Tribuna

La huella del logos

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Durante el reposo navideño, me di la oportunidad de acercarme al mundo de los grandes clásicos de la antigüedad. Hay, en esas páginas, un aire siempre fresco, lejos del relativismo y pragmatismo propios de este tiempo, que representa un ancla firme en la condición humana universal.



Los Padres de la Iglesia, especialmente aquellos de tradición alejandrina y capadocia, comprendiendo claramente esto, no rechazaron la cultura clásica, sino que aplicaron el principio del ‘Logos Spermatikos’, o principios creadores u operativos, que, según san Agustín, al Dios crear el mundo por su palabra, depositó en la materia las rationes seminales de todos los seres futuros. En tal sentido, san Justino postula que la razón humana es una participación del ‘Verbo’ (Logos); por ello, en consecuencia, todo hombre posee una “semilla del Logos”.

A san Justino se une en la apreciación Clemente de Alejandría, quien también sostuvo la idea según la cual fragmentos de la Verdad divina fueron esparcidos entre los gentiles antes de la encarnación de Cristo. Homero, en este sentido, actúa como un pedagogo que allanó el alma humana para la plenitud del Evangelio.

Esto ya lo advirtió Simone Weil al mostrarnos a Homero creador de estos espejos sombríos y hermosos de la condición humana, donde, efectivamente, la violencia domina, pero donde la esencia más pura del ser humano emerge fugazmente en la compasión y el amor frente a la inevitable desdicha.

La verdad como espejo de la realidad humana

En la actualidad, la noción de verdad está herida. Muchas veces desplazada por el relato o, en el mejor de los casos, reducida a dato científico. En los poemas homéricos, entramos en contacto con una verdad antropológica que gira en torno a la fragilidad del hombre y su constante tensión entre la finitud y el deseo de trascendencia.

Homero muestra, a través de la nostalgia de Ulises por Ítaca, una prefiguración del deseo del alma por su patria celestial. San Agustín, duro crítico con las ficciones mitológicas, comprendió que el inquieto corazón humano busca una verdad que no mude. La ‘Odisea’, por ejemplo, canta que la vida es una ‘peregrinatio’, una verdad fundamental: no somos ciudadanos de este mundo, sino peregrinos en busca del rostro del Padre.

San Basilio el Grande, en su famoso discurso ‘A los jóvenes sobre el provecho de la literatura griega’, enseña que, en Homero, la verdad no es solo intelectual, es ética. La valentía de Aquiles o la prudencia de Odiseo, por ejemplo, son vistas como preparaciones para la ascesis cristiana.

Por su parte, y en tal sentido, para Eusebio de Cesarea, Homero teje ideas y conceptos que van a formar la ‘Praeparatio Evangelica’, o Preparación Evangélica, obra que servirá como introducción al cristianismo para los paganos, argumentando la superioridad de la fe cristiana sobre las filosofías y religiones paganas, y demostrando que las verdades filosóficas griegas provenían en realidad de la sabiduría hebrea antigua.

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La belleza como resplandor del bien

Para el pensamiento católico, la belleza es uno de los trascendentales del ser junto a la verdad y la bondad. En este sentido, Homero es comprendido como el poeta de la belleza del mundo, incluso en medio del dolor de la guerra. San Basilio resalta la belleza rítmica de Homero como elemento que endulza el alma, preparándola para las verdades más austeras del Evangelio. San Gregorio Nacianceno contempló la armonía de Homero para cantar a la Trinidad y así despojar espiritualmente a los egipcios de las vanidades del mundo y las idolatrías paganas, abrazando la verdadera fe y sabiduría.

En la armonía que existe en los versos homéricos, muchos Padres de la Iglesia alcanzaron a ver un reflejo de la armonía de la Creación. La belleza en la ‘Ilíada’ no es pura estética superficial; es la belleza del heroísmo y del sacrificio. El respeto que Aquiles muestra a Príamo al final del poema es un destello de belleza moral que anticipa, en cierta forma, el mandato del amor al enemigo. Haber regresado a las páginas de Homero me recordó algunas cosas que la dinámica de la realidad en la que vivo me había hecho olvidar: que la verdad es una búsqueda, que la justicia es un deber sagrado y que la belleza, la verdadera belleza, es un consuelo divino. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.


Por Valmore Muñoz Arteaga. Profesor y escritor del Colegio Mater Salvatoris. Maracaibo – Venezuela