El sacerdote Francisco Rivera afronta esta etapa lleno de confianza: “Si el Señor no está en medio de todo, lo más seguro es que la empresa fracase”
Francisco Rivera, nuevo abad de Santa María de Huerta. Foto: Orden del Císter
La comunidad cisterciense del histórico monasterio cisterciense de Santa María de Huerta, en Soria, tiene nuevo abad: el sacerdote Francisco Rivera. Este nombramiento marca el fin de una extensa etapa, sucediendo a Isidoro Anguita –en su momento el abad más joven del mundo–, quien ha presentado su dimisión tras 31 años al frente del gobierno abacial del cenobio.
Rivera era hasta ahora como prior del monasterio. Nacido el 28 de julio de 1979 en Granada, ingresó en en el monasterio en 2007 y realizó la profesión solemne en 2013. Poco después, en 2018, recibió la ordenación sacerdotal: 2018. Y es que el monasterio de Santa María de Huerta no es un espacio conventual más. Es considerado uno de los grandes monasterios de España y una de las casas históricas más importantes de la Orden del Císter.
Según ha informado la comunidad monástica mediante una nota oficial, Mientras se prepara para recibir la Bendición el próximo 11 de julio a las 11:30 h., en la Iglesia Abacial del Monasterio, Rivera comparte con Vida Nueva los retos que le esperan.
PREGUNTA.- ¿Cómo acaba alguien de Granada en un monasterio cisterciense de Soria? ¿Que lo llevó a la vida contemplativa?
RESPUESTA.- El camino desde Granada hasta Santa María de Huerta es bastante sencillo, incluso que diría lógico. Desde mi adolescencia sentía una gran inquietud, una sed, por todo lo relacionado con Dios. Pero no terminaba de poner nombre a lo que me pasaba. Buscando por internet sobre la vida monástica me topé con la página web del Monasterio. Y leyendo descubrí que en verano organizaban (hoy en día lo seguimos haciendo) una serie de cursillos para dar a conocer la vida monástica. De ahí nació, podríamos decir, mi enamoramiento del Monasterio de Santa María de Huerta.
Lo que descubrí en los días del cursillo, daba respuesta a la inquietud que durante tantos años llevaba en mi corazón y que no era otra que la vocación monástica.
P.- Tras su elección como abad, ¿qué sentimientos le pasan a alguien al ser elegido por sus hermanos para guiar el monasterio?
R.- Lo primero fue encontrarme abrumado ante la carga del servicio que se me encomendaba y ser muy consciente de mis fragilidades y debilidades. Después un sentimiento de agradecimiento y profundo respeto ante la decisión de la comunidad. Ser elegido por tus propios hermanos es algo muy especial, pues somos personas que convivimos juntas 24 horas al día los 365 días del año, y terminamos conociéndonos muy bien, tanto en lo bueno como en lo menos bueno.
Por último un sentimiento de absoluta confianza y abandono en Dios, pues cuando uno conoce bastante bien sus pobrezas, sabe que si el Señor no está en medio de todo, sosteniendo, lo más seguro es que la empresa fracase. No en vano mi lema abacial es “Te basta mi gracia” (2 Cor 12, 9).
P.- Su predecesor llegó a los titulares de los periódicos por ser el abad más joven del mundo en su momento. Han pasado 31 años de aquello, ¿qué consejos ha recibido del padre Isidoro?
R.- Del P. Isidoro he recibido tres consejos, que él suele indicar a los superiores que se acercan a él y aunque pueden parecer muy obvios, encierran una profunda sabiduría que ayuda a no cometer demasiados errores.
El primer consejo es que el abad debe ser un hombre oración. Si Dios no está en el centro de todo, sino acudimos a Él para conocer su voluntad, no podemos decir que estamos realizando la misión que Él nos encomendó, sino que se convertirá en nuestra misión personal y subjetiva.
El segundo consejo es que el abad debe ser un hombre que ame a sus hermanos de comunidad. En un momento en que la Iglesia está atravesando dificultades, en algunos ámbitos, en las relaciones de autoridad y gobierno, creo que este consejo es clave para ejercer la autoridad al estilo del Señor Jesús. Solo el amor que nace de buscar el bien del otro, y que en muchas ocasiones supondrá entrega y sacrificio, es el que debe ordenar las relaciones de autoridad y gobierno en la Iglesia. Porque si no corremos el riesgo, los que desempeñamos algún servicio de autoridad, de convertirnos en auténticos dictadores y gobernar con tiranía a los hermanos encomendados a nuestro cuidado.
Por último el tercer consejo es que el abad debe tener sentido común. Es decir, esa capacidad para valorar distintas situaciones de la vida de la comunidad y tomar las decisiones acertadas. Pero además ese conocimiento, también implica mesura, prudencia y habilidad para responder ante cualquier eventualidad pueda suceder.
