No escribo estas líneas contra los profesores de Religión. Al contrario, las escribo desde dentro, con el cansancio honrado de quien ama la fe, conoce la teología, cree en la Iglesia y pisa, todos los días, aulas de Secundaria. Precisamente por eso, quizá ha llegado el momento de reconocer que la asignatura de Religión católica en la escuela pública española se ha convertido, en demasiados contextos, en un sinsentido pedagógico, pastoral y eclesial.
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La cuestión no es si la religión tiene valor educativo, porque lo tiene, y mucho. Un alumno no comprende plenamente la historia de Europa, el arte, la literatura, la filosofía, la política, la arquitectura, la música o incluso muchas de las preguntas morales contemporáneas sin una mínima cultura religiosa. El cristianismo es una de sus matrices simbólicas más profundas de la historia occidental.
El problema no es ese, el problema es que el actual modelo confesional, optativo, dependiente de la elección anual del alumnado y sometido a la fragilidad de los números, está empujando a muchos docentes de Religión a una posición indigna, la de tener que vender su asignatura para conservar alumnos. Y eso, dicho sin maquillaje, es una forma de corrupción pedagógica.
En muchos institutos públicos, el profesor de Religión no compite por enseñar mejor, sino por sobrevivir. Su horario, su continuidad y su lugar en el centro dependen de que haya suficientes estudiantes matriculados. El resultado es una presión tácita, a veces explícita, para que la asignatura resulte “atractiva”, “amable”, “fácil”, “diferente”, “divertida”.
Se ofrecen actividades, acampadas, buen ambiente, mucha flexibilidad evaluativa, un clima de buenrollismo complaciente y una laxitud pedagógica que acaba desplazando el corazón académico de la materia. El docente deja de ser docente y para ser captador, un mercader de matrículas. Y que queda claro que no es culpa individual de quienes enseñan Religión, muchos compañeros trabajan con rigor, dignidad y una vocación admirable.
La culpa es del engranaje que fomenta y permite que una asignatura para abrir un espacio serio de estudio sobre la Biblia, la historia del cristianismo, la antropología, ética, el sentido, la cultura religiosa y el diálogo fe-cultura quede atrapada en una lógica comercial. Cuanto más exigente se vuelve, más riesgo corre de perder alumnado; cuanto más se adapta para sobrevivir, más se deslegitima académicamente.
Población y alumnado
La realidad sociológica tampoco permite seguir hablando como si España fuera todavía una cristiandad escolar con algunas fugas laterales. Según el Barómetro del CIS de diciembre de 2025 el 18% de la población se definía como católica practicante y el 35,9% como católica no practicante; además, entre quienes se declaraban católicos o creyentes de otra religión, el 27,7% decía no asistir nunca a misa u otros oficios religiosos y el 23,9% casi nunca, excluyendo ceremonias sociales, en su mayoría funerales.
También, en la escuela pública la matrícula en Religión católica muestra con claridad el cambio de época. En el curso 2024/25, según los datos de la Conferencia Episcopal Española, en los centros cursaba Religión el 42,85 % del alumnado total. En la ESO pública, el porcentaje bajaba al 39,92 %. En Bachillerato público, al 31,92 %. Es decir, en la escuela pública secundaria, la Religión católica ya no es la opción mayoritaria.
La comparación reciente es igualmente reveladora. En 2020/21, en centros públicos, el porcentaje total de alumnado inscrito en Religión era del 48,84 %, con un 46,88 % en ESO y un 37,39 % en Bachillerato. En 2024/25, esas cifras han pasado al 42,85 %, 39,92 % y 31,92 %, respectivamente. En cuatro cursos, la caída en la pública es de casi seis puntos en el total, casi siete puntos en ESO y más de cinco en Bachillerato.
Y si ampliamos la mirada histórica, con la cautela de que las series antiguas no siempre son comparables, el contraste es todavía más elocuente: en 2006/07, la CEE recogía para centros estatales un 69,6 % total de inscritos, un 50,5 % en ESO y un 38,2 % en Bachillerato. Hoy, en 2024/25, el total público es 42,85 %, ESO 39,92 % y Bachillerato 31,92 %. Definitivamente, la España de Cristiandad sociológica ya no existe. Podemos lamentarlo, celebrarlo o analizarlo, pero no podemos construir Misión sobre un decorado que se ha caído.
El marco legal, además, produce un híbrido difícil de sostener. En la ESO, las enseñanzas de Religión deben incluirse y las familias o los alumnos mayores de edad manifiestan si desean cursarlas. Quienes no optan por Religión reciben atención educativa, pero esas actividades no pueden implicar contenidos curriculares asociados al hecho religioso ni a otra materia. La Religión se evalúa como las demás materias, pero sus calificaciones no computan en procesos de concurrencia competitiva.
