España

Las Hijas de la Caridad: consagradas a los incontables de Ceuta

| 04/09/2026 - 04:26





Al rescate de los incontables. Porque nadie acaba de dar cifras definitivas de cuántos son. De cuántos permanecen. Si diez mil o cinco mil. Si las mujeres y los niños se quedan en un millar o casi duplican esa cifra. Porque no cuentan. Como en el paraje cerca del mar de Galilea, donde Jesús multiplicó los panes y los peces, ellas hacen lo que pueden en la playa del Trampolín. Enfundadas en un chaleco de Cruz Roja y con la cruz al cuello que las identifica como consagradas, reparten alimentos. Y una sonrisa de consuelo. Por la mañana, echan el resto en el Centro San Antonio de Ceuta.



Son seis Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Lo más parecido a una UME de la Iglesia. Una comunidad interprovincial que tiene su base en Mallorca, pero con una vocación itinerante. Para responder ante cualquier emergencia de misericordia. Con el impulso de las visitadoras de las cuatro provincias de España, se echaron el petate a las espaldas. En tiempo récord, después de que el 30 de julio se produjera la llegada masiva de migrantes, se plantaron en la Ciudad Autónoma: sor Mari Carmen, sor Clara, sor Araceli, sor Julia, sor Cristina y sor Vicenta.

“Fieles a este espíritu y descubriendo en la situación que se está viviendo en Ceuta una llamada de nuestro tiempo, las Hijas de la Caridad de España ‘se lanzan’ rápidamente a responder al ‘grito ensordecedor’ de los pobres en este momento”, relatan estas seis mujeres a ‘Vida Nueva’, en uno de los pocos momentos de respiro que tienen cada día.

Las Hijas de la Caridad y las Misioneras de la Inmaculada Concepción, durante su labor de ayuda a los migrantes en Ceuta. Foto: Hijas de la Caridad

¿Por qué dar este salto? “El servicio a los últimos, acompañarlos e intentar aliviarles, desde la cercanía, la compasión, el respeto y hasta la devoción por lo que hacemos, convencidas como estamos de que ‘cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis’ (Mt 25, 40), es para nosotras, al igual que para la Iglesia, un pilar fundamental”. Estas seis religiosas tienen claro que “la caridad, como nos recuerdan los Hechos de los Apóstoles, junto a la liturgia y la evangelización, constituye la vida de la Iglesia desde sus inicios”.

En una mano, el Evangelio. En la otra, las Constituciones de su familia carismática. Véase su artículo 12: “Desde los orígenes, san Vicente y santa Luisa, respondiendo a las llamadas de su tiempo, enviaron a las Hijas de la Caridad al encuentro de los pobres”. La entrega por los olvidados, en vena.

Colaboración intercongregacional

“Desde que llegamos el 11 de agosto, el cuidado providente de Dios ha sido muy palpable, poniéndose de manifiesto en cuestiones tan prosaicas como el alojamiento, que se resolvió, en principio, por la generosidad de un ceutí y ahora, ya definitivamente, gracias a las Misioneras de la Inmaculada Concepción, en lo que ha sido un hermoso gesto de generosidad y comunión de bienes dentro de la Iglesia”.

De alguna manera, esta apuesta de las Hijas de la Caridad se torna así colaboración intercongregacional. Porque el apoyo de la congregación fundada por Alfonsa Cavin no se ha limitado a una cesión material. Las consejeras generales Lucía Medina y Mercè Montells viajaron a Ceuta el 16 de agosto. Durante más de una semana compartieron fe, vida y misión.

Cruz Roja reparte alimentos a los migrantes en la playa del Trampolín en Ceuta. Foto: EFE

“Han sido unos días para acercarnos y tocar un poco esta dura realidad de la inmigración. Nos llevamos en el corazón esas filas con miles de personas, muchos rostros, unos con caras cansadas y tristes, otros con grandes sonrisas acogiendo lo que se les ofrecía, algunos con heridas en sus pies o brazos, otros haciendo bromas, y todos expresando con palabras sencillas su agradecimiento: gracias, hermana; gracias, amiga; ‘merci’, ‘shukran’, ‘thank you’, perdón por la molestia, buena suerte…”, exponen las dos misioneras de la Inmaculada Concepción.

Respuesta inmediata

El sentir se corresponde con el de sus ‘inquilinas’. Sor Vicenta y sus hermanas plantean que, “en la caridad, la providencia y el cuidado de Dios también han sido muy palpables… Nos ha abierto caminos que nos permiten, con gestos humildes y sencillos, estar con los pobres en este momento y lugar, colaborando con entidades que ya habían empezado a trabajar dando respuesta inmediata a esta crisis humanitaria”.

Esta reflexión brota de ese día a día que arranca “después de encontrarnos con Jesucristo en la Eucaristía”. “Nos dispersamos para encontrarnos con Él en los más pobres… aquí y ahora”, subrayan. Un retén de Hijas de la Caridad camina hasta el Centro San Antonio, del Secretariado Diocesano de Migraciones de la Diócesis de Cádiz-Ceuta. “Realizamos diferentes servicios que nos requieren según las necesidades”, apuntan sobre la acogida a los más vulnerables entre quienes han cruzado la frontera, además de responder a las necesidades básicas de un centenar de personas que malviven en la calle.

Religiosas colaborando con Cruz Roja en Ceuta

“Al entrar, se les acoge ofreciendo desayuno, poder lavar la ropa, duchas y enfermería”, comentan las consagradas, que no dudan en señalar que es “lo más valioso” de lo que contemplan aquí: “La colaboración de los mismos residentes en la manera de acoger y el cuidado de los espacios y del ambiente”. “Nosotras nos insertamos en estos servicios: acoger a la entrada, repartir desayunos, organizar duchas y baño, clases de español y cuidados de enfermería”, explican. Y, de nuevo, en esa entrega vibra lo que dicen sus Constituciones: “El amor es afectivo y efectivo”.

Las Hijas de la Caridad que no acuden al centro se echan directamente a las calles o las playas “donde ‘duermen’ y ‘deambulan’ cientos de personas alojadas en ‘chozas’ que se han ido construyendo para cobijarse con lo que van encontrando (cañas, maderas, cartones, plásticos…)”. “Nos acercamos, saludamos con cariño, los escuchamos y descubrimos ‘la tierra sagrada’ que son ellos…”, cuentan, sabedoras de que, de alguna manera, están cumpliendo en el siglo XXI lo que san Vicente de Paúl soñó en el siglo XVII y que recoge su ‘Carta Magna’: “Tendrán por claustro las calles de la ciudad…”.

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