Rafael Salomón
Comunicador católico

¿Una fe de ‘roca’?


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Quiero pedirte Señor por mi fe, pero deseo ser muy específico en mi petición y es que a veces no soy muy claro acerca de lo que realmente creo que necesito. Más de una vez he pronunciado que aumentes mi fe, como muchos otros hermanos lo hacen.



Al reflexionar acerca de la manera en que deseo que lo hagas no es que sea una fe de ‘roca’ porque al ser así seguro que será inamovible y fría, deseo que tú seas mi roca, pero yo no quiero tener una fe así, que no sea sensible, que deje de lado la necesidad por el precepto y la ley.

Deseo que sea una fe humana, que entienda del dolor, que se alegre con los hermanos y que comprenda que en ocasiones los lineamientos de los ‘hombres’ son tan rígidos y severos que se convierten en una carga muy pesada de llevar. Que mi fe no sea así, sin un motivo para compartir la Buena Nueva y que solo sea una forma de presentar a los demás cómo me alineo.

Fe sincera, con errores, pero cálida

Que mi fe sea imperfecta para tener siempre motivos de mejorar, que sea firme, pero no de piedra, que se rompa para que vuelva a reconstruirse, pero que sea una fe humana, con defectos, porque es así como nos volvemos más hermanos.

Veo la forma en que algunas personas han transformado su fe en una coraza indestructible que sus acciones —cuando se trata de aplicar la ley— lo hacen con una severidad absoluta, como si de ellos dependiera que se cumpla “al pie de la letra”.

Comunidad de San Cristóbal

Comunidad parroquial de San Cristóbal. Foto: Parroquia San Cristóbal

Es una fe ‘enmascarada’, una fe que pesa y que esconde muchas cosas, entre ellas la aprobación de quienes observan que se cumpla. Señor, dame una fe sincera, con errores, pero que sea cálida para entender que en ocasiones hay que escuchar con flexibilidad para entender cada situación.

“Si no tengo amor, nada soy”

Muchas de las personas que son servidores en nuestras iglesias, tienen una fe como la de una roca: fría, estéril y solo sabe cumplir órdenes. No es grato darse cuenta que muchos de nosotros tenemos esa clase de fe, que hemos desarrollado una capacidad para dejar de ver el corazón de las personas y alejarnos del mensaje de amor.

La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven”. Carta a los Hebreos 11,1.

Seguimos viendo lo superficial, aquello que está a simple vista, olvidando realmente lo esencial, lo que está en el corazón. La fe que tiene tintes de roca, deja de latir, pierde el calor y por supuesto se aleja de la capacidad de consolar, es distante y como encontramos en la Escritura: “Aunque tenga toda la fe, hasta trasladar montañas, si no tengo amor, nada soy”. 1 Corintios 13, 2.

“Una fe que caliente e ilumine”

Dame Señor esa fe que sienta el dolor de mi prójimo, la que se alegra cuando alguien encuentra a Dios. Una fe que caliente e ilumine, que transforme mi vida y sea ejemplo para quienes la perciban, “les quitaré el corazón de piedra y les daré un corazón de carne”. Ezequiel 36, 26.

Que no sea piedra muerta; más bien, que sea fundamento vivo donde Dios siga obrando. ¿Cómo es nuestra fe? Que la respuesta sea sincera y real, sin engaños y aunque duela reconocer que, probablemente nuestra fe ha sido mal entendida o no la hemos comprendido con el compromiso necesario para evangelizar con ella.

Dejemos de ser servidores fríos, inamovibles y tajantes que el evangelio es más amor que solo una serie de reglamentos por cumplir. “Dios es amor”. 1 Juan 4, 8.