Tribuna

¡Somos sinodales… somos santos!

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1.     La vida misma: sinodal

Estamos transitando, ya hace varias décadas, un cambio profundo en lo que se refiere a la dimensión laboral. Independientemente de los modelos políticos y económicos, se van configurando nuevas maneras de trabajar y de vincularse en dicho ambiente.



En un modelo anterior la persona considerada el/la mejor trabajador/a era aquella que se lucía individualmente por encima (si se puede decir así), del resto de los colegas. Otro modelo, más vigente, es que se considera con esa valoración a quienes son capaces de generar comunidad o equipo de trabajo de tal manera que lo comunitario prevalece sobre el alzamiento de una persona.

Lo más llamativo, es que todo modelo naturalmente humano, por lo general, se caracteriza por la supervivencia de la “especie”, no de un individuo. Por amor, se busca el bien de la persona amada en todas sus múltiples relaciones… pareciera que, naturalmente hablando, nos humanizamos cuando vivimos la dimensión comunitaria de la existencia.

2.     La Trinidad misma: sinodal

La fe cristiana profesa, celebra y anuncia que creemos en un Dios que es y se revela como sinodal. Desde la experiencia reveladora de la fe, estamos conmovidos en la existencia porque adherimos nuestra vida a una comunidad divina, a una forma de ser de Dios: es Uno y Trino, es Trino y Uno, es unidad y diversidad (CEC, 1997)(#253 – 254).

Por eso, proclamamos que el proyecto de salvación es de las tres personas, porque así como es su modo de ser, también lo es su modo de obrar, porque el obrar sigue al ser (de Aquino, Tomás – STh I, 1998) (q 89 a 1). Recordando lo profesado ya en el siglo VI en el II Concilio de Constantinopla cuando se afirmó “la Trinidad del mismo modo que tiene una sola y misma sustancia, así también tiene una sola y misma operación. Y esta manera de actuar no son “tres principios”, sino uno solo (CEC 258) y cada una de ellas en sus misiones divinas revelan la única voluntad de Dios expresada por el Verbo Encarnado: “Dios ama tanto al mundo… Dios es amor”.

Por esta unidad, la fe cristiana es comunión… y al no serlo, ya no sería cristiana, porque por el mismo principio de Revelación, de Encarnación y Redención, “la vida cristiana es comunión con cada una de las personas divinas, sin separarlas de ningún modo” (CEC 259).

En el Documento Final del Sínodo del año 2024, se hace memoria agradecida de la identidad de la fe cristiana que se hace visible en el sacramento de la Eucaristía. Ella es un testimonio de la acción de la Trinidad y de la vinculación que ella establece con la creación: comunión. Es por ello, que creer en Jesús es vivenciar que el “modus vivendi et operandi” (de ser y actuar), de Dios es la unidad en la diversidad, es la cercanía de un Dios que ama y está enredado en la redención de la humanidad (Durrwell, Xavier François, 1992).

3.     La iglesia misma: sinodal

Cuando se celebraba el Concilio Vaticano II, un cardenal belga, tomando la iniciativa de Juan XXIII, pronunció una pregunta que hasta el día de hoy sigue haciendo eco: ¿Iglesia qué dices de ti misma? (Suenes, León Joseph, 1997). Y así, desde 1962 hasta 1965 la iglesia toda, intentó responder esa inquietud medular. Pero no lo hizo desde el activismo pietista, ni desde la apologética católica estéril, sino desde las fuentes, desde la más rica y sana Tradición. Es por ello, que de este acontecimiento eclesial se reincorporan a la vida interna las siguientes dimensiones:

  • Iglesia es misterio análogo al Verbo encarnado: es decir, camina y se encarna en la historia (LG #8).
  • Iglesia es Sacramento universal de salvación, es decir, un signo en el medio de las gentes (LG #48).
  • Iglesia es Pueblo de Dios, es decir, que camina junto a la humanidad (LG II).
  • Iglesia es Cuerpo de Cristo, es decir, es organismo vivo comunitario (LG III).
  • Iglesia es templo del Espíritu, es decir, que alienta y vive junto a…
  • Iglesia es diálogo con el mundo, es decir, está inmersa en los acontecimientos de la historia, junto a las personas.

