Llegaba hace unas semanas la noticia de la clausura en Madrid de la fase diocesana de la causa de Canonización de Carmen Hernández Barrera, la que muchos en todo el mundo conocen simplemente como Carmen. Este hecho nos da la ocasión para acercarnos a esta figura de la Iglesia contemporánea cuya influencia resulta difícil de medir únicamente por las obras visibles que dejó tras de sí, aunque fueron notables.
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Su nombre está inseparablemente unido al de Kiko Argüello y al del Camino Neocatecumenal. Sin embargo, reducir su figura a la de una organizadora, una teóloga o una evangelizadora sería quedarse muy lejos de la realidad. Quienes la conocieron coinciden en señalar que lo que configuró su existencia fue una experiencia profunda y apasionada de Jesucristo, una búsqueda constante de Dios que dio forma a sus decisiones y que explica la extraordinaria fecundidad misionera de su vida.
Nació el 24 de noviembre de 1930 en Ólvega, un pequeño pueblo de la provincia de Soria, en el seno de una familia profundamente cristiana. Creció en una España marcada por las consecuencias de la Guerra Civil y por una religiosidad intensa que impregnaba la vida cotidiana. Desde niña manifestó una personalidad fuerte, inteligente y apasionada y muy pronto comenzó a sentir una inquietud espiritual que no se conformaba con una práctica religiosa convencional.
Misionera a los 20 años
Se trasladó a Madrid para cursar la licenciatura en Ciencias Químicas y aquellos años universitarios fueron decisivos para la maduración de su vocación. Una vez terminados sus estudios, en 1951, tras trabajar un tiempo en una de las empresas familiares, decidió renunciar a un futuro seguro y dar el paso que llevaba tiempo madurando en su interior: ingresó en el Instituto de Misioneras de Cristo Jesús, en Javier, Navarra. Tenía apenas 20 años y el ideal de convertirse en misionera y anunciar el Evangelio en tierras lejanas.
Durante los años siguientes recibió una intensa formación espiritual y teológica. Su deseo de ser enviada a la misión no hizo más que crecer. En 1957 fue destinada a Valencia, donde las Misioneras de Cristo Jesús contaban con el apoyo del arzobispo Marcelino Olaechea. Allí continuó su formación en el Instituto Sedes Sapientiae, donde obtuvo la licenciatura en Teología en 1960 con una tesina sobre ‘La necesidad de la oración en el pensamiento de Pío XII’.
El arzobispo Olaechea, que llegó a conocerla bien, la describió con una expresión que ha pasado a la historia: era una mujer “salvajemente noble, sincera y franca”. Quienes convivieron con ella durante toda su vida reconocerían siempre esos mismos rasgos: una sinceridad radical, una enorme libertad interior y una incapacidad casi absoluta para la diplomacia cuando estaba en juego aquello que consideraba verdadero.
La fábrica de la vida
En aquellos años fue tomando forma también uno de los aspectos más originales de su pensamiento. Carmen tenía una profunda conciencia de la dignidad y de la misión de la mujer en la Iglesia. Le gustaba hablar de la mujer como “la fábrica de la vida”, subrayando su papel insustituible en la transmisión de la fe y en la construcción de la familia cristiana. Sin adoptar planteamientos ideológicos, defendió siempre una presencia activa y responsable de la mujer dentro de la comunidad eclesial.
Entre 1960 y 1961 viajó a Londres para completar su preparación con vistas a un futuro destino misionero en la India. Todo parecía encaminado hacia la realización de aquel sueño que había alimentado desde la juventud. Pero durante esos años surgieron dificultades y diferencias dentro del Instituto. Las circunstancias desembocaron finalmente en una situación dolorosa: tuvo que regresar a España y fue invitada a abandonar las Misioneras. Para una joven que había dedicado más de una década de su vida a prepararse para la misión, aquello supuso una prueba muy profunda. Sus proyectos parecían derrumbarse precisamente cuando estaban más cerca de hacerse realidad.
