Mateo González Alonso, SDB
Redactor de Vida Nueva Digital y de la revista Vida Nueva

¿Es lo de Écône el primer gran cisma del siglo XXI?


Las consagraciones

¿Por qué las nuevas ordenaciones de obispos de la Fraternidad San Pío X suponen una herida más profunda que la de 1988? ¿Dónde está el límite del diálogo: en la misa tradicional o en la creación de una jerarquía autónoma? ¿Se agotan las vías de reconciliación cuando se rechazan las manos tendidas por los últimos tres pontífices? ¿Puede defenderse la verdadera fe rechazando el concilio Vaticano II y la visión de una Iglesia encarnada? ¿Es el miedo al “modernismo” la auténtica causa de esta nueva ruptura con el Vaticano? ¿Cómo responder desde el evangelio a quienes consideran que la Iglesia actual padece un “humanismo fanático”?



Estas son algunas de las preguntas que surgen en muchos fieles tras repasar las noticias religiosas de la semana pasada. Desde luego, el desafío vivido el pasado miércoles 1 de julio de 2026, con la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) saltándose abierta y conscientemente la prohibición expresa del Papa al ordenar a cuatro nuevos obispos en Écône, en medio del campo en Suiza.

Como señalaba el jueves el lúcido editorial del diario ‘La Croix’, estamos ante el primer cisma del siglo XXI –la magnitud con Belorado es insonsable–, una marca que la Iglesia llevará como una cicatriz.

Ver a una parte de la comunidad cristiana alejarse de la comunión con Roma es siempre una herida abierta para el Cuerpo de Cristo, como alertaba León XIV. Sin embargo, frente a la confusión, es vital analizar los hechos con claridad, anclados en la realidad eclesial y desde el corazón de la Iglesia del Vaticano II.

Consagración episcopal ilícita promovida por la Fraternidad de San Pío X en Écône. Foto: Efe.

Consagración episcopal ilícita promovida por la Fraternidad de San Pío X en Écône. Foto: EFE

Una ruptura calculada

Ha pasado casi una semana y se ha visto que los lefebvrianos han seguido con su plan calculado. Lejos de ser un acto impulsivo dictado por una necesidad espiritual urgente, la FSSPX orquestó esta dramaturgia con cinco meses de antelación para elevar las apuestas y atraer a una multitud. Quedó claro desde el primer momento con el pretendido mandado apostólico leído.

Durante una ceremonia de cinco horas, se consagraron cuatro obispos de sobrada ortodoxia radical tradicionalista, como se ha visto en sus primeras predicaciones. Sus edades marcan el plan de futuro: Michel Poinsinet de Sivry, francés de 42 años; Marc Hanappier, francés de 36 años; Michael Goldade, estadounidense de 46 años; y Pascal Schreiber, suizo de 53 años.

Bajo una aparente similitud con las ordenaciones ilícitas de Marcel Lefebvre en 1988 en ese mismo lugar, con el mismo escenario con carpa incluida y las mismas torres de alta tensión como horizonte, la situación actual reviste una gravedad mucho mayor. Al consagrar obispos tan jóvenes, los integristas asumen su disidencia y buscan garantizar su propia autonomía organizativa para las próximas décadas.

Resulta doloroso y desconcertante el ambiente festivo reportado en el lugar, donde incluso se distribuyeron gorras conmemorativas con el lema “Écône 2026”, trivializando lo que constituye un acto cismático. Con razón el sol dio paso a una tremenda tormenta que amenazó incluso el tiempo de la comunión.

La línea

Ante esta crisis, el papa León XIV ha actuado con una mezcla de corazón paternal y firmeza doctrinal. Su enfoque supone un retorno a la línea de Juan Pablo II, distanciándose de las concesiones y gestos de apertura que en su momento intentaron Benedicto XVI y el papa Francisco. “¡Volved sobre vuestros pasos!”, suplicó el pontífice el 29 de junio en una emotiva carta dirigida al superior de la FSSPX, Davide Pagliarani.

Es crucial corregir un malentendido recurrente en ciertos círculos tradicionalistas: para el Papa, la línea roja no es la celebración de la misa según el rito antiguo, sino la constitución de una sucesión episcopal autónoma. Consagrar obispos sin mandato pontificio es una desobediencia grave en el plano disciplinario, pero también encierra un problema doctrinal, pues cuestiona la capacidad del Papa y de los obispos en comunión con él para interpretar la tradición.

El núcleo de esta dolorosa ruptura no es meramente litúrgico, sino profundamente teológico. Las nuevas generaciones presentes en Écône asumen con total tranquilidad su postura de ruptura contra una Iglesia a la que perciben como gangrenada por el “modernismo”.

Durante su sermón, el superior de la FSSPX diagnosticó a la Iglesia actual como penetrada por una “peste” que paraliza las almas y dominada por un “humanismo fanático”. Esta narrativa, de tintes casi conspiranoicos, ignora deliberadamente el corazón del mensaje evangélico que el Concilio Vaticano II buscó rescatar:

  • Los integristas se atrincheran en la idea de que la verdad de la fe debe poseer un carácter fuera del tiempo, absolutamente libre de las contingencias humanas.
  • El Vaticano II, por el contrario, nos recuerda de forma rotunda que el núcleo del evangelio es anunciar a un Mesías encarnado en tierra humana, que se hace voluntariamente solidario con las vivencias de los hombres.

Para León XIV, el concilio Vaticano II no es una herida abierta, ni un debate que deba reabrirse o negociarse bajo presión; es el marco irrenunciable en el cual la Iglesia debe continuar avanzando. Como comunidad fiel al Espíritu Santo y al Magisterio actual, debemos orar por la unidad cristiana, sin dejar de caminar solidariamente con el mundo que estamos llamados a evangelizar.

Consagración episcopal ilícita promovida por la Fraternidad de San Pío X en Écône. Foto: Efe.

Consagración episcopal ilícita promovida por la Fraternidad de San Pío X en Écône. Foto: EFE