Desde esa convicción ya no se habló desde “pre conceptos separatistas”, sino que vivió la encarnación del verbo en ser iglesia que testimonia que “Cristo es luz de las gentes” como introdujo otro belga en el Concilio Vaticano II (Alberigo, Giuseppe, 2005).

Quizás por “este modo de ser”, es que el Sínodo de la Sinodalidad, recopiló esta unidad entre la Trinidad y el ser iglesia, que su “modus vivendis et operandis” es que todos y cada una de las personas que la componemos, somos iglesia en “comunión en el caminar juntos, en el reunirse en asamblea y en el participar activamente de todos sus miembros en su misión evangelizadora” (Francisco – Documento final Sínodo, 2024) (#31).

VN Somos Sinodales

Ser sinodales, es ser cristianos, es profesar que vivimos, creemos y anunciamos a Dios que es sinodal. Es por ello que desde aquí contemplamos tres dimensiones concretas de nuestro modus vivendis:

  • Identidad (Ser): “estilo peculiar que califica la vida y la misión de la Iglesia expresando su naturaleza como el caminar juntos y el reunirse en asamblea del Pueblo de Dios convocado por el Señor Jesús en la fuerza del Espíritu Santo para anunciar el Evangelio” (Francisco – Documento final Sínodo, 2024) (#31).
  • Organización: Toda estructura conlleva en sí misma una fundamentación que la sostiene. Si queremos volver a ser iglesia sinodal, esto requiere dejar caer estructuras caducas y reinventar las que aún pueden ser útiles. ¡Seguir hablando de sinodalidad y sostener modelos monárquicos de gobierno eclesial, es una gran contradicción! ¡Seguir hablando de sinodalidad y tener un Estado donde el líder vive ahí y cada tanto visita a otro pueblo, ya no expresa la identidad universal! Por eso, ya en nuestro primer libro, llamado “En torno a la mesa” proponíamos una sede itinerante del papado o una organización colegiada como lo fue en tiempos pre “imperiales” en la iglesia, donde las “Metropolitanas” tenían una incidencia y protagonismo en la vida eclesial (Curia, Christian, 2006). Y a la vez, ser sinodal, requerirá asumir ese modo de ser y, por lo tanto, las asambleas, los sínodos, colegiabilidad, etc., no serían cuestiones extrañas o extraordinarias, sino que volvería a ser lo habitual en la manera de pensarnos y proponernos al mundo: gente que dialoga. El exclusivismo por evitar es la “faraonización de la fe”. Como ya hemos dicho en otras publicaciones, este desvío fue uno de los motivos que llevó a la Iglesia a considerar a la alegría como un tabú de su mensaje (Curia, Christian, 2008, págs. 10 – 23). La fe cristiana, no fue en sus orígenes, la fe de un gobierno, país o poder temporal. Sin embargo, a partir de los emperadores Constantino y Teodosio las cosas cambiaron y mucho. Todo se hizo tan oficial que la fe dejó de mirar a Jesús:

“La estructura jurídica y administrativa de la Curia romana fundada en el siglo XI, de carácter centralista y absolutista, se ha quedado obsoleta en esta época democrática. Está en clara contradicción con una imagen de Iglesia de orientación bíblica. Perjudica inmensamente a la Iglesia para el cumplimiento de su misión” (Küng, Hans, 2004, pág. 489).

  • Con y para todos: Esta centralidad en Jesús, el Cristo, tiene una dimensión ecuménica. Con esto queremos alentar la mirada eclesial del Pentecostés del siglo XX, al hablar de Pueblo de Dios, que afirma que todos los seres humanos pertenecen a la Iglesia(Concilio Vaticano II – LG, 1965) y que, en todos los pueblos y sus culturas, Dios se revela y se manifiesta (Pedroza, V. Ma – Navarro, Ma. – Lázaro, R., Sastre, J. – T II, 1999, págs. 1947 – 1968). Por eso, la sinodalidad quiere evitar el exclusivismo, porque recomenzar desde Jesús (CELAM – DA, 2007) (#12), nos lleva a estar en diálogo con todos y buscar con ellos los signos de la presencia de Dios entre nosotros.

