Raúl Molina
Profesor, padre de familia y miembro de CEMI

Cuidar a nuestros padres


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El pasado domingo 5 de abril, ‘El País’, en su sección ‘IDEAS’, publicó un artículo de Ana M. Longo titulado ‘¿Cuidar de nuestros padres es una obligación moral más allá del afecto?’.



El titular llamó mi atención, quizá por encontrarme en esa etapa de la vida en la que toca cuidar a los mayores, o quizá porque aparecía entre interrogantes.

Cerré el periódico con un puntito de indignación, pensando en esos signos de interrogación que encerraban una afirmación, para mí, indiscutible. Unas horas más tarde, antes de ponerme delante del ordenador, dediqué un respetuoso tiempo a las reflexiones de Longo. El artículo es interesante, no descubre grandes cosas, pero afronta la cuestión desde la mirada de la antropología y la filosofía, lo que, para un asunto como el del cuidado a los mayores en sociedades envejecidas como la nuestra, tiene bastante interés.

Pero algo me hace pensar que detrás de este cuestionamiento subyace cierta necesidad de justificar una herida evidente: nuestra sociedad, además de envejecida, no está articulada para hacerse cargo de los más débiles. Los ritmos laborales, las expectativas de éxito, la cultura del ocio o la dispersión geográfica, dificultan la integración de los mayores en nuestra vida cotidiana. Lejos queda la visión del abuelo, al calor de la chimenea, rescatando el acervo centenario para trasmitírselo a los pequeños de la casa.

Dar respuesta a los demás

Nos cuesta hacernos cargo de personas que necesitan de nuestro esfuerzo para salir adelante. Tener hijos se han convertido en una elección poco atractiva, y los ancianos son una responsabilidad que solo parece encontrar sentido en el mercado de las agencias de “cuidado” y las residencias. También nos cuesta dar respuesta a los adolescentes, que encerrados en escuelas no gozan de muy buena prensa. Y podemos seguir con la lista de enfermos, inmigrantes desprotegidos, presos, personas sin hogar, discapacitados…

A la vez, hemos respondido con un claro y rotundo “sí” a la obligación de cuidar de los animales. Gatos, perros y otras especies, tienen el derecho legal de ser tratados con la máxima dignidad. Hay multas por no tratar bien a los animales, pero no por descuidar a un hijo o un padre. Como no puede ser de otra manera, cuando convivimos con una mascota la alimentamos, le buscamos lugares cómodos en casa, la sacamos a pasear lo que sea preciso y, si podemos, la rescatamos de refugios en los que han llegado tras su abandono. Sin embargo, llenamos de matices nuestros discursos cuando se trata de cuidar a seres humanos que necesitan de nuestro apoyo.

Manos Anciana

En su total empatía, Jesús dejó claro que “lo que no hicisteis con uno de estos, los más pequeños, tampoco lo hicisteis conmigo”.

Nos pesan los hermanos. Son menos agradecidos que los gatos y nos obligan a reconsiderar nuestras vidas, a resituar nuestras opciones, a reconfigurar nuestros tiempos.

Al menos, como apunta Ana M. Longo, nos queda el imperativo moral, aunque hayamos perdido el afecto.

Conviene sacudirse el polvo.