Sin embargo, lo que inicialmente pudo parecer un fracaso se convirtió con el tiempo en una de las experiencias más fecundas de su vida espiritual. Carmen nunca perdió la fe ni disminuyó su amor a la Iglesia. Por el contrario, aquella prueba la llevó a buscar con mayor profundidad la voluntad de Dios. Durante un tiempo permaneció en Barcelona estudiando Teología. Allí conoció al joven sacerdote Pedro Farnés, uno de los principales liturgistas españoles de aquel tiempo. Su influencia resultó decisiva, gracias a él descubrió una comprensión renovada de la liturgia, de la Eucaristía y del papel central que la celebración de la Pascua había tenido en las primeras comunidades de la Iglesia.
Poco después, entre 1963 y 1964, pasó once meses en Israel. Aquella estancia constituyó uno de los momentos más importantes de toda su vida, en Tierra Santa profundizó en el conocimiento de la Biblia, en las raíces judías del cristianismo y en la importancia de la catequesis para la transmisión de la fe. El contacto directo con los lugares donde vivió Jesús y con el contexto histórico de la revelación bíblica produjo en ella una auténtica transformación espiritual.
A su regreso a España ocurrió un encuentro que marcaría definitivamente el resto de su vida. En 1964 su hermana Pilar –que en aquel entonces era voluntaria trabajando en la rehabilitación de prostitutas– le habló de un tal Kiko Argüello, un joven que había comenzado una experiencia de vida totalmente particular con los gitanos en las chabolas de Palomeras Altas, uno de los barrios más pobres de Madrid.
Las periferias de Madrid
En los años 50 y 60, las periferias de Madrid –especialmente barrios como Palomeras, Entrevías o el Pozo del Tío Raimundo, entre otros– se convirtieron en el escenario del crecimiento desordenado de Madrid. A este territorio llegaban miles de familias procedentes del campo español, expulsadas por la pobreza y atraídas por la promesa de trabajo en la capital, encontrándose con una realidad de chabolas, falta de servicios básicos y una profunda precariedad social. En medio de este paisaje duro y en rápida transformación, la Iglesia desarrolló una presencia significativa y variada, que combinaba la acción social con la evangelización directa.
Figuras como el jesuita padre José María de Llanos, instalado en el Pozo del Tío Raimundo, encarnaron una forma radical de inserción en el mundo obrero, compartiendo la vida de los más pobres y creando espacios de dignidad humana y cristiana. Muy lejos quedaban los de comienzos de siglo cuando otro jesuita con el mismo nombre, San José María Rubio, recorría incansable las periferias de Madrid, en nada parecidas a las que encontró el padre Llanos en su experiencia de inmersión total entre la gente.
Numerosas congregaciones femeninas dejaron colegios y residencias tradicionales para instalar pequeñas comunidades en los nuevos barrios periféricos; su labor se desarrolló en catequesis, alfabetización, promoción de la mujer, asistencia a familias y acompañamiento de niños y jóvenes. También, surgieron nuevas iniciativas educativas como el colegio Tajamar, promovido por San Josemaría Escrivá en Vallecas a finales de los años 50, con el objetivo de ofrecer formación cristiana y promoción social a las nuevas generaciones de aquel mundo obrero en crecimiento.
Kiko Argüello llegó a Vallecas a comienzos de los años 60, era un joven pintor madrileño formado en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, procedente de una familia de clase media culta, que ya había sido reconocido con el Premio Nacional de Pintura, y que se movía en ambientes artísticos de Madrid. Tras una profunda crisis interior y una experiencia de conversión cristiana en los Cursillos de Cristiandad, dejó su mundo cultural y artístico para ir a vivir entre los pobres de las chabolas de Palomeras, donde comenzó a anunciar el Evangelio de forma sencilla y directa.
