La realidad migratoria que vive Canarias no es nueva para Flor Santos. Venezolana de origen y canaria por raíces familiares, acompaña, a través de la Fundación Canaria Buen Samaritano, a jóvenes migrantes en Tenerife. Algunos de ellos estarán el próximo 12 de junio en la plaza del Cristo de La Laguna para el encuentro con el Papa. Un encuentro que, dice Santos, “es todo un signo de esperanza”.
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Ella les da clases de español. “El aula se convierte en un refugio para ellos”, explica a Vida Nueva, ya que “es un lugar donde se sienten valorados, escuchados y respetados”.
Les enseña español
Su labor consiste, en apariencia, en algo sencillo: enseñar español básico a chicos que acaban de llegar a las islas. Pero hay mucho más. “Les digo que el español es su primera llave para integrarse”, explica. Y, aunque muchos llegan con un conocimiento muy limitado del idioma –o ninguno–, Santos ha descubierto que las sonrisas, la paciencia y la cercanía terminan derribando barreras que la gramática por sí sola no puede superar.
“Intento que las clases no se queden en explicar cuatro palabras o conjugar verbos. Hablamos también de valores, de sus miedos, de cómo afrontar la vida aquí”, señala.
El hecho de que ella misma haya experimentado el desarraigo es, quizá, el motivo por el que entiende tan bien por lo que pasan estos jóvenes. Hace 14 años, llegó a Canarias empujada por la crisis venezolana. “Las cosas a veces son cíclicas. Mi padre era salmantino, emigró a Venezuela, allí formó una familia y, años después, nosotros tuvimos que hacer el camino de vuelta”, dice.
Sin embargo, reconoce que su situación fue muy distinta a la de muchos de los chicos con los que comparte vida hoy. “Llegué a un lugar que me resultaba familiar. Me crié comiendo gofio, tenía el acento de mis padres y entré por el aeropuerto con mis maletas. Ellos llegan de otra manera”, lamenta, ya que la mayoría son chicos que han atravesado el océano en cayuco y que, de repente, se encuentran solos en un entorno completamente desconocido.
Contra las etiquetas
Es precisamente esa fragilidad la que hace que le duela especialmente la palabra “mena” y el discurso que se ha creado a partir de ella: “Parece que utilizamos esa etiqueta y ya hemos explicado toda una realidad. Pero la migración implica resetearse completamente y empezar de cero”. Por eso, pide que, “antes de señalar a un migrante con desprecio, hay que preguntarse cómo se sentiría uno en esas circunstancias”.
La próxima visita de León XIV a Canarias tiene para ella una enorme importancia, ya que, a su juicio, el hecho de que el Papa haya decidido viajar al archipiélago sitúa el fenómeno migratorio en el centro del debate internacional. “Es una realidad a la que hay que prestar atención”, sentencia.
“Es una forma de poner sobre la mesa la importancia que tiene esta situación”, explica, “porque afecta a las sociedades que reciben, pero también interpela a los países y a las instituciones que tienen capacidad para ayudar”.
Y es que, tal como subraya Santos, “nadie que está bien en su país se va. Nadie abandona su hogar por un capricho”. “Si tienes trabajo, tu familia y tu vida, no te marchas. La migración supone un desarraigo muy doloroso”, añade. Y concluye: “Detrás de cada persona que se juega la vida en el mar hay una historia que empieza mucho antes de subirse a un cayuco”.
