La muerte del filósofo alemán Jürgen Habermas (1929-2026) nos deja un poco más huérfanos. Con él desaparece el último maestro pensador de la década de los años 20 del siglo pasado, una década prodigiosa, cuna de filósofos y teólogos como Alasdair MacIntyre (1929-2025) y Joseph Ratzinger (1927-2022).
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Habermas representa el último filósofo que defendió con ahínco el gran proyecto ilustrado, los ideales de Kant y de Hegel frente a la eclosión del pensamiento postmoderno que certificó el fracaso estrepitoso de los ideales del siglo XVIII.
Frente al ‘pensiero debole’ de Gianni Vattimo, Habermas defiende el poder de la razón no solo para comprender la estructura de la realidad y explicarla a través de leyes matemáticas, sino su poder para emancipar al ser humano de la oscuridad, de la superstición y de la barbarie. Definió al filósofo como el guardián de la razón y se mostró crítico frente al emotivismo y cualquier forma de fanatismo político o de fundamentalismo religioso.
Su defensa de la razón tiene especial interés en nuestro contexto cultural, social y político, donde aflora el irracionalismo con vehemencia. Frente a los apocalípticos, defiende la dignidad del ser humano; y frente a los neopositivistas de última generación, defiende un concepto de razón que trascienda los límites del principio de verificación.
Obra clave
Su obra clave fue ‘Teoría de la acción comunicativa’ (1981), traducida al castellano en 1987 y editada en dos volúmenes. Representa su máxima aportación en el terreno de las ideas. En ella plantea los pilares de una ética del diálogo o también denominada del discurso. Merece la pena releerla y estudiarla, pues, en sus páginas, expone las condiciones de posibilidad del diálogo en el marco de una sociedad plural, secularizada y que se sitúa más allá del pensamiento metafísico y teológico.
A lo largo de su magna obra, explora la capacidad de los seres humanos para llegar a acuerdos y edificar consensos. Miembro de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt, Habermas trasciende el concepto de la razón instrumental (‘instrumentelle Vernunft’) y propone una razón comunicativa, pero sin sucumbir a la ingenuidad. Sabe que es difícil llegar a consensos en sociedades plurales, articular un diálogo sincero y real y alcanzar acuerdos en los temas más difíciles que tiene sobre la mesa la humanidad, pero entiende que es el único camino para poder hallar soluciones civilizadas. Frente a la violencia, propone el diálogo, esa palabra (logos) que fluye entre los interlocutores y es capaz de superar los intereses grupales para orientarse hacia el acuerdo.
Conversación con Ratzinger
Es, probablemente, el último ‘Herr Professor’ de la universidad alemana. Practicó el diálogo con pensadores situados lejos de su galaxia ideológica. Especialmente relevante fue su conversación con Joseph Ratzinger en Múnich en 2004. Reconoció el valor de las tradiciones espirituales y religiosas de la humanidad como depósitos de sentido, como narraciones que impulsan al ser humano a trascender la ética de mínimos y a aportar valores nobles en la construcción de un mundo más justo. También se mostró crítico frente a cualquier tentativa biotecnológica que pusiera en tela de juicio la dignidad inherente de la persona y su superioridad axiológica frente al animal y la máquina.
Sus hondas reflexiones sobre la comunidad ideal de diálogo han sido una fuente de inspiración para todas las cámaras de representación política. En contextos de polarización política y de maniqueísmo ideológico de vuelo gallináceo como el que vivimos, necesitamos, más que nunca, filósofos como él, que nos recuerden que es posible llegar a consensos, que el acto de hablar no solo tiene como fin persuadir estratégicamente al otro, sino que puede orientarse legítimamente a buscar los mejores acuerdos para conseguir el bien común.