En los últimos días de febrero, los medios daban cuenta de una nube de langostas africanas que había llegado a las islas de Lanzarote y Tenerife. Aunque, salvo excepción, no se hablaba de plaga, era inevitable pensar en el Éxodo; concretamente, en la octava de las diez plagas ‒no siete, como a veces se oye decir‒ con que Dios fustiga a Egipto, según el relato bíblico:
“El Señor dijo a Moisés: ‘Extiende tu mano sobre la tierra de Egipto y que venga la langosta e invada la tierra de Egipto y devore toda la hierba de la tierra y cuanto quedó del granizo’. Moisés extendió su bastón sobre la tierra de Egipto y el Señor hizo soplar el viento del este sobre la tierra todo el día y toda la noche. Al amanecer, el viento del este había traído la langosta. La langosta invadió toda la tierra de Egipto y se posó en todo el territorio egipcio; fue tal la cantidad de langostas que nunca la había habido ni la habrá. Cubrió toda la superficie de la tierra, ennegreciendo el territorio; devoró toda la hierba de la tierra y todos los frutos de los árboles que habían quedado del granizo” (Ex 10,12-15).
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Al comienzo de la profecía de Joel vuelven a aparecer las langostas. En este caso, el notable despliegue léxico que exhibe el profeta genera un eficaz efecto de destrucción: “Lo que dejó el saltón se lo comió la caballeta, lo que dejó la caballeta se lo comió el saltamontes, lo que dejó el saltamontes se lo comió la langosta” (1,4).
Pero es en el Apocalipsis donde las langostas adquieren un aspecto más terrorífico ‒literalmente‒, saltando del plano natural al metafísico: “Del humo salieron langostas hacia la tierra, y les fue dado poder como el poder que tienen los escorpiones de la tierra […] Y en aquellos días los hombres buscarán la muerte y no la encontrarán; desearán morir, y la muerte huirá de ellos. Y el aspecto de las langostas era como de caballos preparados para la guerra; llevan en la cabeza una especie de coronas que parecen de oro, y sus rostros eran como rostros humanos. Y tenían cabellos como cabellos de mujer, y sus dientes eran como de león. Y tenían corazas como corazas de hierro, y el ruido de sus alas era como el ruido de carros con muchos caballos que corren al combate. Tienen colas como de escorpiones, y aguijones, y en sus colas reside su poder para dañar a los hombres durante cinco meses. Tienen como rey sobre ellos al ángel del abismo; en hebreo su nombre es Abaddón, y en griego, Apolíon” (9,3-11).
Subir o bajar peldaños
Es normal que plagas, guerras, enfermedades o siniestros climáticos sirvan para subir un peldaño ‒o bajarlo‒ en la contemplación de la realidad. Lo que importa, en todo caso, es transformar en lo posible esa realidad cuando no es como nos gustaría que fuera.
