¿Ha vuelto realmente la normalidad a la Semana Santa?


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La rodilla

Más allá de la presencia de mascarillas, la ausencia de restricción de aforos se tradujo en el Vaticano con el diseño de una Semana Santa, podríamos decir, al estilo clásico. El Domingo de Ramos en la Plaza de San Pedro con los cardenales portando grandes ramas de palma, la escapada del papa Francisco a un centro de reclusión para celebrar la misa de la Cena del Señor el Jueves Santo, la vuelta del Vía Crucis al Coliseocon elemento provocativo incluido–, los sacramentos de la iniciación cristiana a la Vigilia, el jardín pascual en el atrio de la Basílica… parecían haber dejado atrás dos años de pandemia, aunque la guerra en Ucrania ha sido un continuo telón de fondo.



La normalidad en el calendario celebrativo del Papa puede contrastar con los aspectos noticiosos que ha dejado esta Semana Santa vaticana. Tras la reducción de aforos, la asistencia de fieles romanos y peregrinos a las celebraciones ha sido formidable. Las 100.000 personas intentando llegar a la Plaza de San Pedro en la mañana de Pascua dan buena cuenta de ello. A pesar de las continuas –y puede que poco eficientes– barreras de seguridad para acceder al interior de la columnata de Bernini, el pueblo estaba presente y mostró una empatía total con Francisco durante su mensaje Urbi et Orbi.

Un Francisco al que habían podido ver más o menos de cerca minutos antes, cuando acabada la misa, se trasladó en el vehículo todoterreno que ha vuelto a sacar del garaje, hasta bien entrada la romana Vía de la Conciliazione. El aforo ha sido espectacular en otros momentos como el Domingo de Ramos, las celebraciones del interior –con las entradas agotadas– o en Vía Crucis en el Coliseo, cuya explanada lateral está fuertemente invadida por las obras del metro romano. El ayuntamiento ha tenido que volver a recatar los planes de antiguo para gestionar estas nuevas manifestaciones de fe.

Otro subrayado de esta semana para la posteridad es todo lo referente a la dolencia que el papa Francisco tiene en la rodilla de derecha. Una enfermedad “caprichosa”, decía a su vuelta de Malta, que en esta Semana Santa se ha traducido en la limitación de las procesiones litúrgicas a lo mínimo, la imposibilidad de obtener la foto del pontífice postrado en tierra el Viernes Santo, la cesión de la presidencia en la Vigilia Pascual o el hecho de que haya tenido que sentarse –aunque no en el trono preparado por Benedicto XVI para la Pascua– durante el discurso previo a la bendición Urbi et Orbi. No ha faltado, eso sí, la imagen del pontífice agachado lavando los pies a 12 encarcelados con diferentes historias…

El Cachorro

Las tradiciones más arraigadas de la Semana Santa española –ya sea en su versión andaluza o castellana– tiene que ver con las procesiones. Actos devocionales que se han recuperado plenamente en estos días. Es verdad que hay muchas otras costumbres curiosas que también han vuelto, como es el caso de la Bajada del Ángel de Tudela; pero nada comparado con los actos de las devociones con más solera.

En Sevilla, por poner solo un ejemplo, es siempre paradójico el caso de la “Pontificia, Real e Ilustre Hermandad y Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Expiración y Nuestra Madre y Señora del Patrocinio en su Dolor y Gloria”. La que todo el mundo conoce, mucho más allá del barrio de Triana, como la del ‘Cachorro’ por imagen de 1682, obra de Francisco Antonio Ruiz Gijón.

Este Cristo del Cachorro representa la muerte de Jesús en la cruz, por eso es una de las hermandades señeras de la tarde-noche del Viernes Santo sevillano. La historia dice que las facciones de sufrimiento de Cristo están tan logradas porque el escultor se inspiró para hacerlo en un gitano de Triana que era conocido como ‘Cachorro’ y que murió apuñalado. Pues bien, este Cristo y la Virgen del Patrocinio no solo han permanecido encerrados los últimos Viernes Santos de la pandemia. Varios años no ha podido completar su recorrido; otros, no ha salido del templo. Hasta este viernes, llevaba sin salir desde 2018 que tuvo que aligerar el paso y acortar el trazado por la lluvia. Dicen los expertos que, calculando los últimos 40 años, en esta cofradía salen una de cada tres veces programadas. Nazarenos –y nazarenas, desde 2005– del ‘Cachorro’, por citar a unos, han podido recuperar la ilusión tras unos años duros en los que la procesión “ha ido por dentro” en las familias y en las hermandades se ha desarrollado una inventiva creativa que ha mostrado la íntima unión entre fe, esperanza y caridad.

La procesión

En el colegio María Auxiliadora de las salesianas de Zaragoza, el paso de normalidad –ya nadie le pone el calificativo “nueva”– de la Semana Santa ha supuesto la satisfacción de las familias. Y es que poco antes de las vacaciones escolares, padres y madres de los más pequeños han podido entrar por primera vez al centro como hacían con relativa frecuencia hasta hace dos años. Y ha sido para una procesión.

“¡Ha sido una tarde muy emotiva con el retumbe de tambores y la salida de nuestros cuatro pasos!”, decían desde el colegio en sus redes sociales. Y es que mientras los colegios esperan la retirada de mascarillas más allá de un rato del recreo, la relación educativa ha sido puesta a prueba en este tiempo y la ausencia de las familias en los centros escolares ha sido imperdonable.

Es curioso que en tiempo de resurrección vuelva la vida, también al interior de colegios como lugar de encuentro. Como decía el Papa en su mensaje de Pascua, “tras una larga cuaresma” de dos años, padres y madres –portadores de vida– pueden volver a estar más presentes donde antes solo había videollamadas perdidas o teléfonos escacharrados. En esta Semana Santa zaragozana, como los apóstoles y las mujeres frente al sepulcro, las familias han entrado de nuevo y donde parecía no haber gran cosa de novedad… simplemente, la Vida lo inunda todo. Pascua cotidiana. La que merece la pena celebrar.