Cerradas ya las puertas santas del Jubileo de la Esperanza, un hecho pone de manifiesto que esta virtud teologal ni mucho menos debe quedar encapsulada en un Año Santo. El filósofo y teólogo Francesc Torralba ha ganado el Premio Josep Pla 2026 de ensayo por ‘Anatomía de la esperanza‘, obra en la que reivindica esta actitud vital sin caer en reflexiones ingenuas o teñidas de un optimismo superficial. Su trabajo está abonado por un contexto global de incertidumbre y dolor, empapados de su propia “desesperación en primera persona del singular” y verbalizados tras haber “experimentado con profunda empatía el silencio de Dios”.
- ENTREVISTA: Francesc Torralba: “Sobran cínicos y faltan testigos de esperanza”
- PERFIL: La serenidad del equilibrio, por Josep Otón
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Así lo comparte con ‘Vida Nueva’, el que también es colaborador de referencia de esta revista. A través de sus obras, artículos, conferencias o conversaciones, Torralba se ha erigido, sin buscarlo, en faro de un humanismo cristiano huérfano de intelectuales que sepan promover un diálogo fe-razón que esté conectado en la realidad actual, sin pontificar ni polarizar. Un pensamiento vacunado contra los titulares efectistas y los consejos banales propios de un coach que busca atesorar clientes o de un influencer que acumula seguidores a costa de frases hechas de consumo rápido y nula profundidad.
En medio de algunas voces y plumas mediáticas que presumen de ser baluarte de un pensamiento católico, cuando en realidad el suyo está bañado de un barniz ideológico y dogmático, aflora la rigurosidad, franqueza, sensatez y serenidad de Torralba. Su labor ha sido reconocida y aplaudida en el seno de la Iglesia, no solo por recibir en 2023 el Premio Ratzinger, sino por ser uno de los pocos laicos a los que fichó el papa Francisco para formar parte del Dicasterio para la Cultura y la Educación.
Susurro renovador
Con una incuestionable capacidad divulgadora, fruto de su vocación docente, el director de la Cátedra Ethos-URL de ética aplicada de la Universitat Ramon Llull se desmarca de los gritos con unas palabras que no imponen, sino que proponen el diálogo como constructor de fraternidad, la comunidad como salvavidas frente el individualismo imperante, la dignidad humana como unidad de medida, y la defensa del bien común como semilla de las bienaventuranzas.
Frente a los decibelios dogmáticos, las propuestas que siempre regala el investigador saben al susurro renovador de quien es profeta que denuncia sin vaticinar apocalipsis alguno. Porque, como el propio Torralba comparte en las páginas de esta publicación, “la Palabra de Dios es un modo de sostenerse cuando todo se derrumba”. Es en el Evangelio donde nace y renace la esperanza que comparte y está llamado a anunciar cualquier cristiano de hoy, como Torralba, a una sociedad secularizada.