Últimamente he escuchado varias veces comentar que las personas guapas envejecen peor que aquellas menos agraciadas. No sé cuánto de demostrable es esta hipótesis, porque se basa solo en la consideración de que, quienes han llamado la atención por su aspecto físico sufren más el contraste cuando este empieza a degenerar.
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Quizá esto explica esa frase que le dijeron a un compañero mío y que se ha convertido en célebre: “tienes un feo que no pierde”. El caso es que no son solo las personas las que, con el tiempo, vamos perdiendo lustro. En la última temporada he experimentado esta misma sensación con entretenimientos que recordaba de mi infancia y que, en la actualidad, me chirría algo de ellos.
Me ha sucedido con películas que rozan la categoría de “clásicas”, como ‘Grease’ o ‘Al este del Edén’, que se hacen difíciles de ver desde la mentalidad y la visión actual que tenemos de la realidad. La descripción de los “niños malos” de esas películas, sus comportamientos y el conjunto de la trama me hicieron caer en la cuenta de que estábamos en otro momento social y que, por más que yo fuera la misma persona, no estaba viendo esos filmes desde el mismo marco de interpretación.
Lo mismo me ha pasado cuando, en un ataque de nostalgia y recuerdos de la infancia, retomé los grandes éxitos de Mocedades y escuché la letra de ‘Secretaria’. Por más que haya cantado esa canción mil veces en mi adolescencia, desde quien soy ahora me hace mucho ruido el modo en que se describen los roles de género, la relación con la autoridad en el trabajo o las relaciones de pareja.
Supongo que se pueden poner muchos ejemplos de todo aquello que “envejece mal”, pues eran admisibles en una época, pero en la actualidad les pondríamos muchas pegas. Este dato de la experiencia, que contradice el estribillo de Eclesiastés cuando insiste en que “no hay nada nuevo bajo el sol” (Ecl 1,9), pone en evidencia que somos gerundio, nunca participio. El ser humano cambia, como lo hace también la sociedad que forma.
Sensibilidad
Se transforma nuestra percepción de la realidad, las expectativas que volcamos en los otros y nuestra conciencia de qué es lo que debería ser y lo que no. Así, quizá el que algunas expresiones artísticas “envejezcan mal” no es sino la evidencia de que la sociedad “envejece bien” en algunos aspectos, porque vamos ganando en sensibilidad hacia ciertas cuestiones.
Ojalá nos mantengamos en ese permanente estado de crecimiento contagioso, capaz de ir despertando a nuestro alrededor una sensibilidad cada vez mayor y que no puedan decir que nuestro mundo tiene “un feo que no pierde”.

