Como grupo cristiano de reflexión, nos planteamos este curso un análisis del tema de la pobreza y de cómo nos toca la realidad de los pobres, de la que no podemos desentendernos. Desde la tradición judía expresada en el Antiguo Testamento hasta Jesús y las primeras comunidades cristianas, los pobres han sido protagonistas. El magisterio de los dos últimos papas ha reforzado esa atención, tomando mucho de la Tradición, pero incorporando también categorías introducidas por la Teología de la liberación.
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Para esta reflexión, queríamos partir primero de nuestra propia experiencia: los que integramos este grupo nacimos durante el franquismo, entre los años de la Guerra Civil y el primer desarrollismo, la mayoría en entornos rurales o barrios de las periferias urbanas. De una u otra forma, hemos sentido en carne propia, o hemos visto de cerca, el impacto de la precariedad económica: “La vulnerabilidad de los pobres, la falta de expectativas y de recursos, siempre al albur de circunstancias ajenas, me las transmitió mi abuela con cada cucharada de sopa”; también la pobreza sobrevenida por una enfermedad, y la imposibilidad de mantener una casa: “La pobreza fue por ello algo de lo que huir, el ogro que alimentaba pesadillas…”. Desde esta experiencia, sabemos que la pobreza no puede romantizarse, aparece como una realidad triste, un sumidero del que escapar, un escándalo ante el que no podemos permanecer indiferentes.
Conciencia de clase
Pero del contacto con esta realidad también nace una conciencia de clase, transmitida desde la familia o el barrio: “Pobres con dignidad de serlo, orgullo de clase y espíritu de lucha”. También hemos mamado una conciencia de la importancia de la educación como ascensor social, y de la solidaridad de clase como vía para cambiar la situación.
Además, el contacto más o menos directo con situaciones de pobreza y exclusión social nos interpela: hay una sensibilidad, una mirada, vinculada a valores religiosos, a una temprana vocación misionera, o a compromisos militantes de nuestros padres: “Descubrí que en mi corazón retumbaba el eco de las personas empobrecidas”; la inmersión en realidades de pobreza real (casas sin agua, sin luz, el hacinamiento…) supone “un aldabonazo que abre los ojos” y lleva a comprometerse en otras situaciones de vulnerabilidad.
Tres preguntas
A partir de esta experiencia, buscamos una mirada lúcida que introduzca las categorías evangélicas en nuestro análisis de la realidad, para posicionarnos luego y orientar nuestro compromiso y nuestra presencia en el mundo contra la pobreza. Por eso, vamos a preguntarnos, primero, quiénes son los pobres. Segundo, por qué nos preocupan los pobres, y, tercero, qué debemos, qué podemos hacer.
Queremos situarnos en la perspectiva que nos transmite (nos pide) León XIV en su magnífica exhortación apostólica ‘Dilexi te’ (4 de octubre de 2025), en la que recoge muchas ideas de Francisco: cuando llama a la “responsabilidad de todos los miembros del pueblo de Dios para hacer oír, de diferentes maneras, una voz que despierte, que denuncie y que se exponga…” (n. 97); cuando recuerda que “la opción por los pobres exige de nuestra parte una atención puesta en el otro, lo que implica valorar al pobre en su bondad propia, con su forma de ser, con su cultura, con su modo de vivir la fe…” (n. 101).“En esta perspectiva –sigue diciendo el Papa– aparece claramente la necesidad de que ‘todos nos dejemos evangelizar’ por los pobres, y que todos reconozcamos ‘la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos’” (n. 102).
Pobre es el que no tiene medios materiales para llevar una vida digna.
Umbral de subsistencia y de pobreza
En los estudios sobre la pobreza se establecen dos umbrales: el umbral de la subsistencia y el umbral de la pobreza. El que vive por debajo del umbral de subsistencia, ve amenazada su vida en permanencia, porque no tiene para comer, porque probablemente no tiene acceso al agua potable, porque está enfermo, porque sus campos se han arruinado, porque es víctima de la hambruna, porque es víctima de la guerra y su entorno se ha destruido; porque no tiene trabajo y está tan fuera del circuito productivo que ni siquiera alcanza a ver cómo obtener algún recurso para sobrevivir.

Una familia con sus hijos, en la habitación donde viven todos juntos en un piso de L’Hospitalet (Barcelona). Foto: EFE/Marta Pérez
El umbral de la pobreza viene a ser un umbral de bienestar, la frontera que permite a los que la cruzan llevar una vida “con decoro”, como se decía antes. Y que hace padecer a quienes no cruzan esa línea una variedad grande de carencias: escasez de alimentos o alimentación deficiente para el crecimiento de los hijos y el mantenimiento propio; viviendas inadecuadas, que con frecuencia tienen que ser compartidas, hacinamiento y falta de intimidad por tanto; escasez energética, que llevará a pasar frío y calor, por la mala calidad de las viviendas y por la falta de dinero para pagar la electricidad o los combustibles; limitaciones educativas, porque el acceso universal a la escuela se convierte en una quimera cuando las carencias en la familia son muy grandes; y, sobre todo, falta de trabajo o trabajo escaso y precario, lo que impide cualquier planificación de la vida y reduce radicalmente el horizonte de mejora social.
Es decir, la pobreza limita el acceso a los bienes esenciales para la vida: el pan, la vivienda, el trabajo y la educación.
Otras carencias
A esas carencias esenciales podemos añadirles otras: la lejanía de los “centros”, por ejemplo. El alejamiento de los pobres a las periferias complica su vida, por el tiempo para los desplazamientos y el coste del transporte. Dificulta su acceso a los servicios sociales. Propicia la concentración de problemas en barriadas y pueblos con menos recursos, lo que aumenta el riesgo de conflictividad social y produce otro efecto perverso: invisibilizar el problema, hacer desaparecer a los pobres de la escena pública y de la percepción social, porque “ojos que no ven…”.
El pobre está desvalido. Está desvalido porque sus recursos son insuficientes para afrontar sus necesidades básicas, porque no tiene con qué o no sabe cómo mejorar su propia vida y la de su familia. Está desvalido porque, además, no tiene ayudas para afrontar sus carencias. Ni ayudas sociales ni apoyos familiares o privados.
Hay un desvalimiento muy importante, que es el de la carencia de relaciones, la ausencia de una red que puede ayudar. Cuando a la pobreza de condiciones materiales se une esa pobreza familiar, de amistades, de redes de apoyo de cualquier clase, el pozo se hace más hondo y la posibilidad de salir de él, más difícil. (…)
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Índice del Pliego
A partir de nuestra experiencia
QUIÉNES SON LOS POBRES
PONER NOMBRE Y ROSTRO A LA POBREZA
VISIÓN DE LA POBREZA HOY
LOS POBRES COMO VÍCTIMAS
LECTURA CREYENTE: LOS POBRES EN LA BIBLIA
LA IGLESIA Y LOS POBRES
- Los primeros cristianos
- La Doctrina Social de la Iglesia
¿CÓMO NOS INTERROGA LA POBREZA? ¿QUÉ HACEMOS LOS CRISTIANOS?
- Los pobres, protagonistas
- La dimensión política de la lucha contra la pobreza
- Los cristianos: compromiso y coherencia
