Los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola fueron aprobados oficialmente por la Iglesia Católica el 31 de julio de 1548 mediante el documento Pastoralis Officii, firmado por el Papa Paulo III. Aunque escritos años antes (entre 1522-1524), esta aprobación papal confirmó su piedad y utilidad espiritual: «Habiendo reconocido que estos Ejercicios y documentos están llenos de piedad y santidad, y son muy útiles y saludables para la edificación y adelantamiento espiritual de los fíeles… De nuestra cierta ciencia y por la autoridad pontificia, en virtud de las presentes, aprobamos, loamos y confirmamos los dichos Ejercicios y todo su contenido».
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Los Ejercicios significan un pilar fundamental para la vida espiritual de la Iglesia Católica, promovidos por múltiples pontífices como un don del Espíritu Santo para el discernimiento de la voluntad de Dios, la purificación del alma y la renovación apostólica. Su importancia radica en su capacidad para formar santos, revitalizar el clero y extender la santidad a los laicos en un mundo secularizado. Son, además, un método estructurado de oración, meditación y contemplación diseñado para conquistarse a sí mismo y ordenar su vida sin dejarse llevar por ningún afecto desordenado. En el marco de los Ejercicios existen tres meditaciones que me gustaría resaltar en estas líneas: dos banderas, tres binarios y tres maneras de humildad.
Discernimiento e indiferencia
Dos banderas es una meditación ubicada en el Cuarto Día de la Segunda Semana, invita a visualizar dos campos de batalla. En uno se contempla a Babilonia, donde Lucifer, «el supremo y verdadero capitán del mal», se sienta en un «gran trono de fuego y humo, de forma horrible y espantosa», enviando demonios a tentar con riquezas, honores y orgullo al hombre. El otro bando se ubica en Jerusalén, donde Cristo, «el supremo y verdadero Capitán», se coloca en un lugar humilde y atractivo, llamando a sus seguidores a la pobreza espiritual y material, al desprecio y a la humildad.
La importancia de esta meditación radica en revelar las estratagemas del maligno, que usa bienes neutros (riquezas) como anzuelos para vicios capitales, preparando al alma para el Principio y Fundamento de los Ejercicios que es ordenar los bienes creados para la salvación eterna.
Inmediatamente después de las Dos Banderas, en el mismo cuarto día, se presenta la contemplación de Tres Binarios, cada uno con diez mil ducados adquiridos no por amor de Dios, pero deseosos de liberarse del apego para salvarse. El Primer Par quiere desprenderse, pero pospone los medios hasta la muerte; el Segundo Par busca desprenderse conservando la riqueza, queriendo que Dios se adapte a ellos; el Tercer Par aspira a la indiferencia total: «no quererla ni no quererla según que Dios Nuestro Señor la pusiere en su voluntad y como más le pareciere al servicio y alabanza de su Divina Majestad». Esta meditación, enseña la indiferencia ignaciana. Nada de apegos ni repulsión por pobreza o riquezas, sino disposición pura al servicio divino. Nota san Ignacio que, ante repugnancia a la pobreza, se ruegue por ella «aunque sea contra la carne».
El culmen de la disponibilidad espiritual
Hacia el duodécimo día, antes de las Elecciones propiamente dichas, san Ignacio propone reflexionar sobre las Tres Maneras de Humildad, que preparan para «adherirse a la verdadera doctrina de Cristo Nuestro Señor». La Primera es esencial para la salvación: obedecer los mandamientos, evitando pecados mortales incluso ante riquezas o muerte. La Segunda, más perfecta, implica indiferencia entre pobreza/honor/vida larga y sus opuestos, evitando deliberar pecados veniales. La Tercera, perfectísima, elige pobreza, oprobio y necedad «con Cristo pobre, lleno de oprobios y reputado por necio», si iguala o supera en alabanza a Dios.
Su importancia es culminante no solo para votos religiosos, sino para toda elección laical o sacerdotal, midiendo madurez espiritual. Para el hombre de hoy, acosado por el orgullo narcisista y la autoafirmación compulsiva, ofrece un antídoto: la Tercera Humildad libera de la tiranía del yo para una vida auténticamente cristiana, relevante en contextos de cancelación cultural o presiones laborales que exigen compromiso sin compromiso. Dos Banderas, Tres Binarios y Tres Maneras de Humildad no son reliquias medievales, sino dinamita espiritual para liberarnos de esclavitudes modernas y enlistarnos en el ejército de Cristo. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.
Por Valmore Muñoz Arteaga. Profesor y escritor del Colegio Mater Salvatoris
