José Luis Pinilla
Horizontes abiertos y presidente de CONFER-ALCALA. Grupos Loyola

‘Cor ad cor loquitur’: murmullo de los corazones abiertos


Compartir

Hay un instante en la vida de un joven en que el mundo se abre como un libro antiguo, donde cada página huele a misterio y cada letra parece escrita para él.

Es el momento en que algo invisible entra por la rendija del alma, tocando un corazón sediento de sentido, de belleza, de verdad.

Nadie puede forzar ese instante, nadie puede apresurarlo, nadie puede reemplazarlo con técnicas ni con emociones manufacturadas.
Solo Dios camina allí, y solo Él habla al corazón que escucha.

Como recuerda la nota doctrinal ‘Cor ad cor loquitur ‘ (el corazón habla al corazón), la gracia se acoge en libertad y en silencio, sin atajos emocionales, sin manipulación, en un diálogo íntimo con el propio corazón.



En nuestra tierra, cada vez más secular, ese murmullo se manifiesta en formas diversas.

Existen encuentros, retiros, experiencias de fe intensas, diseñadas para provocar un encuentro con lo divino.

Algunos jóvenes las buscan con ansia, porque sienten un vacío que ni la rutina ni la distracción pueden llenar.

Y allí, entre cantos, testimonios y silencios compartidos, surge algo hermoso: el corazón que se abre, la vida que se transforma.

Pero también hay sombras.

La emoción, cuando se vuelve fin en sí misma, puede ser traicionera.

La intensidad de un retiro, la fuerza de una experiencia emotiva, la sensación de pertenecer a un grupo especial, todo eso puede generar un espejismo espiritual: la ilusión de haber tocado lo divino con las manos, mientras la vida ordinaria –la parroquia, las comunidades, la misa cotidiana, la oración sencilla, la lectura de la Palabra, la caridad silenciosa y el compromiso subsiguiente– queda a un lado.

Algunos movimientos recientes (¿Quizás Effetá, Emaús, Hakuna…?) han mostrado cómo la fuerza emocional puede atraer con rapidez, pero también cómo puede desplazar la vida normal de fe, dejando al joven suspendido entre la intensidad y la realidad.

Se crea un riesgo sutil: creer que la experiencia extraordinaria lo hace de alguna manera superior, exclusivo, “renacido”, mientras los demás avanzan con humildad y constancia.

Esa sensación de élite espiritual no proviene –según creo modestamente– tanto de Dios, sino de la fascinación por el efecto, por la emoción, por lo visible y espectacular.

Hakuna Concierto

Entre los migrantes, este fenómeno aparece de manera diferente.

Las comunidades extranjeras traen consigo religiosidad viva, arraigada en barrios, devociones nacionales, oración comunitaria, rituales familiares que sostienen generaciones enteras. Allí, los nombres de los nuevos movimientos citados apenas resuenan; su presencia es discreta, casi marginal.

La vida de fe se mantiene en redes propias, entre idiomas, recuerdos, celebraciones que llegan de lejos y se arraigan en el corazón de cada hogar.

Y sin embargo, la semilla de la búsqueda no desaparece.

Entre la segunda generación de inmigrantes, la curiosidad se mezcla con el deseo de integrarse, con la fascinación por la espiritualidad intensa que circula en el mundo juvenil urbano.

Allí, un gesto, una canción, una dinámica, pueden tocar la fibra dormida, como la brisa que mueve la hoja y despierta el árbol entero.

El reto pastoral es enorme: acompañar sin manipular, abrir puertas sin empujar, iluminar sin deslumbrar.

El verdadero camino de la fe no se aprende en la intensidad de un solo día, ni en la exaltación de una emoción, ni en la participación compulsiva de un grupo.

La fe madura en la repetición silenciosa, en la fidelidad humilde de lo cotidiano: en la misa sencilla, en la oración cotidiana, en la lectura paciente de la Escritura, en el perdón ofrecido y recibido, en el compromiso con los pobres, con los olvidados, con el mundo que no tiene voz.

Es allí donde el corazón encuentra su libertad.

Porque Dios no se produce; Dios se recibe.

No se captura; se acoge.

No se obliga; se ofrece.

Los movimientos de primer anuncio enseñan algo valioso: la juventud sigue buscando, la sed espiritual es real, y la necesidad de comunidad es profunda.

Pero la intensidad no reemplaza la fidelidad, y la emoción no sustituye el camino paciente que conduce a la verdad.

El desafío de la Iglesia hoy es proteger esa libertad y esa búsqueda.

No se trata de rechazar los encuentros, sino de enseñar que el fuego que enciende el corazón debe trasladarse al cotidiano: la vida parroquial, la de las comunidades o movimientos, la oración en silencio, los actos sencillos de caridad, la constancia humilde.

Allí, en lo pequeño y lo ordinario, el alma se forma y el encuentro con Dios se hace duradero.

Y así seguimos, en medio de luces y sombras, con la juventud que busca, los migrantes que construyen comunidad, (servir, defender, proteger e integrar), la sed que persiste y la gracia que espera paciente.

Entre el riesgo y la esperanza, entre la emoción y la fidelidad, entre la intensidad y la humildad, Dios sigue hablando al corazón de quien escucha.

Y en esa escucha silenciosa, constante y libre, se despliega la verdadera revolución del espíritu: la juventud que se deja transformar sin prisa, con audacia y ternura, siguiendo el camino de la vida ordinaria –donde Dios se hace presente en todas las cosas– hacia la eterna.