En defensa propia


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Hace ya muchos años, por el verano, me solía visitar una persona muy mayor que había sido militante de Acción Católica desde niño. Me narraba con pasión cómo en aquellos años jóvenes se organizaban y cómo, con mucho esfuerzo y sacrificios, lograron edificar viviendas para familias que vivían en asentamientos de chabolas.



Me fascinaba escucharle, aunque algunos días repetía las mismas historias sin darse cuenta. Reseteaba sus recuerdos y hablaba con entusiasmo de una Iglesia joven que organizaba reuniones semanales de oración y celebraciones, programaciones y revisiones, formaciones y entrega a los demás, con una mirada especial a todos los que que vivían en la pobreza y la dificultad máxima. Les teníamos al lado, en nuestro pueblo, pegados a nuestro barrio, me decía. Éramos militantes y nos ardía la sangre.

Creo que entonces ya rondaba los 80, pero mantenía la viveza en la mirada, un discurso ordenado y, sobre todo, una fe a prueba de bombas. Yo era un cura joven y le envidiaba. Un día me dijo entristecido que, cuando hablaba a sus nietos, intentándoles trasmitir retazos de su vida, le cortaban: ¡va!, abuelo, otra vez con tus historietas. Te repites siempre. Él callaba y se ahogaba en una pequeña melancolía. Se quedaba solo con sus recuerdos.

Un anciano camina a la sombra en el parque del templo de Debod, Madrid. Foto: EFE/Emilio Naranjo

Me producía tristeza cuando, día tras día, me decía: perdona si me repito. Y callaba unos segundos, como ensimismado, mirando al suelo. A veces, me contaba lo mismo, pero con idéntica precisión que días antes; yo dejaba que hablara. No por compasión, sino porque sus relatos me edificaban, en un tiempo que comenzaba a descubrirse muy diferente.

Ayudar a los que más lo necesitaban

Me fascinaba aquella Acción Católica que él ponía con pasión en sus labios, con jóvenes luchadores capaces de hacer una barriada de casas para obreros pobres sacando dinero de todos los rincones, pidiendo a los ricos, poniendo parte de lo que ellos ganaban, haciendo horas extras para los demás. Sus discusiones se centraban en cómo ayudar a los que más lo necesitaban, hablaban con los jefes, arrastraban a los curas para que en las homilías hicieran partícipes a la comunidad de los proyectos. Amaban a la Iglesia, porque se sabían parte importante de ella.

Ahora, a los ancianos les escuchamos poco, todo ha de ser nuevo, lo nuestro ya son historias  y luchas pasadas, que en lugar de ser cimientos para un tiempo nuevo son ruinas de la historia. Quizás como nuestros ancianos nos repetimos, lo digo en defensa propia. Aunque hace más de tres décadas, aún recuerdo a Bartomeu, no solo con mucho cariño, sino con verdadera admiración. ¡Ánimo y adelante!