de la mejor libertad (…) De vuestra mano me fío / y a vuestra mano me entrego, /que es poco lo que me niego / si yo soy vuestro y vos mío (José Luis Blanco Vega, sj)

Y Él conmigo –nunca sin mí– me ayuda a poner nombre y a llevar a la práctica mi propio y personal camino. Que es también el suyo. Porque libremente lo hemos elegido y por amor, quiero hacer mío su querer; aunque para ello, algunas veces, pareciera que desobedezco.