Rosa Ruiz, misionera claretiana
Misionera Claretiana

Es tan valioso que es gratis


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Probablemente, uno de los adjetivos más fuertes y desagradables del castellano es: “mal nacido”. Si lo piensas despacio, es cruel. Implica anular a la persona completa: no tienen ningún sentido que existas, eres un error. ¿Se puede pensar algo peor de alguien?, ¿se puede tener más soberbia para creerte con derecho a decir eso de alguien?



Sin embargo, la cara opuesta puede que no nos impresione tanto: “bien nacido”. Ojalá nos resonara por dentro con la misma fuerza: que suerte que existas, eres una bendición. Y dice el refrán que “bien nacido es el que es agradecido”. Quizá tampoco lo creamos con suficiente fuerza; si así fuera, valoraríamos mucho más dar las gracias, cultivar el agradecimiento.

Con una sencilla búsqueda en internet encontramos múltiples beneficios de la gratitud y pautas y consejos para ser más agradecidos. Por ejemplo, sentir o expresar gratitud estimula el hipotálamo, esa parte de nuestro cerebro que regula el estrés (reduce el cortisol y nos fortalece) y segrega dopamina, sustancia que nos produce sensación de bienestar, placer y felicidad. Y como nos sentimos mejor, tendemos a enfocarnos en lo positivo, a ser más benevolentes con nosotros mismos (mejora nuestra autoestima) y los demás (mejora nuestras relaciones) y nos prepara para afrontar mejor las dificultades de la vida.

Personas agradecidas

Y no, no me refiero a ser ese tipo de personas dulzonas, patrocinadas por Mr. Wonderful, para las que todo está bien, todo el mundo es maravilloso y todos somos capaces de cualquier cosa. Pues no. A veces repetirnos estas frases solo ayudan a aumentar el foso que se abre entre nuestra imagen exterior y nuestros dolores internos. Con lo cual –y esto es lo peor– vamos perdiendo contacto con nosotros mismos, vamos sintiéndonos cada vez más huéspedes de paso en nuestra propia casa. Y así, acabamos perdiendo la capacidad natural de hacer frente a lo que nos amenaza, asusta, hiere… Es decir, vamos debilitando la esperanza como compromiso activo con el cambio que la realidad necesita.

Me refiero a personas agradecidas como punto de partida. Esas que pareciera que han cultivado una especie de filtro vital: nada me es debido, todo me es regalado, ¡gracias! Van por la vida con el rostro distendido, afable. Parecen distraídos o superficiales pero simplemente van ligeros, sin enredarse en el primer inconveniente. Pueden parecer ingenuos o simplones pero más bien tienen tal capacidad interior que sin enfrentarse, toman nota y reconducen su camino: “donde no puedas amar, no te demores”, en palabras de Frida Khalo. Que bien podría ampliarse: donde quieran matar tu gratitud vital, no te demores.

San Francisco, el pobrecillo de Asís es uno de ellos. Su vida y sus escritos rezuman agradecimiento. Quizá por eso era capaz de considerar hermana a la tierra, al agua, a la muerte… y hoy seguramente a la Covid. La gente así me hace bien. Son un regalo. Me conectan con lo mejor de mí y me recuerdan que yo también puedo ser bien nacida.

confinamiento

Por eso me gusta celebrar las Témporas de acción de gracias, que en España son el 5 de octubre “y se extenderán a otros días de la semana, siempre que sea posible”. ¡Aprovechemos estos días! Demos gracias a Dios por las cosechas, por lo recibido, por lo trabajado, por la vida, por los amigos…, y pidamos lo que necesitamos para afrontar lo que está por venir.

El agradecimiento nos ayuda a tomar conciencia de que todo lo bueno que recibimos no es obra nuestra y, sin embargo, hemos sido invitados a gozarlo y a colaborar para que siga creciendo, como un gran regalo. Es más: agradecer nos recuerda que lo mejor de la vida no tiene precio ni se puede pagar. Por eso solo podemos agradecerlo o perdérnoslo. Porque la gratitud, como el amor, pide ser expresada. Si se guarda, se muere. ¡Demos gracias!