Alberto Royo Mejía, promotor de la Fe del Dicasterio para las Causas de los Santos
Promotor de la fe en el Dicasterio para las Causas de los Santos

Julius Kambarage Nyerere, de la política a la santidad


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Siempre es una buena noticia leer sobre algún político que ha vivido una vida plenamente entregada al bien de la sociedad, alguien que entendió la política como una forma de servicio –la forma más alta de la caridad, de la que ya habló Pío XI y después sus sucesores– y que desde la fe cristiana asumida de manera personal y exigente ha tratado de dar a su pueblo lo mejor de sí. Es lo que consideramos un político santo y puede ser el caso del protagonista de este artículo, que nos lleva a las lejanas orillas del lago Victoria.



Aunque siempre se puede discutir su visión concreta de cómo organizar la sociedad, la figura de Julius Kambarage Nyerere emerge en el siglo XX africano como una de esas raras síntesis –en nuestra sociedad actual y quizás en todas las épocas– entre política y conciencia moral, entre liderazgo nacional y profundidad espiritual. Su vida, que se extiende desde su nacimiento el 13 de abril de 1922 en Butiama, una pequeña localidad de la entonces colonia británica de Tanganica –hoy perteneciente a Tanzania– hasta su muerte el 14 de octubre de 1999, sería incomprensible si se quiere interpretar únicamente en términos de poder, de economía o de decisiones de gobierno.

Nyerere nació en el seno de una familia numerosa –era uno de los veintiséis hijos de un jefe zanaki– en un contexto donde la estructura tradicional africana convivía con la presencia colonial británica. Aquella doble pertenencia marcaría profundamente su mirada: por un lado, el arraigo en la cultura africana; por otro, la conciencia crítica frente a las estructuras de dominación externas. Su acceso tardío a la escuela –comenzó la primaria a los doce años en Musoma– fue el inicio de un itinerario que lo llevaría a convertirse en uno de los intelectuales más influyentes de su generación.

Su paso por la escuela secundaria de Tabora, que él mismo describiría como lo más parecido al prestigioso Eton College en África, le permitió entrar en contacto con una formación rigurosa dentro del sistema colonial y desarrollar una mirada crítica sobre él. Fue en esos años cuando comenzó a perfilarse su personalidad: disciplinado, reflexivo, con capacidad de liderazgo que no se imponía por la fuerza, sino por la autoridad moral.

Julius Kambarage Nyerere1

En 1943, en un hecho decisivo para el resto de su vida, recibió el bautismo en la Iglesia católica, adoptando el nombre de Julius. Aquella elección se convertiría en una dimensión constitutiva de su pensamiento y de su acción, haciendo de la fe su fundamento último.

Tras sus estudios en el Makerere College de Uganda, uno de los centros más prestigiosos del África oriental, obtuvo una beca que lo llevó a la Universidad de Edimburgo, donde se licenció en economía e historia en 1952. Este periodo europeo fue fundamental, allí entró en contacto con el pensamiento Fabiano, una corriente socialista fundada en Inglaterra en 1884, que buscaba la transformación social a través de reformas graduales y éticas, alejadas de la violencia revolucionaria. Nyerere encontró en este modelo una base que más tarde reinterpretaría desde su propia cultura, dando lugar a una forma de socialismo africano profundamente original.

Maestro

A su regreso a Tanganica, trabajó como profesor, enseñando historia, inglés y kiswahili. No es casual que más tarde fuera conocido como “Mwalimu”, que en suajili significa “maestro”. Ese apelativo, además de su profesión inicial, reflejaba una manera de estar en la vida: la de alguien que educa, que forma, que acompaña. Él mismo diría que era “profesor por elección y político por accidente”, una frase que revela hasta qué punto su vocación original y vivida con pasión era la formación de las personas.

Sin embargo, la situación de su país lo llevó inevitablemente a la política. En 1954 participó en la fundación de la Unión Nacional Africana de Tanganica (TANU), un movimiento cuyo objetivo era lograr la independencia del dominio británico. A diferencia de otros procesos de descolonización marcados por la violencia, Nyerere se inspiró en el ejemplo de Mahatma Gandhi y optó por una estrategia de resistencia no violenta. Recorrió el país, habló con campesinos, con líderes tribales, con ciudadanos comunes, construyendo un consenso que permitió que la independencia se alcanzara sin guerra.

