Llegó huyendo de la guerra civil en El Salvador y pasó los primeros años “limpiando baños y pintando casas”
Evelio Menjivar-Ayala, obispo de Wheeling-Charleston. Foto: Diócesis de Wheeling-Charleston
Días atrás se hacía oficial que León XIV ha nombrado a Evelio Menjivar-Ayala obispo de Wheeling-Charleston, en Estados Unidos. A sus 55 años, este salvadoreño dejará de ser prelado auxiliar de Washington y pastoreará su propia diócesis en el estado de Virginia.
Pero lo que están destacando todos los medios locales es un hecho ciertamente significativo: estamos ante una persona que, en 1990, entró en los Estados Unidos como inmigrante indocumentado.
Tras seguir el camino de su vocación religiosa, recibió la ordenación sacerdotal, en 2004, en Washington. Y ahí continuó, como un párroco más, hasta que el papa Francisco, siempre atento al fenómeno migratorio, puso sus ojos en él y le nombró obispo auxiliar en la capital estadounidense.
Tras solo tres años allí, este religioso salvadoreño asumirá ahora el gran reto de su vida en Wheeling-Charleston. En plena represión de la Administración Trump contra los inmigrantes, su sola presencia simboliza que el famoso “sueño americano”, a veces, se cumple.
También hay que tener en cuenta el gesto de Robert Prevost, el primer pontífice estadounidense de la Historia, al apostar por él. Y es que, históricamente, Virginia siempre ha sido un estado conservador y donde Donald Trump arrasó en votos en las últimas presidenciales.
En un perfil sobre su figura, Catholic Standard cuenta cómo Menjivar-Ayala, en un contexto de cruel guerra civil en su país natal, trató dos veces de llegar hasta Estados Unidos, fracasando en ambas. Solo lo logró en el tercer intento.
Meses atrás, al dirigirse a los últimos graduados en Humanidades en la Universidad de Georgetown, el prelado le contó a los alumnos que, “en 1990, cuando llegué a Los Ángeles, California, con solo una muda de ropa en una mochila, iba lleno de sueños”.
Así, “como la mayoría de los inmigrantes, acepté cualquier trabajo que pudiera conseguir: recepcionista, en la construcción, conserje, pintor, en el ministerio juvenil. Mientras tanto, por la noche, estudiaba inglés y me preparaba para obtener el diploma de bachillerato”.
Ahora, cuando su vida ha cambiado por completo, deja traslucir un rastro del asombro que nunca pierde: “Nada mal para alguien que empezó limpiando baños y pintando casas sin saber inglés, ¿verdad?”.