Ianire Angulo Ordorika
Profesora de la Facultad de Teología de la Universidad Loyola

Carroll, el cráter lunar del amor


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En los últimos días pareciera que media humanidad ha estado muy atenta a lo que sucedía en la luna. Tengo que confesar que yo pertenezco a esa otra mitad que, entre unas cosas y otras, no he seguido demasiado de cerca las noticias sobre la misión . Los avances de la ciencia y de la tecnología o la capacidad humana de atravesar fronteras no han conseguido ni frenar la velocidad de la vida cotidiana ni acallar la preocupación por esa amenaza de hacer desaparecer toda una civilización que resonaba casi simultáneamente a este acontecimiento. De hecho, una se pregunta si algunos no estarán buscando una salida de emergencia fuera del planeta, en vez de propiciar el cuidado y el desarrollo de la humanidad en este. El caso es que, a pesar de no estar muy informada de los detalles más importantes de la misión lunar, sí he conocido algunas anécdotas que, aunque menos relevantes, me han hecho pensar.

Fallo en el inodoro

Una de las primeras noticias que trascendió es cómo la misión ‘Artemis II’ corría peligro por un fallo en el inodoro. Cuando una piensa en los problemas técnicos que pueden hacer fracasar una misión en el espacio, se imagina que deben afectar a los reactores, los puntos de acoplamiento o al modo de mantener la comunicación con Houston. En cambio, no solemos pensar que algo tan aparentemente trivial como un atasco en el baño puede ser lo que eche por tierra un proyecto de este tipo. Salvando las distancias, a nosotros también nos puede suceder que nos centremos en los momentos extraordinarios de nuestra existencia, pensando que es ahí donde está lo importante o que es ahí donde descubriremos la presencia del Señor, y que se nos olvide que es en la Galilea de nuestro día a día cotidiano donde nos jugamos lo importante y donde habita el Resucitado deseando salirnos al encuentro (Mc 16,7).

Los astronautas de la NASA Reid Wiseman, comandante (izquierda), Christina Koch, especialista de

La segunda anécdota de la que he tenido noticia es mucho más emotiva. Según parece, la mujer de Ride Wiseman, uno de los integrantes de la misión, había fallecido unos años antes de manera prematura a causa del cáncer. Los astronautas de ‘Artemis II’ estuvieron de acuerdo en ponerle su nombre, Carroll, a un cráter que se encuentra entre la cara visible y la oculta de la luna. Cuando me enteré, me acordé del poder que tiene en la mentalidad bíblica el nombre, que remite a toda la persona. Además, coincidía que en la liturgia leíamos esa parte del libro de los Hechos que gira en torno al nombre de Jesús y en el que se repite eso de que no hay otro nombre que pueda salvarnos (Hch 4,12). El nombre de ese cráter lunar habla de amor, que es lo único que nos salva y da sentido a nuestra existencia.

Aunque el ser humano sea capaz de llegar e incluso pensar en habitar la luna, nos jugamos todo en atender a lo pequeño y desapercibido, como el inodoro del ‘Artemis II’, y en conjugar el verbo amar en todos los tiempos, modos y personas.