Tribuna

¿De armas de fuego a palabras de fuego?

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De todos los argumentos que alguien utilice para doblegar a otro, las armas son el más pobre. En efecto la fuerza triunfa, únicamente cuando la razón y demás métodos persuasivos desfallecen.

Por eso toda conquista obtenida por las armas se sostiene solo mediante las armas. Una hegemonía política, un territorio anexado, una doctrina, si fueron impuestos por fusiles tendrán que mantenerse bajo el nuevo régimen con la amenaza o uso de fusiles.

El problema radica en que las armas obligan pero no convencen. Y toda población forzada a cualquier sistema en discordia con su voluntad es un enemigo nuevo.

De ahí que las armas conduzcan a tiranías y dictaduras, no a democracias. La democracia es asunto de deliberación, consenso, relevos entre mayorías y minorías. La sujeción producida mediante la fuerza, por el contrario, tiende a oscurecer las inteligencias y a sofocar las libertades.

Claro que el expediente de las armas ha sido empleado durante siglos como intento de liberar países. Todo líder guerrero alega que no quiere la guerra, que hace la guerra para conseguir la paz. De hecho el relato oficial del mundo ha sido escrito por los vencedores de batallas.

Un simple tuit, publicado a fines de 2015 por quien se firma alexcaror, destruía desde el sentido común este sofisma de la historia: ¨Si la violencia fuera la solución para la violencia, hace rato se habría resuelto¨.

En efecto, tantas guerras sobre guerras no han logrado acabar con las guerras. El mismísimo Homero, en los inicios de esta secuencia brutal, escribió: ¨Los hombres se cansan antes de dormir, de amar, de cantar y de bailar, que de hacer la guerra¨.

En este contexto milenario de coerción sostenida y persuasión escasa, ocurre en Colombia el tránsito a la democracia por parte del más antiguo y numeroso ejército guerrillero. Luego de más de medio siglo de balas, los ex combatientes se disponen a cambiar radicalmente de argumento para comunicar y quizá plantar sus ideas.

Se cansaron de ser los últimos mohicanos. De aceitar unos rifles con que otros revolucionarios en otros países habían conquistado victorias hoy fracasadas y desuetas. De ser tercos de toda terquedad.

Por fin entonces comprendieron su drama de dinosaurios contemporáneos. Y se avinieron a dejar las armas de fuego, con la ilusión de que el pueblo por el que habían matado y muerto los recibiera ahora como líderes políticos.

Aquí no terminó su drama. El destino histórico los hizo ser protagonistas de semejante metamorfosis, en plena época de posverdad. Esto significa que se subieron al tren de la persuasión en momentos en que las multitudes, no solo del país sino del mundo, cambiaban su modo de percibir la realidad.

Jean de La Fontaine, fabulista del Siglo de Oro francés, el XVII, había previsto con precisión físico-química esta mutación cognoscitiva: ¨el pueblo es hielo ante las verdades y fuego ante las mentiras¨.

He aquí la paradoja: los guerrilleros dejan las armas de fuego, exactamente en el momento en que necesitan fuego. Obviamente no se trata del mismo fuego, pero sí de la misma conmoción originada por este elemento proteico.

¿Vestir de fuego las verdades? Esta es la gran pregunta ante el reto de la posverdad. ¿Si las verdades a secas dejan fríos a los pueblos, la fórmula es imitar a los propagadores de mentiras en su habilidad para inyectar vibración a sus mentiras?

De la solución de este acertijo puede depender el porvenir de la democracia colombiana.