P.- De toda su trayectoria como monje en el monasterio del que era prior, ¿qué aprendizaje cree que le será más útil en esta nueva etapa?
R.- Creo que lo más importante es saber escuchar a los hermanos. Estar atento a las necesidades que puedan expresar y ayudarles en el desarrollo de su vocación monástica. Junto con esto otro aprendizaje muy importante es acompasar el ritmo a los tiempos que Dios va marcando a la comunidad, e intentar no adelantarse.
P.- La Regla de San Benito describe al abad como un padre para la comunidad. ¿Cómo interpreta y aplica hoy en día esa figura paterna y de autoridad espiritual?
R.- Vivimos en un tiempo, en la sociedad y en la Iglesia, en que la figura de autoridad está bastante desprestigiada, bien sea por exceso o por defecto. Ser padre de una comunidad monástica, conforme a la Regla de san Benito, implica tener un cuidado y atención por cada hermano. Y eso va de la mano del ejercicio de la autoridad. El abad está puesto al frente de los monjes para que con su vida, más que con su palabra, sirva de ejemplo a los hermanos. Junto a esto tiene, asimismo, la misión de extirpar el pecado, pero salvando siempre a la persona, no sea que, como dice san Benito en la Regla, de tanto raer la herrumbre se rompa la vasija
P.- ¿Cuáles son los mayores retos diarios a la hora de mantener la cohesión, la paz y el bienestar espiritual de una comunidad de monjes con distintas edades y personalidades?
R.- Pues precisamente eso, la diferencia de edad y caracteres. Vivimos en comunidad llamados por el Señor Jesús. Y ese es el milagro que sucede cada día: la convivencia serena de personas con ideas, criterios, sensibilidades…, tan distintas. El abad en este caso tiene la misión de ser elemento cohesionador y no dividir a los hermanos, acogiendo y haciendo comprender a los demás las distintas realidades de cada uno. No se trata de uniformar, sino de armonizar. Cada hermano, desde su peculiaridad, puede convertirse en un activo enriquecedor de la comunidad.
P.- En una sociedad marcada por el ruido, la tecnología y la inmediatez, con el Papa publicando una encíclica sobre Inteligencia Artificial. ¿Qué mensaje cree que ofrece el silencio y la pausa de Santa María de Huerta al hombre y a la mujer de hoy?
R.- El silencio es la capacidad de encontrarse con uno mismo. Para hacer silencio o mantenerse en silencio hay que ser muy valientes. Porque cuando todo calla, tanto interior como exteriormente, emergen nuestros ruidos interiores, las cosas que no nos gustan de nosotros y de las que estamos acostumbrados a huir. Cuando hacemos silencio nos obligamos a enfrentarnos a lo que no nos gusta de nosotros mismos, a mantener la calma y a saber esperar, como decía san Rafael Arnaiz. Es un mensaje contracultural para nuestra sociedad, pero creo que muy necesario.
P.- Santa María de Huerta es una joya arquitectónica e histórica. ¿Cómo se compagina la preservación de este patrimonio y la recepción de turistas con la necesidad de clausura y recogimiento de la comunidad?
R.- Bueno son dos aspectos distintos aunque a veces se solapan. La conservación del Monasterio, al ser un Bien de Interés Cultural, depende de las instituciones. Nosotros no podemos hacer nada o muy poco. Pero sí estamos bastante preocupados por el deterioro de algunas partes del conjunto monumental y sería una pena que se perdiese un edificio de esta valía. Solamente le doy un dato. La bóveda del Refectorio gótico es una bóveda sexpartita de la que se conservan muy pocos ejemplos en todo el mundo.
En cuanto a la acogida de los turistas, que recibimos una gran cantidad cada año, no afecta a la comunidad pues esta se encuentra en una zona en la que el turismo no interrumpe el ritmo monástico que tiene que llevar.
P.- La falta de vocaciones es una realidad en muchas órdenes religiosas. ¿Cómo ve el futuro del monacato cisterciense en Santa María de Huerta?
R.- Este es un tema sensible y no nos podemos engañar. La realidad es que a día de hoy la afluencia vocacional ha descendido drásticamente. Podemos culpar a nuestro mundo, sus valores o falta de ellos, a los jóvenes, las redes sociales…; pero creo que la vida consagrada también debe hacerse un riguroso examen interno. Puede que nos hallamos vuelto como una especie de sal sosa. Y ya sabemos lo que dice al respecto el Señor Jesús en el Evangelio.
Bajo mi humilde punto de vista la mejor campaña vocacional está en llevar, en nuestro caso, una vida monástica seria y coherente, en consonancia con nuestros compromisos monásticos y la Regla de san Benito que nos hemos comprometido llevar. Luego el Señor será el que decida que lleguen o no a Huerta las vocaciones.