Tribuna

¿Qué inteligencia? ¿Qué futuro?

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La nota vaticana ‘Antiqua et nova’ supone un pronunciamiento cualificado a nivel eclesial sobre la inteligencia artificial (IA). Una visión realista y correcta frente a tecnófilos y tecnófobos que introducen el factor histérico ante al futuro. Según la teología, la inteligencia hace relación a cuestiones profundas e íntimas de la persona como la abstracción, las emociones, la creatividad, el sentido religioso y moral, es decir, saber entre-leer la realidad de manera integral (‘inter-legere’).



Por otro lado, esta inteligencia humana no se centra solo en el cerebro, al no ser este órgano una mónada aislada en el cuerpo, sino totalmente relacionado con la integridad del soma. La inteligencia humana revela, en parte, el misterio de la persona, que es, ante todo para la teología, imagen del Dios vivo. En este contexto, la IA –como subraya ‘Antiqua et nova’ en su número 35– no es una forma artificial de inteligencia, sino uno de los productos de la misma.

Con estas premisas, la relación de la inteligencia humana y la IA no es neutra, como no es neutra cualquier actividad técnico-científica en general. Se corre el riesgo de enfatizar la operatividad y fascinación de los desarrollos de las diferentes clases de IA en menoscabo de la singularidad de la persona que es vulnerable, finita, inexacta, pero irrepetible en su forma de estar en el mundo. Así, el riesgo de desequilibrio y de reduccionismo es altamente probable. De aquí, la insistente llamada de la bioética en su vocación primigenia a crear puentes que conecten los desarrollos tecnológicos con las ciencias humanas. No todas las éticas y antropologías que reflejan la verdad del hombre y del bien.

Hombre boxeando con cabeza de ordenador

No es atrofiando la acción del hombre, irrelevante frente a máquinas que resuelven ciertos protocolos infinitamente mejor cinéticamente hablando que el ser humano, como podría dibujarse un futuro prometedor y más justo. Ya decía Francisco que el momento crítico del discernimiento frente a la IA es si genera más condiciones de justicia, solidaridad y bienestar entre personas y pueblos.

Sujeto virtuoso

No es marginando a la persona y exaltando la gramática de las diferentes inteligencias artificiales como podemos hacer un mundo más adecuado a la dignidad de todos. Se necesita un componente ético. Por ello, señalo la recuperación del sujeto virtuoso. La virtud es epifanía de la libertad. Puede insertarse en la complejidad de la acción humana y puede integrar los distintos ‘inputs’ que recibe tanto de la experiencia humana como de los algoritmos que le interpelan. Sería plausible generar una teoría ética que considere la responsabilidad no solo como respuesta y reciprocidad ante lo dado, sino una responsabilidad centrada en el cuidado presente y futuro, como señalaría H. Jonas. Se intuye que este binomio responsabilidad-cuidado podría presidir las relaciones del hombre con los diferentes tipos de IA.

El futuro, una vez más, está en manos del hombre. Una IA generativa no puede degenerar. Quien sí puede degenerar es el sujeto libre que puede optar. En cambio, la virtud nos ayudará –quizá pobremente, lentamente, esforzadamente– en perseguir el bien y perseverar en él. El futuro complexivo e integral será lo que el hombre quiera que sea. Como aliado, tendrá todas las versiones presentes y futuras de las diferentes clases de IA o si determina otra opción un competidor que le puede hacer irrelevante en la centralidad del mundo. El ser humano virtuoso, capaz de conocer y hacer la verdad sobre el bien humano presente y futuro, es la cifra para integrar las potencialidades de la IA en un futuro digno de ser vivido.