Este logro fue profundamente ético además de político. Para Nyerere, la forma de alcanzar la independencia era tan importante como la independencia misma, más allá de sustituir a una élite extranjera por una local, se trataba de fundar una nación sobre principios de justicia, unidad y dignidad humana. Cuando Tanganica obtuvo su independencia el 9 de diciembre de 1961 y él se convirtió en su primer ministro, ya estaba claro que su liderazgo no sería convencional.

La unidad

Al año siguiente, en 1962, el país se convirtió en república y Nyerere fue elegido presidente con un respaldo abrumador. Desde el inicio, su proyecto político estuvo marcado por una preocupación central: la unidad. En un territorio con múltiples etnias, religiones y herencias culturales, el riesgo de fragmentación era real. Nyerere trabajó activamente para evitarlo, promoviendo una identidad nacional que buscaba integrar las diferencias en un marco común. La adopción del suajili como lengua nacional fue una de las herramientas clave en este proceso.

La unión con Zanzíbar en 1964, que dio lugar a la República Unida de Tanzania, fue otro momento decisivo. En un contexto de tensiones y revoluciones, Nyerere supo conducir el proceso de manera que evitara una desestabilización mayor, consolidando una estructura estatal que, con el tiempo, se revelaría notablemente estable en comparación con otros países de la región.

Pero es en su concepción del desarrollo donde se percibe con mayor claridad la impronta de su pensamiento cristiano. En 1967 proclamó la Declaración de Arusha, en la que expuso su visión del Ujamaa (que en suajili significa “fraternidad” o “familia extendida”), una forma de socialismo basada en la idea de la sociedad como familia. No se trataba de importar modelos europeos o soviéticos, sino de recuperar valores tradicionales africanos –la solidaridad, la vida comunitaria– y articularlos en un proyecto nacional.

Cara y cruz de un proyecto

El Ujamaa implicaba la nacionalización de sectores clave y la creación de aldeas comunitarias. La educación y la sanidad se expandieron de manera significativa, y se lograron avances notables en alfabetización y esperanza de vida. Sin embargo, estas políticas también encontraron dificultades: la colectivización forzada, en algunos casos, generó resistencias y problemas económicos que llevaron a una dependencia de ayuda exterior. La figura de Nyerere, por tanto, no puede ser idealizada sin matices: su proyecto fue audaz, pero no estuvo exento de errores y consecuencias problemáticas.

En el ámbito internacional, su compromiso con la justicia fue igualmente evidente. Apoyó activamente los movimientos de liberación en el sur de África, se implicó en la creación de la Organización para la Unidad Africana y mantuvo una política de no alineación durante la Guerra Fría, tratando de preservar la autonomía de su país.

Su creencia en la dignidad intrínseca de cada ser humano y la búsqueda de una justicia social que trascendiera las razas, lo llevaron a tomar decisiones de una integridad inquebrantable, como la ruptura de relaciones con el Reino Unido en 1965 por su apoyo al régimen segregacionista de Rodesia, o el enfrentamiento con Alemania Occidental al defender la soberanía tanzana frente a las presiones diplomáticas. Para Nyerere, la ayuda económica de las potencias no valía más que la autodeterminación y el respeto a los derechos humanos en el continente.

Africanización

Bajo este prisma ético, Tanzania se convirtió en un faro de estabilidad en una región convulsa. Nyerere hizo del país un santuario, abriendo las puertas no solo a líderes políticos derrocados como el ugandés Milton Obote, sino a miles de refugiados que huían de la brutalidad de Idi Amin o de conflictos vecinos. Su humanismo cristiano se manifestó en una política de integración radical para la época: se negó a que la “africanización” de la administración fuera un proceso excluyente, permitiendo que extranjeros y refugiados blancos obtuvieran la nacionalidad y ocuparan cargos públicos, bajo la premisa de que la competencia y la humanidad estaban por encima del color de la piel.

Esta misma convicción moral lo llevó a tomar medidas impopulares en una sociedad que  poco a poco se iba pareciendo más al resto del mundo. Convencido de que debía proteger la integridad espiritual de su pueblo frente a lo que consideraba la corrupción de los valores tradicionales, penalizó formas de cultura que tildó de “decadentes”. Bajo su mandato, las minifaldas, los pantalones ajustados y la música contestataria fueron perseguidos como símbolos de una influencia occidental nociva.

