La prestigiosa revista de teología ‘Communio’ recuerda al Pontífice al año de su fallecimiento y destaca la importancia de la sinodalidad
En el marco del primer aniversario del fallecimiento del papa Francisco, que se conmemora este 21 de abril, la prestigiosa revista de teología ‘Communio’ ha publicado un profundo análisis retrospectivo firmado por el cardenal Walter Kasper. “Con el papa León XIV, el legado del papa Francisco está en buenas manos”, asegura.
A través de este artículo, la publicación explica y desglosa los años de un pontificado que no solo marcó un estilo inédito en el ejercicio del ministerio petrino, sino que también sentó las bases para una profunda transformación de la Iglesia. El texto aborda desde la conmoción inicial por su repentina muerte hasta la consolidación de la sinodalidad como su herencia más trascendental, ahora bajo el mandato de su sucesor.
El artículo comienza recordando el impacto que supuso la noticia de su muerte aquel Lunes de Pascua de 2025, apenas un día después de haber impartido la bendición ‘urbi et orbi’ “con voz quebrada” y recorrer la plaza de San Pedro con el papamóvil “con un último esfuerzo”. Kasper destaca la genuina reacción de los fieles: “El dolor fue real, porque la gente tenía la sensación de haber perdido a un intercesor de la gente pequeña y más pobre, al que le gustaba mezclarse con la gente”.
El teólogo alemán describe a Jorge Mario Bergoglio como el primer jesuita y el primer pontífice no europeo, alguien que “fue un Papa en el sentido más estricto de la palabra excepcional y, sin embargo, simpático, siempre dispuesto a pronunciar palabras y gestos sorprendentes y espontáneos”.
Subraya además su renuncia a los símbolos tradicionales de poder —como la muceta roja o la estola profusamente bordada— y su deseo de “estar en camino” en lugar de reinar, evidenciado desde su histórico y sencillo “buona sera” en el balcón de la basílica en 2013.
Al repasar las líneas maestras de su pontificado, Kasper señala que la evangelización alegre y desprovista de pesimismo, en la línea del Concilio Vaticano II, fue su principal melodía. Esto se tradujo en un programa de reforma que el Papa entendía como una profunda conversión espiritual hacia una Iglesia “en salida misionera hacia las periferias”.
Frente a las críticas y los miedos que estas reformas despertaron en algunos sectores, el cardenal ofrece una clave de lectura fundamental: “Solo se puede entender bien al papa Francisco si se tiene en cuenta que lo que le importaba era poner en marcha procesos, en lugar de ocupar espacios y posiciones”.
El autor también defiende con vehemencia documentos clave como ‘Amoris laetitia’, rechazando frontalmente a quienes acusan al pontífice de haber escondido en una nota a pie de página la cuestión de los divorciados vueltos a casar. Según Kasper, calificarlo así “es un completo disparate”, ya que Francisco hizo mucho más que tomar una decisión casuística: “Ha abierto la puerta a una comprensión fundamental de la moral y la pastoral en el horizonte del amor y la misericordia de Dios”.
Asimismo, pone en valor su compromiso ecológico en ‘Laudato si’’ y sus valientes pasos en el diálogo interreligioso con el islam a través del Documento de Abu Dabi.
El punto culminante del artículo de ‘Communio’ se centra en lo que Kasper considera “el legado probablemente más importante del papa Francisco: el proceso hacia una Iglesia sinodal”. El cardenal recuerda cómo el pontífice argentino impulsó esta visión para el tercer milenio, abriendo el Sínodo de los Obispos a la participación equitativa de laicos, mujeres y hombres.
Aunque reconoce que la sinodalidad es un concepto que aún debe aclararse institucionalmente, aclara que no se trata de “una democratización de la Iglesia”, sino de realizar concretamente la comunión de todos los bautizados guiados por el Espíritu Santo.
A modo de balance de estos doce años, el cardenal Kasper reconoce que Francisco, como cualquier ser humano, tuvo fortalezas y debilidades. Admite que, a los ojos de algunos, fue “demasiado poco un gran teólogo, como sin duda lo fue Benedicto XVI”, y que a veces tomó “decisiones muy espontáneas en las que se preocupó muy poco de sus aspectos institucionales, canónicos y políticos”. Sin embargo, justifica este estilo argumentando que “para Francisco, la fe no era un sistema, sino –muy bíblicamente– un camino, a veces empinado y pedregoso”.
Finalmente, Kasper recuerda el modesto sepulcro de Francisco en su querida basílica de Santa María la Mayor como símbolo de un Pontífice que “llegó a los corazones de innumerables personas dentro y fuera de la Iglesia católica”, motivo por el que los fieles tienen “todos los motivos para guardarle un recuerdo agradecido”.