Tribuna

El latido de la divinidad

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El culto al Sagrado Corazón de Jesús tiene sus orígenes en la Sagrada Escritura y la Tradición apostólica, evolucionando a través de la piedad medieval y culminando en su forma litúrgica moderna en el siglo XVII. Su devoción es, quizás, la expresión más antropomórfica y, al mismo tiempo, más profunda de la teología del amor divino en el cristianismo. Lejos de ser una invención espontánea barroca, este culto es el resultado de una maduración orgánica que entrelaza la exégesis bíblica, la mística medieval y una respuesta teológica a una Modernidad cada vez más sólida en la vida del hombre.



El origen del culto se remonta directamente a la Revelación divina, donde el corazón va a representar el amor misericordioso de Dios hacia los hombres de manera personal y nominal. En el Antiguo Testamento, las profecías de Isaías, Ezequiel y Zacarías anticipan el “manantial de agua viva” que brotaría del Mesías, evocando la roca golpeada por Moisés de la que fluyó agua para el pueblo. Pío XII explica que las palabras de Jesús sobre el “agua viva” (Jn 4,14; 7,38) se relacionan con estas profecías, prefigurando el flujo de gracia desde su costado herido.

De la piedad privada a la doctrina

Aunque el culto formal es tardío, su fundamento se encuentra en el Nuevo Testamento, concretamente en el Evangelio de Juan (19,34). El momento en que el soldado Longinos atraviesa el costado de Cristo muerto, del cual brota “sangre y agua”, será interpretado por los Padres de la Iglesia, como san Agustín y san Juan Crisóstomo, como el nacimiento de la Iglesia y los sacramentos.

En esta etapa temprana, no se veneraba el corazón como órgano físico, sino la herida del costado como refugio espiritual y símbolo de la fuente de la vida. Por otro lado, la tradición ve en el corazón el signo del amor trinitario que impulsa la redención. «El amor de la Santísima Trinidad es el origen de la redención del hombre; desbordó en la voluntad humana de Jesucristo y en su adorable Corazón», señaló Pío XII.

Jesus

A partir de los siglos XI y XII, bajo el influjo de la espiritualidad benedictina y cisterciense, la devoción comenzó a peregrinar de la llaga exterior hacia el órgano interior. San Bernardo de Claraval y san Buenaventura fueron pioneros en meditar sobre la humanidad de Cristo, sugiriendo que la herida física permitía vislumbrar la caridad de su corazón.

Sin embargo, el punto de inflexión ocurrió en el monasterio de Helfta, en Alemania, con las místicas santa Gertrudis de Helfta y santa Matilde de Hackeborn en el siglo XIII. Santa Gertrudis documentó visiones en las que apoyaba su cabeza sobre el pecho de Jesús, escuchando los latidos de su corazón. Estas experiencias marcaron el paso de una piedad abstracta a una relación personal y afectiva con la humanidad sufriente de Dios. San Francisco de Sales adoptará la mansedumbre del Corazón como modelo apostólico contra el rigor jansenista.

Primeros promotores litúrgicos

El culto va a adquirir forma moderna en el siglo XVII, como antídoto al jansenismo. San Juan Eudes será clave. Compone el primer oficio litúrgico del Sagrado Corazón, el 20 de octubre de 1672, aprobado por obispos franceses, recibiendo de León XIII el título de Autor del Culto Litúrgico del Sagrado Corazón de Jesús y del Santo Corazón de María. Dedicará importantes seminarios a los Sagrados Corazones y funda sociedades devocionales.

Paralelamente, santa Margarita María Alacoque recibirá revelaciones entre 1673 y 1675, en las cuales Cristo le muestra su Corazón herido, pidiendo la comunión los primeros viernes de cada mes, Hora Santa y fiesta de reparación. Bajo dirección de beato Claudio de la Colombière, quien consagra su vida al Corazón y autentica las visiones, la devoción se centra en amor y reparación. El Diario de Colombière, publicado en 1684, difundirá el relato.

A pesar de la resistencia inicial, debido a sospechas de misticismo excesivo, la devoción se expandió rápidamente. En 1765, el papa Clemente XIII aprobará oficialmente la fiesta para Polonia y la Archicofradía del Sagrado Corazón. No obstante, fue en 1856 cuando el papa Pío IX extendió la fiesta a toda la Iglesia universal, en un momento en que la institución buscaba fortalecer la identidad católica frente a los cambios políticos de la época. Finalmente, en 1899, el papa León XIII, mediante la encíclica Annum Sacrum, consagró el mundo entero al Sagrado Corazón, definiéndolo como el «símbolo y la imagen sensible de la caridad infinita de Jesucristo». Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.


Por Valmore Muñoz Arteaga. Profesor y escritor del Colegio Mater Salvatoris