Ambigüedad, cansancio y descrédito
Y el currículo de la Religión católica lo determina la jerarquía eclesiástica. El resultado es un ornitorrinco curricular: materia, pero no del todo; evaluable, pero con efectos limitados; escolar, pero confesional; pública, pero determinada por una autoridad religiosa; obligatoria para el centro, pero voluntaria para el alumnado. Un artefacto jurídico que quizá pudo tener sentido en otro contexto, pero que hoy genera ambigüedad, cansancio y descrédito.
La propia Conferencia Episcopal parece percibir la dificultad cuando lanza campañas para animar a matricularse en Religión. En 2025, la campaña “Son tantas las razones… apúntale a Reli” se dirigía a padres que desconocen el valor de la asignatura o dudan sobre matricular a sus hijos, y planteaba incluso la pregunta de si la clase “sirve para algo”. Pero ahí está precisamente el síntoma. Cuando la Iglesia acepta que la cuestión decisiva es si la clase de Religión “sirve”, ya ha entrado en el lenguaje de la utilidad, de la campaña, de la captación, del producto. Y el Evangelio no es un producto escolar, la fe no se transmite porque “sirva”, sino porque revela una verdad, abre una experiencia, configura una existencia y ofrece una forma nueva de habitar el mundo.
La pregunta incómoda es si ¿estamos usando la escuela pública como muleta de una evangelización debilitada? Pablo VI recordó en Evangelii nuntiandi que evangelizar pertenece a la identidad más profunda de la Iglesia. Pero evangelizar no consiste en conservar casillas horarias ni en proteger posiciones heredadas. Evangelizar no es mantener una presencia institucional, aunque esa presencia genere cinismo, banalización o dependencia. El mismo Concilio Vaticano II fue más lúcido que muchas defensas actuales de la asignatura.
Gaudium et spes enseña que la Iglesia no debe poner su esperanza en privilegios ofrecidos por el poder civil y que puede renunciar a derechos legítimamente adquiridos cuando su uso empañe la pureza del testimonio o las nuevas condiciones históricas pidan otra disposición. Esa afirmación debería estar en la puerta de toda delegación diocesana de enseñanza. Porque puede haber derechos jurídicamente legítimos que se vuelvan pastoralmente tóxicos. Puede haber presencias institucionales que ya no evangelizan, sino que administran restos. Puede haber privilegios que no protegen la fe, sino que la vuelven perezosa. Puede haber una defensa de “la Religión” que, en realidad, no defiende el Evangelio, sino una posición adquirida.
No propongo expulsar el hecho religioso de la escuela. Sería un empobrecimiento cultural enorme. Propongo justo lo contrario, estudiarlo mejor. La escuela pública necesita una verdadera cultura religiosa común, aunque no difusa ni sincrética; sí, seria, académica, no catequética, no proselitista, no reducida a quienes se apuntan. Todo alumno debería conocer qué es la Biblia, qué ha significado el cristianismo en Europa, qué son el judaísmo y el islam, cómo nacen la secularización, la Reforma, la crítica ilustrada, la mística, el ateísmo moderno, el diálogo interreligioso y la dimensión simbólica de la experiencia humana.
Más confianza en el Evangelio
Eso sí sería escuela y aprendizaje con dignidad pública. La evangelización, por su parte, debe recuperar su razón de ser, la comunidad cristiana; es decir, las parroquias, las familias, los movimientos, las comunidades, el acompañamiento juvenil, la liturgia cuidada, el pensamiento cristiano maduro, la caridad organizada, los espacios de iniciación real. La Iglesia necesita menos nostalgia de influencia y más confianza en la fuerza del Evangelio. Menos campañas de matrícula y más conversión pastoral para una evangelización fiel a la misión que se nos encargó.
La libertad religiosa no necesita maquillaje escolar. Dignitatis humanae recuerda que nadie debe ser forzado a actuar contra su conciencia ni impedido de actuar conforme a ella en materia religiosa. La fe, si es fe, solo puede nacer en libertad, y esa libertad queda herida cuando la transmisión cristiana se mezcla con estrategias de supervivencia administrativo-laborales. Por eso, quizá la verdadera pregunta no sea cómo salvar la asignatura de Religión tal como está, sino si merece ser salvada así. Tal vez la jerarquía debería tener el coraje evangélico de revisar a fondo este modelo. No desde el complejo ante el laicismo, sino desde la fidelidad al Evangelio. No para desaparecer del espacio público, sino para aparecer de otra manera, más libre, más humilde, más verdadera.
Los profesores de Religión no deberían ser mercaderes de alumnos. La Iglesia no debería confundir matrícula con misión. Y la escuela pública no debería sostener un dispositivo que, en nombre de la libertad religiosa, termina produciendo una mezcla de privilegio, precariedad y ficción pedagógica. Quizá estemos llegando al momento de soltar lo que ya no anuncia. Porqué según el Evangelio, perder privilegios es ganar Verdad.
