Desde el 16 de abril y hasta el 30 de junio, se ha puesto en marcha un proceso de regularización extraordinaria de extranjeros. No es la primera vez que un gobierno toma una medida de estas características, ya que Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero llevaron a cabo iniciativas similares, sabedores de que España necesita de los migrantes para salir adelante.
- A FONDO: Regularizarse como Dios manda
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Ahora se calcula que se podrían beneficiar entre 500.000 y 900.000 personas, que hoy por hoy residen y contribuyen al crecimiento y desarrollo de nuestro país desde una economía sumergida. Todos ellos pasarían a tener un permiso legal para vivir y trabajar en España, con sus correspondientes derechos y obligaciones, dejando atrás el riesgo de expulsión, el acceso limitado a servicios públicos y una vulnerabilidad laboral que les arrinconaba en la exclusión y la pobreza.
Frente a los bulos que buscan criminalizar al que viene de fuera y que llevan a asegurar que este proceso abre la puerta a la delincuencia, la propia Ley de Extranjería recoge que no se puede obtener ni renovar el permiso de residencia si se tienen antecedentes penales.
Bienvenida sea, por tanto, esta iniciativa que la Iglesia había abanderado a través de una Iniciativa Legislativa Popular que se registró en el Congreso de los Diputados en septiembre de 2023 después de recabar medio millón de firmas. En abril de 2024, se aprobó su tramitación en la Cámara Baja con la abstención del PP y el voto en contra de Vox. Lamentablemente, los parlamentarios nunca llegaron a debatirla.
Eso ha hecho que la sorpresiva aprobación por parte del Gobierno –vía Real Decreto, debido a la presión de Sumar– se haya llevado adelante sin el deseable consenso y, de nuevo, haya convertido una cuestión de Estado en un asunto de gresca política que agrava aún más la polarización existente. Este clima de enfrentamiento ahonda todavía más en ese empeño injustificado de cosificar al extranjero, como si se tratara de un arma arrojadiza.
Fenómeno global con parches
Más preocupante resulta que se continúe afrontando este fenómeno global con parches, sin que verdaderamente ni el Ejecutivo ni la oposición planteen a corto, medio y largo plazo un plan que lo aborde de manera integral: desde políticas de apoyo a los países de origen, para materializar el derecho a no migrar, hasta elaborar auténticos programas de acogida e integración que disipen cualquier atisbo de marginalidad.
Ojalá se escuchara la voz de una Iglesia que es experta, en sus entrañas de madre, en acompañar a los migrantes, como lo viene haciendo estas semanas, asesorando y evitando estafas, y como lo hace cada día saliendo al rescate del que solo busca “el pan nuestro de cada día”, con la dignidad que se merece.
