Trinidad Ried
Presidenta de la Fundación Vínculo

El paso y el peso de los años


No sé si a todos les sucederá de la misma forma, pero hay momentos en la vida en que puedes contemplar y percibir, casi a nivel corporal, el transcurrir del tiempo y cómo se ha ido dando tu propia encarnación y tu historia de salvación.



Es como tener la oportunidad de mirar todas las piezas de un puzle y descubrir que no sobró ni faltó ninguna; que de todas Dios fue capaz de sacar algún provecho y que siempre estuvo a nuestro lado. Siguen doliendo aquellas piezas más oscuras que alguna vez creíste que no te pertenecían, pero con los años puedes ver el contraste que produjeron con la pieza aledaña y cómo, incluso sin quererlo, permitieron que se realzara aún más la luz.

Hemos vivido esperando una suerte de paraíso terrenal

El tema es asumir que muchos hemos vivido esperando una suerte de paraíso terrenal donde todas las piezas fueran bonitas, placenteras y fecundas. Y, cuando descubrimos que nuestra “caja” siempre contuvo también piezas complejas, dolorosas y aparentemente feas, hemos debido aprender a comprender una lógica salvífica y evolutiva que no es lineal.

Tuvimos que despertar del engaño de creer que podíamos vivir solo en lo dulce y lo luminoso, y aprender que Dios también puede trabajar con el agraz, con la oscuridad e incluso con aquello que el mal quiso dañar. Nada de eso se vuelve bueno por arte de magia, pero tampoco tiene necesariamente la última palabra. Mirando hacia atrás, descubrimos que mucho de lo vivido pudo ser transformado, integrado e incluso fecundado.

Aceptar eso es un acto de humildad y de gratitud bastante contracultural. También va contra ese ego que tantas veces quiso sentirse especial, tener la razón o creerse mejor que los demás. El paso del tiempo nos ayuda a comprender que somos solo uno más y, a la vez, alguien único y profundamente amado, aunque hayamos dudado millones de veces de nuestro vínculo filial con Dios.

Ese famoso elixir de la sabiduría

Probablemente, lo que trato de describir como momento existencial sea ese famoso elixir de la sabiduría con el que regresa el héroe o la heroína después de su viaje de individuación: vuelve habiendo recuperado algo de su autenticidad y pudiendo ser más fiel al sueño primigenio de Dios Creador.

Sin embargo, yo imaginaba que el néctar que me iba a nutrir sería dulce y energizante. Casi como la pócima que tomaba Astérix para combatir a los romanos. Pensaba que terminar el viaje de la madurescencia para entrar a la envejescencia iba a ser como arribar a una llanura tranquila después de tantas cimas y simas.

Manos Rezar

A ratos es así. Hay profundos momentos de gozo al comprobar cómo has multiplicado el amor recibido; de satisfacción por el camino recorrido y por la valentía y resiliencia desarrolladas; de orgullo por los frutos que comienzas a cosechar; de esperanza por las nuevas siembras que todavía avizoras y de una paz muy honda cuando recibes amor de manera incondicional.

La verdadera encarnación también incluye la amargura

Pero la verdadera encarnación también incluye la amargura de los duelos que hay que atravesar; la soledad de algunas heridas que no terminan de cerrar; las dudas sobre cómo y con quiénes vas a terminar este recorrido terrenal y, en especial, ese miedo tan humano de perder la mano de Dios al final.

El elixir de la sabiduría, entonces, no parece ser un líquido prístino ni una fórmula fácil de replicar. Es más bien una mezcla turbia, misteriosa y cambiante que debemos ir calibrando en cada paso del andar.

Eso ayuda a caminar con mayor cautela, astucia y paciencia, aunque también con más cansancio y con menos ingenuidad. El paso del tiempo es una tremenda bendición porque nos regala ojos nuevos para relacionarnos con nosotros mismos, con los demás y con la realidad. Pero también pesa, porque a estas alturas ya nos engañamos menos y resulta más difícil que nos vendan espejismos.

El claroscuro donde debemos seguir caminando

Hemos visto nuestra propia luz y nuestra propia sombra. También la del mundo. Y es precisamente en ese claroscuro donde debemos seguir caminando.

Así lo hizo el mismo Señor. Se encarnó, entró de lleno en nuestra condición humana y no esquivó ni el dolor, ni la pérdida, ni el miedo, ni la muerte.

Nos mostró que la verdad de lo que somos no necesita ser maquillada para ser amada y que quizá la verdadera sabiduría consista, finalmente, en aprender a caminar con todo lo vivido, cada vez más ligeros de equipaje y más aferrados a su mano.