Como he explicado alguna vez, en tiempos de zozobra, es conveniente “ceñirse al metro y medio”. Intentar hacer el bien y mantener la compostura y la esperanza en ese pequeño espacio en el que vivimos los seres humanos, con independencia de clase social, posición económica, formación académica, puesto de trabajo.
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Saludar a quien me cruzo en un pasillo de hospital, desear los buenos días al familiar de un paciente que está tomando un café tras toda la noche en vela, sonreír a quien se cruza conmigo. No ceder al desánimo que se instaura al escuchar las noticias de la radio por las mañanas, con malas noticias y peores realidades, presentes y quizás venideras.
Estándares éticos personales
El mal generado por otros no debiera disuadirnos de mantener lo más alto posible los estándares éticos personales. Que algunos se corrompan y roben no es motivo para trabajar mal o hacer un mal uso de los recursos que se nos confían a quienes trabajamos, de un modo u otro, en la función pública.
Que sea frecuente pensar –a tenor de lo que se lee o escucha– que la sociedad en la que vivimos ha perdido la cabeza, no debe empujarnos al acantilado de la desesperanza. Las modas, los regímenes políticos, la estulticia, tienen un principio y un final; todos ellos pasan, aunque es cierto que generan grandes catástrofes y sufrimientos.
Pero el compromiso personal, la tarea de mantener la honradez y la cabalidad, permanecen, nunca pasan y siempre merecen la pena, porque no respondemos ante nadie sino ante nosotros mismos, ante nuestra conciencia.
La fe que da sentido a nuestra vida
Además, buscamos mantener la fe que da sentido a nuestra vida. En ella se encuentra la fuente interior a la que debemos acudir en momentos de tristeza y desánimo, para encontrar el estímulo que nos ayude a seguir adelante.
La esperanza y la fuerza vendrán del Espíritu del crucificado-resucitado; también del ejemplo de aquellas personas que decidieron pro-seguirle. Lo hicieron más allá de limitaciones personales, defectos y rasgos caracteriales, caídas, fracasos y vacilaciones; de dificultades y conflictos, incluso de persecución y opresión.
Para ello, pediremos apoyo y amparo al Señor de la historia, al Dios que está en la historia, que camina con la historia.
Recorrieron el camino antes que nosotros
Nos unimos así a todas las personas, en su mayoría anónimas, corrientes, que recorrieron el camino antes que nosotros. También a las extraordinarias, cuyos nombres conocemos y apreciamos. Los santos y los mártires, monseñor Romero, Martin Lüter King, tantos otros cuyo recuerdo nos conforta y enorgullece como seres humanos.
La historia de la humanidad está llena de personas magníficas que caminaron por nuestro mundo “con el llanto y la risa en la mirada, la vida a caballo dada”, como expresó con belleza poética uno de ellos, Pedro Casaldáliga, obispo en el Mato Grosso brasileño.
Su recuerdo nos alivia de la mediocridad y la mentira, la maldad y la corrupción, el sectarismo, la violencia y el crimen, que parecen ser la costumbre y nueva normalidad de nuestros días.
Recen por los enfermos, por quienes les cuidamos, por este país y por este mundo.