Mantuvo vínculos estrechos con los misioneros de la Orden de Maryknoll, quienes no solo fueron sus consejeros espirituales, sino también aliados en la implementación de sus proyectos rurales. Su discurso sobre el “pecado estructural” –la noción de que existen sistemas económicos intrínsecamente injustos– lo situó en un diálogo constante con figuras de la Teología de la Liberación, como el obispo brasileño Hélder Câmara. Ambos compartían la urgencia de una Iglesia comprometida con los desposeídos, aunque Nyerere siempre mantuvo una ortodoxia litúrgica y una devoción personal que lo alejaban de las derivas más radicales o marxistas del movimiento.

Julius Kambarage Nyerere2

Dentro de las fronteras de Tanzania, su relación con la jerarquía eclesiástica fue un delicado ejercicio de equilibrio y respeto mutuo. Su alianza con el Cardenal Laurean Rugambwa, el primer cardenal africano de la historia, fue fundamental para garantizar la estabilidad de una nación joven y diversa. Aunque surgieron tensiones naturales –en modo especial cuando Nyerere decidió nacionalizar las escuelas y hospitales católicos para integrarlos en un sistema estatal único–, ambos líderes lograron que la Iglesia y el Estado colaboraran en la construcción nacional. Esta armonía evitó los conflictos sectarios que asolaron a otros países de la región, permitiendo que la fe fuera un aglutinante social en lugar de una fractura.

Guerra contra Uganda

El gran punto de inflexión de su liderazgo fue la guerra contra Uganda. Lo que comenzó como una respuesta necesaria a la agresión de Idi Amin en la región de Kagera, terminó revelando la capacidad de Nyerere para liderar un esfuerzo bélico movido por el imperativo moral de derrocar a un tirano sanguinario. Ni la intervención de los soldados libios de Gadafi pudo frenar un avance que culminó en abril de 1979 con la caída de Amin. Fue una victoria militar, pero para Nyerere, fue ante todo una victoria ética que consolidó su legado como el arquitecto de una Tanzania soberana.

Sin embargo a finales de la década de 1970 el colapso del modelo económico colectivista de Nyerere se hizo dolorosamente manifiesto y alcanzó su punto crítico a principios de los años 80, precipitando un escenario de escasez y estancamiento que obligaría al mandatario a replantearse su permanencia en el cargo.

Esta crisis actuó como el preludio de su salida: a medida que las estanterías de las tiendas se vaciaban y las presiones de los organismos internacionales crecían, Nyerere comprendió que su ciclo político estaba ligado a la viabilidad de su experimento social. Así, el declive económico de los primeros años ochenta se convirtió en el catalizador ético que llevó al “Mwalimu” a tomar una decisión casi inédita en el África de la época: en lugar de aferrarse al poder para camuflar el fracaso de sus políticas, inició una transición ordenada que culminaría en 1985 con su renuncia voluntaria a la presidencia.

Padre de la Nación

En sus últimos años de su vida, ya fuera de la presidencia, Nyerere continuó sirviendo como mediador en conflictos, especialmente en Burundi, mostrando una vez más que su vocación política estaba orientada al bien común más allá de los cargos. Aunque ya había dejado la presidencia, seguía siendo el “Padre de la Nación” y una autoridad moral en África. En septiembre de 1990, Juan Pablo II realizó una visita apostólica a Tanzania y durante el viaje el Papa elogió la estabilidad y la unidad del país, valores que Nyerere había cultivado bajo su filosofía de Ujamaa. Se dice que el Papa veía en Nyerere a un político que, a diferencia de otros líderes de la época, intentaba aplicar sinceramente los principios de la doctrina social de la Iglesia en la gestión pública.

Su muerte en Londres en 1999, a causa de leucemia, cerró una vida larga y compleja, pero no puso fin a su influencia. De hecho, el reconocimiento de su figura ha trascendido el ámbito político. La Iglesia inició en 2005 su causa de beatificación, que hoy sigue adelante en este tiempo donde fe y política suelen percibirse como esferas separadas.

Su capacidad para perdonar a sus adversarios políticos y su rechazo frontal a la corrupción –que consideraba una forma de robo a los pobres– son  presentados por los fieles de Tanzania como indicios de su santidad. E incluso al reconocer el fracaso de su modelo económico, el Ujamaa, lo hizo con una honestidad moral que la Iglesia valora como un signo de profunda rectitud de conciencia: prefirió admitir el error antes que aferrarse al poder mediante la mentira o la fuerza.