León XIV y Sarah Mullally se han encontrado hoy en Roma. Foto: Vatican Media
León XIV y Sarah Mullally han protagonizado un encuentro histórico este 27 de abril en el Vaticano. Y es que estamos ante la primera cumbre entre un papa de la Iglesia católica y la primera mujer elegida como arzobispa de Canterbury y, por tanto, simbólica primada de la Comunión Anglicana.
Además, ha sido una cita muy deseada por ambos, pues, horas después de ser consagrada para tal misión en la catedral cantuariense, el 25 de marzo, ya Mullally anunció que vería al Pontífice un mes después en Roma.
El mismo entusiasmo ha sido compartido por Robert Francis Prevost, quien, en su discurso, ha destacado que el encuentro entre ambos se haya dado coincidiendo con “la alegría de este tiempo pascual, mientras continuamos celebrando la resurrección del Señor Jesús de entre los muertos”.
Además, ha puesto en valor que ellos heredan un camino de fraternidad iniciado hace 60 años, en 1966, cuando sus predecesores, el papa Pablo VI y el arzobispo de Canterbury Michael Ramsey rompieron con cinco siglos de distanciamiento y se abrazaron en Roma.
Un “memorable encuentro” que, para León XIV, marca una senda a seguir, pues, “desde entonces, los arzobispos de Canterbury y los obispos de Roma han seguido reuniéndose y orando juntos”. De ahí que “me alegra que continuemos con esta tradición hoy”.
Como seguidores de Cristo y “mensajeros de su paz”, el Pontífice agustino ha recuperado uno de sus grandes lemas y ha enfatizado que “la paz de Jesús resucitado es ‘desarmada’. Esto se debe a que siempre respondió a la violencia y la agresión de forma desarmada, invitándonos a hacer lo mismo”.
En consecuencia, citando un párrafo suyo de su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de este año, “los cristianos debemos dar juntos testimonio profético y humilde de esta profunda realidad”.
Y mucho más en el contexto actual, donde, “si bien nuestro mundo sufriente necesita urgentemente la paz de Cristo, las divisiones entre los cristianos debilitan nuestra capacidad para llevarla con eficacia”.
Así, “para que el mundo reciba con agrado nuestra predicación, debemos perseverar en la oración y en el esfuerzo por eliminar cualquier obstáculo que impida la proclamación del Evangelio”.
Como ha recordado León XIV, “este énfasis en la necesidad de unidad para una evangelización más fructífera ha sido un tema recurrente en mi ministerio; de hecho, se refleja en el lema que elegí al convertirme en obispo: ‘In Illo uno unum’… ‘En el Uno (que es Cristo) somos uno’ (san Agustín)”.
Con un tono realista, Prevost ha reconocido que, a lo largo de este tiempo, “este camino ecuménico ha sido complejo. Si bien se ha avanzado mucho en algunos temas históricamente divisivos, en las últimas décadas han surgido nuevos problemas que dificultan discernir el camino hacia la comunión plena”.
Sin olvidar que la propia Comunión Anglicana “también se enfrenta a muchas de estas mismas cuestiones en la actualidad”. De hecho, sobre todo en África, son muchos los que no reconocen a Mullally y deploran que la Iglesia de Inglaterra haya acercado a los homosexuales y las mujeres, que han accedido al sacerdocio y al episcopado.
Pero, pese a todo, el Papa ha insistido en que “no debemos permitir que estos desafíos constantes nos impidan aprovechar todas las oportunidades posibles para proclamar juntos a Cristo al mundo”.
Y ahí ha citado a “mi amado predecesor, el papa Francisco”, quien, 2 de mayo de 2024, le dijo a los primados de la Comunión Anglicana que “sería un escándalo si, debido a nuestras divisiones, no cumpliéramos nuestra vocación común de dar a conocer a Cristo”.
Ahí, León XIV ha añadido algo de su propia cosecha: “También sería un escándalo si no siguiéramos trabajando para superar nuestras diferencias, por muy irreconciliables que parezcan”.
Así, “mientras continuamos nuestro camino juntos en amistad y diálogo, oremos para que el Espíritu Santo, a quien el Señor infundió en los discípulos la noche después de su resurrección, guíe nuestros pasos mientras buscamos, con oración y humildad, la unidad, que es la voluntad del Señor para todos sus discípulos”.
El Pontífice estadounidense se ha despedido de Mullally pidiendo que “el mismo Espíritu Santo permanezca siempre con usted, haciéndola fructífera en el servicio al que ha sido llamada”.
Sus últimas palabras han sido un “que Dios los bendiga a usted y a su familia”. Algo significativo, pues la arzobispa de Canterbury es enfermera de profesión, tiene 63 años, está casada y es madre de dos hijos.
Llegada ayer domingo a Roma, el primer acto de la primada anglicana en su “peregrinación ecuménica” fue “orar en las tumbas de san Pedro y san Pablo”. De ese modo simbolizó cómo “caminamos en las huellas de los apóstoles como pueblo peregrino de Dios, con Cristo como nuestra piedra angular”.
Como remarcó en un mensaje en X, en Roma buscará testimoniar “la oración de Jesús por la unidad de sus discípulos y de todo el pueblo de Dios”. Porque “nuestro mundo está profundamente herido por la guerra, la división y el miedo, y anhela la paz, la justicia, la reconciliación y la esperanza que se encuentran solo en Jesucristo”.
Por ello, “estamos llamados a proclamar y vivir este Evangelio juntos, por el bien de la vida del mundo que Dios tanto ama. ‘Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado’. (Juan 17,21)”.