Bergoglio y Mohamed VI reafirman en Marruecos el ‘statu quo’ de Jerusalén

Francisco y Mohamed VI en Marruecos

Dos sorpresas nos esperaban a nuestra llegada a Rabat: la lluvia y la firma de una declaración conjunta vaticano-marroquí sobre la Ciudad de Jerusalén.

El avión papal aterrizó en el aeropuerto de la capital del Reino de Marruecos bajo una fina lluvia que se intensificó cuando Francisco saludaba al rey Mohamed VI, amparados ambos por amplios paraguas. La inclemencia metereológica no perturbó el protocolo de la acogida ni la imperturbabilidad de la guardia noble formada para saludar al ilustre huésped ni el entusiasmo de la multitud que se había congregado en el recorrido y en la explanada de la Torre de Hassam, donde se celebró la ceremonia oficial.

El agua, una bendición

La lluvia iba y venía, pero nadie se movió de su sitio y los discursos del monarca y del pontífice fueron escuchados, aplaudidos y ovacionados en numerosas ocasiones. En un país como Marruecos, con amplias superficies desérticas, el agua es saludada como una bendición del cielo y, por lo tanto, recibida con agradecimiento. Como me dijo un joven que se protegía con un mini-paraguas, “se ve que vuestro Papa tiene relaciones privilegiadas con el cielo”.

La segunda y mucho más importante sorpresa ha sido la firma de un llamamiento conjunto de Su Santidad el Papa y de Su Majestad el Rey sobre Jerusalén que no figuraba en el programa de la visita. Mohamed VI heredó de su padre el rey Hassán la presidencia del Comité Al Qods, constituido en 1975 por numerosos países islámicos para proteger el carácter arabo-musulmán de Jerusalén.

Al final de su encuentro privado, Bergoglio y su anfitrión se reunieron en un amplio salón del Palacio con sus respectivos séquitos y escucharon la lectura de la declaración a cargo del sustituto de la Secretaría de Estado, Edgar Peña.

Patrimonio de la humanidad

“Consideramos importante –dice el primer párrafo de este importante texto– preservar la Ciudad Santa de Jerusalén como patrimonio común de la humanidad y sobre todo para los fieles de las tres religiones monoteístas, como lugar símbolo de coexistencia pacífica, en la que se cultivan el respeto recíproco y el diálogo”.

El llamamiento concluye recalcando que “deben ser conservados y promovidos el carácter específico multi-religioso, la dimensión espiritual y la particular identidad cultural de Jerusalén”.

A nadie se le oculta que algunas de las últimas iniciativas del Gobierno israelí no van precisamente en la misma dirección que esta declaración común.

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