Tribuna

Conversión con gracia

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Me gusta pensar en la Cuaresma como  el camino que toma el “hijo pródigo” a la casa de su padre. De hecho, qué es la conversión cristiana sino el hecho de volver a la casa del Padre para dejarnos ser restituidos como hijos suyos, para vivir, entonces,  según la dignidad de sus hijos. No como pordioseros, esclavos ni siervos, sino como ¡hijos!



Especifico conversión cristiana porque hay muchos tipos de conversión y no debemos dar por supuesto que siempre que intentamos convertirnos sea siempre bajo y desde esa perspectiva. La conversión no es una actitud específicamente cristiana. Hoy, por ejemplo, está muy de moda, y tiene muchos adeptos, la conversión estoica,  que tiene una buena dosis de ascetismo, por lo que la moderación, e incluso las “renuncias” y el “sacrificio”, no son específicamente cristianos. Muchas personas quieren cambiar el ritmo y rumbo de sus vidas y se han convertido en seguidores de Marco Aurelio o de Séneca. De un tiempo a esta parte las “Meditaciones” del primero se han convertido en un ‘best seller’. Muchas veces, oímos decir con cierta liviandad, que el hombre de esta época es puramente hedonista, cerrado a las metas de largo alcance, guiado por el inmediatismo… Y si bien, el espíritu de nuestra época tiene bastante de eso, el estoicismo, al menos por moda, plantea actitudes contracorriente que están siendo asumidas abiertamente “incluso” por los más jóvenes.

No está de más decir que son conversiones buenas… Aún cuando siempre se pueda caer en la trampa de una búsqueda egocéntrica más tapada (de esta tentación no escapan incluso cosas tan santas como la oración, la liturgia, el ayuno, la limosna, como lo dejó repetidamente claro Jesús).

Volviendo: en el mundo de hoy, hay corrientes de conversión, y hay más de una propuesta valedera (=humanizante), pero la conversión cristiana tiene algo específico que va mucho más allá de ciertos cambios de actitud. Su meta y su método son inéditos y novedosos, y constituyen una Buena Noticia con un plus de sorpresas. Su meta nace del anuncio de que se nos ha hecho hijos del Padre Celestial. Es como si viviendo en la calle, o como esclavos, y nos hubiéramos acostumbrado toda la vida a andar de “capa caída” y sin horizontes, un buen día, apareciera alguien que nos revelara que nuestro origen, nuestra ascendencia, nuestro verdadero apellido, son los de alguien muy, pero muy importante, que se encuentra muy deseoso de que ocupemos prontamente un lugar en su casa y en sus asuntos. Esto desafiaría a plantearnos no sólo otro horizonte, sino también una nueva actitud, una “dignidad” -en el mejor y en el más bueno de todos los sentidos-. “Conviértanse: el Reino de Dios está cerca” puede ser leído también desde esta perspectiva, y no exclusivamente de otras más embretadas (y embretadoras).

Método propio

Por otra parte, la conversión cristiana también tiene un método propio. Muchas veces (basta escuchar un poco) la conversión cristiana se reduce a un ingente esfuerzo, sacrificio y ascetismo (cosas propias también del estoicismo, del budismo, e incluso de las dietas de las modelos). La conversión cristiana  tiene todo eso pero no se restringe ni basa en el voluntarismo (=apliquemos toda la fuerza que lo lograremos). La conversión cristiana (hay que remarcarlo una y otra vez) nace, en primera instancia, de acoger el don, de abrirse a la nueva identidad que nos ha sido revelada (y regalada) y desde allí, comenzar a vivir desde ese impulso. Lo que marca una notoria diferencia (diferencia no sólo de grado sino también de “esencia”) con cualquier otro tipo de conversión: “Hemos bebido todos de un mismo Espíritu” (1 Co 12,13). Este Espíritu, regalado, es el “combustible” del cambio. Allí, el cristiano tiene la fuerza y el impulso para el cambio, la conversión.

La conversión cristiana es una conversión con gracia. Si no queremos echar en olvido lo específico del cristianismo, es urgente recuperar esta palabra y lo que nos está revelando; porque sí, se trata de toda una revelación: gracia significa don, regalo, gratis. La parábola del “hijo pródigo” nos muestra que el hijo, que se había convertido a sí mismo en un pordiosero es inéditamente transformado (voz pasiva): no tiene que salir a comprarse las sandalias, ni la mejor ropa, ni el anillo, ni pagar un ticket para el (gran) banquete. Sólo debe abrirse al regalo del Padre… A veces no tenemos porque no somos capaces de abrirnos. A veces no logramos la conversión deseada porque confiando más en nuestros intentos, desaprovechamos la fuerza, las oportunidades, los regalos del Padre.

Ciertamente se podrá señalar que es necesaria nuestra determinación, esfuerzo y constancia. No cometer la insensatez y la desvergüenza de convertir “la gracia” en “gracia barata” (al decir de una manera que no ha podido ser mejor ilustrada que por Bonhoeffer). Todo eso es cierto y no puede ser dejado de lado, pero en la conversión cristiana, lo primero a lo que estamos llamados, es a reconocer y a abrirnos al don. A dejarnos primerear. Luego viene todo lo otro. Luego, el hijo que ha vuelto a la casa, deberá aprender (que no es automático) a vivir como tal, a seguir creciendo como hijo y como hermano; pero antes, primero, tiene que abrirse al regalo; a reconocer y a comprender que todo será regalo. Así es Dios, el Dios que nos ha revelado Jesús. ‘Él nos amó primero’ (1 Jn 4,19 ). Podríamos decir: él nos regaló primero. Y por eso, causó -causa- escándalo esta actitud del padre, a la que enseguida se le suelen hacer muchas anotaciones, reparos y relativizaciones a la hora de explicar la parábola.

La conversión de San Pablo, de Luca Giordano

La conversión de San Pablo, de Luca Giordano

La conversión cristiana, entonces, se juega en una cuestión de orden, en poner los dos únicos términos en una cierta sucesión: 1º) lo que Dios ha hecho por mí,  2º) lo que yo hago por Dios. Poner lo que va segundo, en primer lugar, además de mostrar cierta megalomanía, es quitar la más grande novedad que ha traído el cristianismo. Tener el orden de la sucesión claro, no es una cuestión meramente intelectual. Nos invita no sólo a cambiar la perspectiva, sino también a ubicarnos (gozosamente) en el lugar que nos corresponde, y  a hacer todo lo que podemos, pero confiando enteramente en la ayuda de Otro, que ya nos lo ha dado todo por adelantado. Así descubierta, la conversión cristiana tiene una consecuencia inesperada: vivir con menos peso, más soltura, más alegría y más paz. También más compromiso, pero el compromiso del que habiéndose sabido amado ha logrado la increíble alquimia de convertir el compromiso en amor. Una transmutación que debería notarse mucho más en nosotros los cristianos.

Desde esta perspectiva, se podría llegar a afirmar que, incluso la Cuaresma,  puede llegar a ser vivida con cierta alegría.