Cuando Carmen comenzó a acercarse a la experiencia de Palomeras en 1964, su relación con la vida que allí se desarrollaba no fue inmediata ni plenamente definida, sino fruto de un proceso progresivo de discernimiento. Procedente de una sólida formación teológica, de su estancia en Israel y de su búsqueda misionera, observó con atención la vida de aquellas chabolas en las que Kiko Argüello había comenzado a anunciar el Evangelio en medio de los más pobres, pero no se adhirió de forma automática, sino que permaneció en actitud de escucha y prudencia, tratando de comprender si aquella experiencia respondía verdaderamente a una llamada de Dios.
Una señal
El momento decisivo llegó en 1965, cuando la amenaza de derribo de las chabolas llevó a Kiko a solicitar la intervención del arzobispo de Madrid, monseñor Casimiro Morcillo, quien acudió personalmente a Palomeras, detuvo la demolición y mostró su cercanía a aquella pequeña comunidad reunida en oración. El gesto del obispo, percibido por Carmen como una clara confirmación eclesial, resultó determinante para su discernimiento, llevándola a reconocer en aquella experiencia algo que podía ser asumido y acompañado por la Iglesia, e iniciando así una colaboración estable con Kiko Argüello en el desarrollo de lo que más tarde será llamado el Camino Neocatecumenal.
En 1966, Kiko Argüello y Carmen comenzaron a impartir catequesis en una parroquia de Madrid, continuando esta labor en 1967 en San Frontis (Zamora). Ese mismo año iniciaron nuevas catequesis en Ávila, donde conocieron a don Dino Torreggiani, quien los invitó a trasladarse a Roma. En junio de 1968 viajaron a la capital italiana y, tras un inicio difícil en varias parroquias, entraron en contacto con la parroquia de los Santos Mártires Canadienses. Poco después la experiencia se extendió a Portugal, con las primeras catequesis en Lisboa, mientras el Camino comenzó a consolidarse y expandirse por distintos países de Europa.
Un momento importante en esta historia llegó con el reconocimiento y aliento recibidos de san Pablo VI. Durante la audiencia celebrada el 8 de mayo de 1974, el Pontífice manifestó públicamente su aprecio por esta naciente realidad eclesial, expresando la alegría y la esperanza que le suscitaban su presencia y su labor evangelizadora. Este respaldo se vio reforzado pocos años después, el 12 de enero de 1977, cuando dedicó íntegramente una audiencia al Camino, en un gesto que después repetirán sus sucesores en los diferentes pontificados hasta la actualidad.
A partir de los años 70, el Camino comenzó una expansión internacional extraordinaria que lo llevó en primer lugar a Italia y posteriormente al resto de Europa, extendiéndose más tarde por América, Asia, África y Oceanía, hasta convertirse en una realidad presente en más de 130 países del mundo. Así, lo que comenzó como una experiencia de evangelización entre los pobres de las chabolas madrileñas fue extendiéndose poco a poco por parroquias de España y posteriormente de otros países.
Dimensión universal del Camino
En este crecimiento y consolidación Carmen aportó una sólida formación teológica, una profunda comprensión de la Escritura y de la liturgia y una gran capacidad para discernir los desafíos de la evangelización contemporánea. Durante décadas recorrió incesantemente el mundo anunciando el Evangelio en innumerables viajes misioneros que hicieron de su vida una auténtica peregrinación permanente al servicio de la evangelización. Pasaba buena parte del año visitando comunidades, formando catequistas e impartiendo catequesis, alentando la misión de miles de personas, siempre con un fuerte sentido eclesial y en estrecha colaboración con Kiko Argüello.
A pesar de la amplitud de su labor y del creciente reconocimiento de su influencia en numerosos contextos, Carmen mantuvo una actitud de gran sobriedad ante cualquier forma de protagonismo o distinción personal, rechazando en general títulos honoríficos y premios. Sin embargo, junto con Kiko, aceptó en 2015 el doctorado ‘honoris causa’ otorgado por la Universidad Católica de América en Washington D. C., en reconocimiento a su dedicación a los pobres y a la contribución realizada a la Iglesia. Este gesto reflejaba el reconocimiento creciente hacia una obra que, nacida en la periferia de Madrid, había alcanzado una dimensión verdaderamente universal.