4.     Acción eclesial es sinodal

La santidad del pueblo de Dios es la que lo lleva a vivir en sinodalidad como otra característica de su propia identidad, que expresaría el caminar, estar, cruzar juntos como afirma Carlos Schickendantz (Azcuy, Virginia & Caamaño, José Carlos & Galli, Carlos María, 2015, págs. 514 – 515), para ello es necesario, en palabras de Yves Congar, superar la jerarcología (Perea , Joaquín & González Faus, José & Torres Queiruga, Andrés & Vitoria, Javier, 2012, pág. 162), centrando la mirada en la acción de Dios en las comunidades y en las personas.

Por esta identidad, se realiza el gesto de amor y de ternura más elocuente de la Trinidad, en el cual, el Verbo, se anonada, es condescendiente y se “baja junto con” (synkatabasis). Continuando con la revelación y creación, se hace patente que está junto a, camina con, permanece al lado de, etc., para que “velando o durmiendo vivamos junto con él” (1ª Tes. 5, 10). Porque para Dios, la vida en su realidad concreta es fundamental e importante, no es un recurso pedagógico.

Desde este Padre esencial, la catequesis es sinodal y presenta los contenidos de fe de manera syn-odos, es decir, junto a y desde la vida de los creyentes (Curia, Christian, 2026).

Intentando responder o para meditar la pregunta del Cardenal Suenens, afirmamos que ¡somos sinodales, somos santos!, si por algún motivo nuestra manera de ser no es sinodal, esa organización, configuración, etc., serían de dudosa inspiración cristiana… porque seguir a Jesús es ser sinodal, conciliar, comunidad, pueblo de Dios peregrino en el mundo y que considera a todas las personas como hermanos de camino.

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Bibliografía

Alberigo, Giuseppe. (2005). Breve historia del Concilio Vaticano II (1959 – 1965), en busca de la renovación del cristianismo. Salamanca: Sígueme.
Azcuy, Virginia & Caamaño, José Carlos & Galli, Carlos María. (2015). La eclesiología del Concilio Vaticano II. Memoria, Reforma y Profecía, Ágape, Bs. As., 2015, pág. 129. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Ágape.
Catequesis de la Iglesia Católica (1997). Obtenido de https://www.vatican.va
CELAM – DA. (2007). Documento de Aparecida. CABA: Oficina del Libro.
Concilio Vaticano II – Lumen Gentium (1965). Obtenido de https://www.vatican.va
Curia, Christian. (2006). En torno a la mesa. CABA: Claretiana.
Curia, Christian. (2008). Un poco de aire fresco. Bases para la espiritualidad del Catequista. CABA: Claretiana.
Curia, Christian. (2026). Algo nuevo llegará. Obtenido de https://www.amazon.com/
de Aquino, Tomás – STh I. (1998). Suma Teológica. CABA: BAC.
Durrwell, Xavier François. (1992). Nuestro Padre. Dios en su misterio. Salamanca: Sígueme.
Francisco – Documento final Sínodo (2024). Obtenido de https://www.vatican.va
Küng, Hans. (2004). Libertad conquistada, Memorias. Madrid: Trotta.
Pedroza, V. Ma – Navarro, Ma. – Lázaro, R., Sastre, J. – T II. (1999). Nuevo Diccionario de Catequética. Madrid: San Pablo.
Perea , Joaquín & González Faus, José & Torres Queiruga, Andrés & Vitoria, Javier. (2012). Clamor contra el gueto. Textos sobre la crisis en la iglesia. Madrid: Trotta.
Suenes, León Joseph. (1997). Souvenirs et esperánces. Madrid: Edicep.