Los martes son el mejor día de la semana para el jesuita Chema Pérez. No porque coincida con alguna celebración especial. Los martes son el día en que la comunidad de la Casa Mambré Etxea se sienta alrededor de una mesa para compartir la vida. Y es que en este proyecto, nacido de la colaboración entre la Fundación Social Ignacio Ellacuría y la Universidad de Deusto y que abarca iniciativas diversas dirigidas al impulso y fortalecimiento de la convivencia intercultural e interreligiosa, conviven personas migrantes, voluntarios y profesionales.
Hablan de los avances en los procesos de regularización, de las dificultades cotidianas, de las noticias que llegan de sus países de origen, de los miedos y de las alegrías. “Terminamos con una cena y una reunión donde celebramos lo más importante de cada uno. Desde momentos de fracaso hasta momentos de gran alegría”, explica el religioso.
Ese pequeño espacio resume bien lo que ocurre cada día en la Fundación Ellacuría, una obra del sector social de la Compañía de Jesús en Bilbao que lleva más de dos décadas acompañando a personas migrantes y refugiadas para promover la inclusión y el bienestar de las personas migrantes. Una entidad que nació cuando la inmigración apenas representaba el 4% de la población vasca y que hoy atiende una realidad muy distinta, en una Euskadi donde la presencia de personas migradas supera ya el 14%.
La fundación surgió oficialmente en 2006, aunque el trabajo de acompañamiento había comenzado años antes. Según señala su directora, la religiosa Marisabel Albizu, de las Hijas de Santa María de la Providencia, la iniciativa nació tras una reflexión de la entonces Provincia de Loyola de los jesuitas sobre los cambios sociales que estaba experimentando el País Vasco.
La pregunta parecía sencilla: ¿debía la Compañía de Jesús responder a la nueva realidad migratoria que comenzaba a transformar el territorio? Ante la respuesta afirmativa, la Fundación centró, en un primer momento, buena parte de su trabajo en el fortalecimiento asociativo de las comunidades migrantes. Con el paso de los años, las necesidades fueron cambiando y la entidad también. “En 2006 éramos siete personas. Hoy somos 23”, explica Albizu. Hoy, el trabajo se articula en torno a tres grandes áreas: la acogida, la hospitalidad y la participación social.
“La primera es la puerta de entrada para quienes llegan buscando orientación”, cuenta la directora. Allí se escucha, se detectan necesidades y se derivan casos cuando es necesario. Además, se ofrecen clases de castellano, entendidas no solo como una herramienta práctica, sino como “una vía para acceder a derechos y participar plenamente en la sociedad”.
Sin embargo, si hay una expresión que define la identidad actual de la Fundación Ellacuría es la hospitalidad. Y es que desde hace años forma parte del Servicio Jesuita a Migrantes y desarrolla un modelo de acogida comunitaria recogido en el proyecto Vidas acompañando vidas, elaborado junto a investigadores de la Universidad de Deusto. Una de las personas que mejor conoce esta experiencia es Cristina Elcuaz, voluntaria de la Casa Mambré Etxea.
Su primer contacto con Ellacuría llegó en 2019, cuando participó en un proyecto pionero de reasentamiento de una familia siria impulsado junto a ACNUR, el Gobierno Vasco y el Gobierno central. Durante casi tres años acompañó, junto a otras personas voluntarias, el proceso de integración de esa familia en Bilbao. “Fue mi primer acercamiento real a otra cultura, otra religión y otro idioma. También una gran escuela de humanidad”, relata. Aquella experiencia le enseñó que “acompañar no consiste en dirigir la vida de nadie, sino en caminar al lado”. Una convicción que hoy sigue poniendo en práctica en Mambré Etxea, donde “la presencia de la comunidad aporta cercanía, cuidado y una experiencia más familiar que favorece la integración y el enriquecimiento mutuo”.
Hay un aspecto que a Pérez le impresiona especialmente: “La capacidad que tienen las personas migrantes de seguir adelante pese a todo”. De hecho, Pérez subraya que estas personas “aportan mucho más de lo que reciben”. Por ejemplo, al compartir celebraciones, experiencias de fe y tradiciones religiosas, como puede ser la Navidad o el Ramadán, en las que “cada uno desde su experiencia religiosa, es muy enriquecedor”.
Y es que, lejos de generar conflicto, la convivencia cotidiana ayuda a profundizar en la propia identidad creyente. “Ahondas también en lo profundo de tu religiosidad y de tu hospitalidad”, señala. Para el jesuita, trabajar en Ellacuría y participar en Mambré Etxea le ha hecho “más cristiano”, porque le acerca “al Evangelio vivido desde abajo, desde la vulnerabilidad y desde la experiencia concreta de quienes han tenido que abandonar su país para empezar de nuevo”.
La fundación vive actualmente una intensa actividad vinculada a los procesos de regularización de personas migrantes, ya que se ha convertido en un trabajo que moviliza a decenas de voluntarios y a buena parte de la red de entidades vinculadas a la Compañía de Jesús. Pero Albizu insiste en que el gran reto sigue siendo otro: la legislación de extranjería y una visión de la migración que reduce a las personas a cifras o a mera mano de obra.
“Necesitábamos trabajadores y nos llegaron personas”, recuerda, evocando una frase que se hizo popular en Alemania durante la segunda mitad del siglo XX. Para ella, la regularización representa una oportunidad para hacer visibles a quienes durante años han permanecido en una especie de limbo administrativo. Personas que trabajan, construyen comunidad y sostienen sectores enteros de la economía, pero que muchas veces continúan viviendo en condiciones de vulnerabilidad.
Sin embargo, frente a los discursos de miedo o rechazo, tanto ella como el religioso jesuita encuentran motivos para la esperanza: la capacidad de resistencia de quienes llegan, la hospitalidad que muchas personas migrantes ofrecen a otros recién llegados y también los cientos de voluntarios que dedican tiempo y esfuerzo a construir una sociedad más acogedora. “Lo más importante que podemos ofrecer es estar presentes. Mirar a los ojos, escuchar historias, compartir dificultades y celebrar juntos los avances”, subraya Elcuaz.