Raúl Molina
Profesor, padre de familia y miembro de CEMI

Vuelve la guerra a Europa


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“El rey de Asiria hizo venir gentes de Babilonia, de Cutá, de Avá, de Jamat y de Sefarvaín para establecerlos en las poblaciones de Samaría, en lugar de los hijos de Israel, y ellos tomaron posesión de Samaría y habitaron sus ciudades” (2Re 17,24).



Hoy es martes 24 de febrero de 2022. Rusia ha invadido Ucrania. Me he levantado con miedo. Aunque con dolor, he aprendido a encajar las muertes de la pandemia, las catástrofes naturales que arrasan poblaciones enteras, los accidentes en la carretera o en la montaña que han sufrido seres cercanos e, incluso, las múltiples y cotidianas violencias que exhiben los medios o me topo en mi día a día. Pero hoy me he levantado con miedo.

Siempre me costó vivir con serenidad el desprecio a la persona que muestran los que ostentan cualquier tipo de poder. Nos consideran títeres, nos tienen a merced de su capricho, somos para ellos una pieza más de su partida de ajedrez y juegan con cosas que no tienen remedio, que cantara Serrat. No puedo con el mal del hombre con el hombre. Más allá de inseguridad, me genera un miedo triste.

Guerra en Ucrania

La guerra llega a Europa, y seguimos mirando nuestros plácidos atardeceres mientras pensamos que el problema es de otros. Me aterra recordar que el siglo XX está lleno de malos cálculos que lo convirtieron en el más sangriento de la historia.

La Sagrada Escritura es la crónica del desprecio del poderoso por el ser humano: el pueblo judío vivió el escarnio constante del capricho de los poderosos de la época. El baile entre Egipto, Siria y Babilonia les tuvo constantemente a merced de los intereses de estos grandes imperios. El Evangelio también nos narra la salvación bajo el telón de fondo de la ocupación romana y el abuso al que la clase política y religiosa sometía al pueblo. Dios no se cansó de ser misericordioso con su pueblo. Y, hoy en día, su pueblo sigue sufriendo esclavitud, pobreza, injusticia, guerra.

Edulcorar la misericordia del Padre

En momentos como este, me queda la sensación de que los europeos acomodados, acostumbrados a mirar las grandes tragedias de la humanidad desde lejos, hemos edulcorado la misericordia del Padre y, los que nos llamamos cristianos, hemos cambiado la esperanza que nos trajo el Cristo muerto y resucitado, por el cómodo evangelio de la ilusión y el optimismo.

Conviene sacudirse el polvo.