Tribuna

Un grito desde el abismo

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Una de las características más notorias de la literatura rusa del siglo XIX es la búsqueda casi desesperada de la verdad ontológica del hombre en medio de la miseria social y el vacío existencial. Escritores como Gogol, Turgueniev y Dostoievski, nos brindan una poderosa galería de personajes que no encajan, hombre que sobran, que se esconden, de figuras extremas que se sitúan sobre el trasfondo de una cultura marcada por el arquetipo pascual de pecado – arrepentimiento – resurrección y la posibilidad de una vida nueva en la contemplación de Dios. La desesperación no será el último horizonte, sino el espacio donde se prueba la libertad humana frente a la llamada de la gracia.



Tres obras fundamentales: Diario de un loco de Gogol, Diario de un hombre superfluo de Turgueniev y Memorias del subsuelo de Dostoievski, convergen en la creación de una tipología de ese aislamiento. Sin embargo, lo que para el naturalismo literario es simple patología o crítica social, bajo la luz de la esperanza cristiana, estas obras se revelan como un Viernes Santo del alma, donde el silencio de Dios y la degradación humana van a preparar el terreno para la palabra más amorosa del Calvario. En estas líneas, trataré de engranar algunos apuntes al respecto, como acicate para nuestro peregrinaje en este mundo cada vez más extraviado en sí mismo.

De la desesperación

Para muchos estudiosos, la novela rusa subraya que su misión central es mostrar el camino del hombre moderno desde el infierno de la vida secularizada hacia un ideal religioso de reconciliación y nueva felicidad, en estrecha sintonía con la Pascua cristiana. En el Diario de un loco, Poprishchin descenderá a la demencia como una manera de escapar de una jerarquía social que le niega su humanidad. Su delirio de ser el Rey de España no es más que el grito de un pequeño hombre que necesita ser alguien ante los ojos del mundo. Chulkaturin, el protagonista de Diario de un hombre superfluo de Turgueniev, va a personificar la angustia de sentir que la propia existencia es un error de cálculo del universo. Su vida privada de impacto; es sombra que se disuelve. Esta superfluidad es la máxima expresión del nihilismo existencial.

Poprishchin

En Memorias del subsuelo de Dostoievski, quizás, la más compleja. Nos habla de un hombre encerrado en su rincón no por falta de capacidad, sino por un exceso de conciencia que lo lleva a rechazar el palacio de cristal de la razón y el progreso. Escoge el dolor a la felicidad mecánica. Se trata de un hombre que se sabe enfermo, pero que en su enfermedad encuentra su última libertad. Tres obras que nos hablan de una humanidad que ha tocado fondo. Gogol nos muestra la rotura de la mente; Turgueniev, la rotura del propósito; y Dostoievski, la rotura de la voluntad. Sin embargo, para el creyente, este diagnóstico no es el final de la historia. La desgracia nunca tiene la última palabra.

La cruz como síntesis de esperanza

La tradición crítica muestra que en Dostoyevski la fe nunca es mera doctrina, sino una lucha existencial en medio del dolor y la libertad. La figura de Cristo señala la plenitud de la persona como amor sacrificial y fraternidad, en contraste con el encierro del hombre subterráneo. Leídas desde la cruz, el subsuelo del que hablan estas obras representa el infierno interior donde el hombre puede descubrir, precisamente por su caída, la nostalgia de una luz que no proviene de sí mismo.

Desde la perspectiva de la cruz, la locura de Poprishchin manifiesta la necedad de la que habla san Pablo. Mientras el mundo exige estatus y razón, el Calvario presenta a un Dios que se deja humillar, que se vuelve loco de amor hasta el punto de perder su rango divino. La esperanza cristiana no ignora el dolor de Poprishchin; todo lo contrario, ve en su degradación física y mental el eco de Cristo desfigurado en el Gólgota.

Por su parte, Turgueniev parece mostrarnos en sus líneas a un Jesús que parece ser el hombre más superfluo de la historia. Ha sido abandonado, derrotado y aparentemente inútil para salvarse a sí mismo. Justamente es en esa inutilidad donde Dios pronuncia Su palabra más fuerte. El mensaje cristiano para el hombre superfluo es que nadie es un excedente para Dios. La cruz es el lugar donde lo que el mundo desecha como sobrante se convierte en la piedra angular. La esperanza no nace de los logros, sino de la mirada de Amor que lo sostiene incluso cuando el hombre mismo se ha dado por vencido. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.


Por Valmore Muñoz Arteaga. Profesor y escritor del Colegio Mater Salvatoris