José Luis Pinilla
Horizontes abiertos y presidente de CONFER-ALCALA. Grupos Loyola

La vocación en ‘Los domingos’ (con dos canciones) y la emigración


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Hay películas que no se miran: se atraviesan como quien cruza una frontera invisible. ‘Los domingos’, reciente triunfadora en los Premios Goya, es una de ellas. No se limita a contar la historia de una mujer que entra en clausura; nos conduce, casi sin darnos cuenta, al umbral donde cada uno ha debido decidir quién (o para quien) quiere ser.



Desde esta valla simbólica desde la que escribo, esa frontera donde la fe dialoga con la intemperie del mundo, la película se vuelve profecía. Nos recuerda que toda vocación es una migración. Que nadie entra en clausura –ni en un país nuevo, ni en una orden religiosa, ni en otro compromiso radical– sin dejar atrás parte de su piel.

La escena final permanece latiendo mucho después de apagarse la pantalla. La protagonista camina hacia la reja del convento. El hierro se abre con una lentitud solemne. No es el chirrido de una cárcel, sino el susurro de un consentimiento. En ese instante, el coro entona la versión de “Aitormena”, del grupo vasco Hertzainak. Es una confesión. Una entrega. Verdad pronunciada sin testigos y, sin embargo, ante el mundo entero.

“Aitormena” acompaña la entrada en clausura como una ola grave que arrastra el pasado hacia una orilla nueva. La joven deja atrás su vida conocida –sus afectos, sus calles, su nombre repetido en otras bocas– y atraviesa las rejas y la puerta que se cierran tras ella no como un final, sino como un comienzo sellado por dentro. La música no dramatiza; consagra.

Mi propia historia

Y, al verla, yo mismo –más de una vez, solo y/o acompañado– reviví mi propia historia. Aquella tarde en que crucé otras puertas, menos cinematográficas, pero igual de decisivas. Cuando entré en la Compañía de Jesús atraído por el firme convencimiento de que Dios me llamaba. No fue un impulso romántico, ni una huida del mundo. Fue la certeza humilde y ardiente de que daría mi asentimiento en plenitud si respondía afirmativamente.

También yo atravesé una reja invisible. También – lo digo con humildad y un cierto sonrojo- yo dejé atrás una vida posible para abrazar otra que apenas intuía. Y aunque solo vislumbraba a contraluz una plenitud de vida y de sentido en la entrega, sabía que esa plenitud se desplegaría sobre todo en el servicio a los más empobrecidos, allí donde el dolor tiene nombre y la esperanza se pronuncia en voz baja.

Por eso la película me alcanzó como una memoria encarnada. Porque la vocación hacia la vida contemplativa de la protagonista no es aislamiento. No es fuga, sino forma radical de permanecer. Como tantos emigrantes que cruzan fronteras dejando atrás su patria, su lengua, la mesa familiar de los domingos. Ellos también se internan en una tierra desconocida movidos por una promesa. También ellos intuyen que, al otro lado, la vida puede ensancharse si el sí es fiel.

Fotograma de la película 'Los Domingos'

Fotograma de la película ‘Los Domingos’

Mientras el coro canta “Aitormena”, la escena adquiere resonancias de éxodo. No es difícil establecer el paralelismo: la joven que entra en el convento y el migrante que atraviesa una aduana comparten la misma desnudez. Ambos confiesan, con su paso, que creen en algo mayor que el miedo.

Aquella decisión de la Joven protagonista de la película estuvo acompañada de otra música. “Into My Arms”, de Nick Cave & The Bad Seeds, esa balada que es casi una plegaria laica. “And I don’t believe in the existence of angels, but looking at you I wonder if that’s true…”. No creer en ángeles y, sin embargo, sospecharlos cuando el amor nos desarma.

Cuántas veces, al dejar atrás a los suyos, se reza en silencio algo parecido a esa canción al pedir protección para quienes quedan en el país de origen afectivo –familia, amigos, noviazgos–, mientras se inicia un camino que no tiene el mapa detallado de un país nuevo.

Una promesa

El último acorde de “Aitormena” queda suspendido como una promesa. Las rejas se cierran, sí, pero no para encerrar: para custodiar un fuego. Y mientras resuenan los ecos musicales y la escena vuelve a la calle y la cotidianidad de la familia, seguimos con el sabor de que la llamada, en este caso a la vida religiosa, comprende que toda despedida hecha por amor contiene ya el germen de un reencuentro más hondo.

La protagonista de ‘Los domingos’ avanza con una misma mezcla de temblor y certeza. Sabe que algo muere; confía en que algo más grande nace. La cámara se detiene un momento en su rostro y uno adivina la lucha secreta entre el vértigo y la paz. No hay épica ruidosa. Hay un sí pronunciado en voz baja que resuena como trueno en el interior.

Hay domingos que son frontera. Y hay fronteras que, atravesadas con fe, se convierten en patria interior.