La elección de Karol Wojtyła como Papa en octubre de 1978 supuso un acontecimiento especialmente importante para Carmen y para el Camino. Desde el inicio de su pontificado, san Juan Pablo II mostró un vivo interés por las nuevas realidades evangelizadoras surgidas después del Concilio Vaticano II. A lo largo de más de veinticinco años, Carmen tuvo ocasión de participar en numerosos encuentros con él. El Papa siguió con atención el crecimiento del Camino Neocatecumenal y alentó repetidamente su labor evangelizadora.
Entre Carmen y Juan Pablo II se desarrolló una profunda relación de estima y colaboración eclesial, que llegó a la amistad personal. Ella admiraba enormemente al pontífice polaco por su valentía, su amor apasionado a Cristo y su empeño en la nueva evangelización. Por su parte, el Papa apoyó constantemente las iniciativas misioneras impulsadas por el Camino, desde las familias en misión hasta los seminarios ‘Redemptoris Mater’, pasando por la evangelización en los lugares más secularizados del mundo.
Durante los pontificados de san Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, Carmen continuó desarrollando una intensa actividad misionera. Sin embargo, quienes la conocieron de cerca insisten en que su principal legado no fue organizativo sino espiritual. Era una mujer profundamente enamorada de la Sagrada Escritura. Citaba constantemente la Biblia y contemplaba toda la realidad desde la historia de la salvación. Su amor a la liturgia era igualmente intenso, veía en la Eucaristía la fuente permanente de renovación para la Iglesia y para su propia vida personal.
Uno de los aspectos más destacados de su espiritualidad fue siempre el amor a la Iglesia. A pesar de su carácter fuerte y de su franqueza a veces incómoda, mantuvo una fidelidad absoluta al Papa y a los obispos. Estaba convencida de que cualquier carisma auténtico debía desarrollarse siempre en comunión con la Iglesia.
Su vida espiritual estuvo marcada también por la experiencia de la cruz. A lo largo de los años conoció enfermedades, incomprensiones y numerosos sufrimientos. Kiko Argüello afirmó: “Carmen sufrió todos los días y no dijo nada a nadie. A veces padecía sufrimientos, noches oscuras, y gritaba a Dios. Entraba en profundos sufrimientos, pero nunca dijo nada, ¡nunca!”. Sin embargo, interpretaba todas esas pruebas a la luz del misterio pascual que había descubierto en Tierra Santa.
Quienes convivieron con ella recuerdan también su intensa vida de oración. Detrás de la mujer fuerte, directa y combativa existía una persona profundamente contemplativa. Sus diarios espirituales revelan una relación íntima y constante con Cristo, marcada por la búsqueda sincera de la voluntad de Dios y por un profundo amor a la Iglesia.
Los últimos años de su vida estuvieron acompañados por el progresivo deterioro de la salud, pero nunca abandonó completamente la misión. Continuó participando en encuentros y convivencias mientras sus fuerzas se lo permitieron. Finalmente falleció en Madrid el 19 de julio de 2016, a los ochenta y cinco años de edad.
Tras su muerte comenzó a crecer de manera notable la fama de santidad que ya la acompañaba en vida. Miles de personas acudieron a rezar ante su tumba y empezaron a comunicar gracias espirituales atribuidas a su intercesión. En 2021 se abrió oficialmente en Madrid la fase diocesana de su causa de beatificación, que ahora ha concluido, dando paso a la fase romana en el Dicasterio para las Causas de los Santos.
La Iglesia dirá si además de una gran iniciadora, una teóloga o una organizadora de actividades misioneras, fue una mujer apasionadamente enamorada de Jesucristo y de la Iglesia, eso es lo que se intentará probar en el proceso de beatificación. Lo cierto es que su legado permanece hoy vivo en innumerables personas que encontraron en su testimonio una invitación a redescubrir la belleza de la fe cristiana y a confiar plenamente en la acción de Dios en la historia.
